12/10/2018
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Ahora Todo es Noche: reírse de la paradójica realidad

Hablamos con el dramaturgo Eusebio Calonge y el actor Gaspar Campuzano sobre el destino, el teatro, la mendicidad y la creación más reciente de la tradicional compañía española de teatro La Zaranda.


Texto por Erika Pinilla Montes

Fotografías por Lania Lex

“No te crees que te puede pasar a ti, ves que le pasa a otro y a otro, hasta que de pronto te pasa a ti”, repiten incansablemente tres hombres “tirados” a la calle. Los personajes se refieren a estar en la situación de mendicidad en la que se encuentran, a morir o prácticamente cualquier cosa. Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos interpretan a estos “seres indefensos” como los llama Gaspar, que habitan las calles y soportan el frío de las noches y madrugadas en la intemperie.

-¿A ese cartón le llamas refugio?- le dice un mendigo a otro antes de compartir el pedazo de papelón.

En la calle lo imprescindible es aquello que ayude a sobrevivir y resistir los días en el asfalto interminable. Una caja es aquella protección café a la que los personajes le sacan provecho a punta de origami: con sus pliegues crean techos, guaridas y cobijas. Una maleta puede ayudarle a un habitante de la calle a disimular sus pasos inciertos bajo la confusión de un viajero expectante por su vuelo. Y los carritos metálicos que se ven en aeropuertos para transportar maletas son un festín para aquellos recursivos que deseen una banca de parque en la tarde y una cama en la helada noche.

Desde sus inicios en 1978 el teatro que hace La Zaranda no busca emitir juicios sino transmitir sentimientos con sus puestas en escena. En Ahora todo es noche ponen sobre las tablas el tema de la mendicidad a través de las emociones de estos seres, según Campuzano, “indefensos ante la sociedad”. El optimismo, la negación de la realidad en la que se encuentra uno de los mendigos y la repetición e irritabilidad de los viejos son algunas de las emociones que atravesaron esta obra. Junto a estas impresiones, los tres hombres comparten la paradójica creencia en un destino.

-El destino no ha llegado -vocifera uno de los indigentes.

-Capaz tenemos el mismo destino -le corta las alas el otro pordiosero.

-¡No se compare, no se compare! -intenta huir el primero.

Para Gaspar, “cualquiera tiene un destino, lo que hace falta es saber cuál es, pero los seres indefensos están predestinados a no tener destino”. El actor no concibe el destino como un plan fijo que se cumple con o sin conocimiento de este, sino como algo cambiante. Cuenta entonces que los seres humanos también pueden hacer algo para cambiar su destino y es, de hecho, lo que los personajes intentan hacer al crear una obra con la que sea posible modificar su realidad.

Uno de los mendigos saca tres trajes rojos de su maleta y como trapecistas en la cuerda floja entre la cordura y la locura, los indigentes crean una obra de teatro. Esta representación es una metáfora sobre aferrarse a algo en la vida a pesar de la situación en la que se encuentre alguien como manifiesto de esperanza para cambiar el curso de las cosas.

La Zaranda y sus ritmos de creación:

El autor y director de la obra, Eusebio Calonge, comenta que las obras de teatro tienen muchos afluentes, no tienen un único origen, sino que tienen varios puntos de partidas como el texto o distintos ejercicios. Este proceso es una confluencia del trabajo creativo de los actores con la dirección y el texto. “Los procesos creativos son como un vuelo y los vuelos no dejan huellas”, finaliza.

Uno de los puntos de partida de esta obra fue ver la mendicidad que afloró en la reciente crisis española. De ahí surgió converger el punto de vista histórico literario de reyes que han resultado en la mendicidad y otra perspectiva de carácter social. Uno de estos reyes es el rey Lear, personaje de múltiples obras de Shakespeare que al llegar a la vejez le deja el trono de Bretaña a dos de sus hijas y se convierte en víctima y prisionero de sus malos juicios. Tras ser encarcelado y perder a su tercera hija, Cordelia, Lear siente en carne propia la agonía humana. Durante la obra de los mendigos, uno de ellos es proclamado Lear, y después de yacer en el carrito metálico, se oye a otro decir:

 “El teatro vive, Lear vive; si Lear vive, todos los personajes viven; y si los personajes viven, nosotros vivimos. ¡La Zaranda vive!”.  

Para Gaspar, por su parte, el proceso de creación de la obra fue doloroso “porque al mismo tiempo que hablamos del ser indefenso también nosotros somos seres indefensos. Hablamos de nosotros mismos y de que lo único que nos salva de todo eso es el teatro”.

La Zaranda, antes llamado Teatro Inestable de Andalucía la Baja, hoy se reconoce como Teatro Inestable de Ninguna Parte. Durante más de cuatro décadas han reflexionado sobre la realidad a través de personajes, paradojas, risas y drama. Eusebio no considera que el teatro cambie el mundo, pero le da una visión más amplia. “Nos hace espectadores críticos, espectadores que contemplan el mundo desde otro punto de vista, y nos permite conocernos más a nosotros mismos”.

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