Después del diablo, la juerga es con las cuadrillas

27 Enero, 2017 by Paula Vasquez

Cada dos años, en un pueblo al occidente de Caldas se festeja un carnaval que tiene como símbolo al “invisible”: hijo de Cronos y Rea, conocido con el nombre de Hades en la mitología griega; pero aún más conocido por nosotros (cultura occidental), como el diablo, el chucho o el coco.

Texto por : Paula Vásquez

Nadie pensaría que por medio de este personaje se pudiese hablar de unión y festividad, pero en la historia de este pueblo es gracias a él que hoy, no solo sus habitantes sino personas exteriores a este, se unen para compartir a punta de tradición, canto, danza y guarapo.

Sin embargo, pese a tantas versiones de este Carnaval de Riosucio, es en el año 2017 mi oportunidad de asistir por primera vez. Cargada de imaginarios y de expectativas, llegué a esta tierra de montañas que ya antes me había recibido tan amablemente con agua de panela helada para los calores, y con sudado de pollo o sancocho para el filo que se siente después de caminar cuesta arriba durante horas, en busca de rostros que transmiten complicidad y que traen consigo una historia.

El sábado esperábamos la salida de aquel diablo bonachón, y como todo lo bueno tiene su preámbulo, aquí no fue la excepción. Una, dos, y después muchas gotas de agua empezaron a caer sobre nuestras cabezas; fue en ese preciso momento que la ficción superó la realidad y Riosucio, ese pueblo carnavalero y endiablado, se hizo uno con el Hades. Todos buscamos refugio mientras veíamos un espectáculo que no precisamente estaba planeado por el carnaval (de hecho, hace 25 años no llovía en uno). Tres aguaceros seguidos, rayos, truenos, y un bajón de luz fue la presentación necesaria para recibir a su majestad.  La ropa nos pesaba, buscamos calor y poco a poco los ojos que vivenciaron aquella festividad dionisiaca, entraron en completa oscuridad.

Siempre me habían comentado que cuando el diablo salía el pueblo se transformaba, y esa sentencia solo se puede hacer veraz cuando cada uno de nosotros esté un sábado a las 7 de la noche esperando el punto de ebullición del carnaval. Cuando puedan ver, mientras los tambores les calienta la sangre, la cara de ese diablo que cada dos años cambia de aspecto. El resto fue historia: una ola de gente histérica y fiestera, poseída por la bebida endemoniada del guarapo, saltó, cantó, bailó y saludó a todos los que veían por el balcón una de las celebraciones más “realismomágicas” del país.

En la mañana estallidos de fuegos pirotécnicos nos despertaron y junto a ellos, el imponente cerro Ingrumá ante nuestra vista decía: buenos días. Nuestro desayuno durante todo el carnaval era sagradamente unos guarapos donde Las marujas, y de ahí emprendimos nuestro viaje a pie desde la vereda Sipirra hasta Riosucio. Al llegar nos encontramos grupos pequeños de personas disfrazadas que me hicieron evocar las mariposas amarillas, el acordeón y el sombrero vueltiao de un Gabriel García Márquez con su cuadrilla “Cien Años de Soledad”. Recordar la valentía y las dificultades de un Odiseo con “Se armó la de troya”. Y en uno de mis tantos imaginarios la primavera llegó, las flores renacieron y el invierno –si es que puede haber invierno en el Hades- cesó al ver que la cuadrilla de “Perséfone” se hacía presente. Allí, ante nosotros, estaba el desfile de cuadrillas, que no son más que un grupo de personas ofreciendo todo su talento, su bagaje cultural, su cuerpo y su sobriedad a una multitud de gente que esperaba lo inimaginable.

Alrededor de 25 cuadrillas desfilaron ante nosotros, dejando ver sus diferentes temáticas: filosóficas, sarcásticas, críticas, literarias… Son tres categorías las que hacen parte de este evento: La mayor, Indígenas y campesinos, y la infantil (el fin de esta última es que los pequeños continúen la tradición). Mi formación como persona encontró allí un lugar común y mi imaginación empezó a viajar por aquellos mundos mitológicos, ficticios y reflexivos que ofrecían las comparsas. Cada una era conformada por el capitán, el cual se encargaba de aquellos actos protocolarios para presentarse ante un público; el grupo musical que continuaba el jolgorio con canciones conocidas; y las demás personas encargadas de desfilar y de no desfallecer a punta de guarapo, aguardiente, ron o lo que hubiese.

En las casas cuadrilleras, que son designadas por el carnaval para que las cuadrillas puedan hacer su presentación y mostrar sus disfraces, se empezaron a cantar aquellas letras que cada comparsa escribía con ayuda de ritmos de canciones populares, en donde dejaban aflorar sus pensamientos ante la vida en todos sus ámbitos. Para ser más claros, tengan en su mente el ritmo de la canción “El santo cachón” y cámbienle la letra por esta, perteneciente a la cuadrilla “Se armó la de troya”:

“Me dijeron, me contaron que´l salario

ya no nos está alcanzando ni pal calzón

¡No sea cabrón!

Pero el congreso no es nada tieso,

se subieron los salarios que ¡Uy, mejor no digo!”

El canto en coro acompañado del grupo musical fue suficiente para no dejar morir aquel pueblo que, una noche antes, había despertado todo su folclor con la salida del diablo.

Los invito a atreverse: A ponerse una cita dentro de dos años, a esperar pacientes la salida de las cuadrillas y a viajar simultáneamente por los mundos que ellas nos presentan. Les aseguro que no se arrepentirán. Yo empecé en el Edén, pasé por Aracataca (Magdalena), terminé en el lugar de la Divina Comedia y desperté en las casas cuadrilleras en tremendo aquelarre al son de “La boquitrompona”. Ellos y yo recibimos el abrazo del diablo.

¡Hasta el próximo carnaval!

ESCRITO POR Paula Vasquez
Pienso que a través de las letras y de muchas otras expresiones artísticas, se puede alcanzar una comprensión diferente de todo lo que nos rodea.
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