Música en todos lados

29 Febrero, 2016 by Revista Alternativa

Primero fue Montevideo, una espera interminable en el aeropuerto de Lima, para finalmente –noche en la enorme Bogotá mediante– volar a Santa Marta. Vuelo hacia el norte de América del Sur. Vuelo hacia el Caribe. No el Caribe de resorts, de muchas estrellas, sino el Caribe de a pie, de mochila y de pueblos.

Texto por: Andrés Olveira  *Colaborador.

Fotografías por : Lex Artis

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Los costeños, me han dicho, son las personas más simpáticas y corteses de Colombia. Esto fue comprobado desde la llegada y el primer taxi, con una conversación sobre la fertilidad, las familias numerosas, y la creencia de que los que vivimos al sur somos más desapegados. “Yo decidí tener una hija sola para poder darle una buena vida, pagarle estudios, fíjese que aquí la gente tiene decenas de hijos, yo tengo veinte hermanos. Ustedes son distintos, tienen pocos hijos o ninguno, son más liberales y terminan viajando.” Marco, con quien compartimos ese mismo taxi, arribaba de Austria a visitar a su novia (Rola) y acampar en Tayorna. Ella estudió biología en Viena junto a él. “Es que a veces sale más barato estudiar fuera que adentro”, acotaba el conductor del taxi con familia numerosa.

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La primera parada caribeña fue Taganga, un adorable pueblo de pescadores, de calles circuladas también por acentos extranjeros y mochilas buscando agua esmeralda. El color, los sonidos y los olores estaban teñidos de movimiento en la calle de la costa, poblada de puestos de comida de madera y techo de paja, en los cuales uno puede sentarse a esperar el arroz con camarones bebiendo un refrescante jugo de lulo y mirando los botes anclados en la playa.

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Un señor de barba y pelo blancos tomaba sol sentado en una silla, rojo como un camarón, con una botella en la mano. Un señor camarón. Por seis mil pesos colombianos, en un bote que rezaba “no fumar” en la parte interna de su proa, se va a Playa Grande, una bahía perfecta rodeada de colinas protectoras.

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Se encuentra música en todos lados. La gente rumbea sin necesitar excusas. El dueño del hostal “Villamary” de Taganga es italiano y ofrece disculpas por la música que todo el día suena en la calle. No es necesario disculparse, estamos en el Caribe: el café tiene panela.

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Por el Tayrona

Dos días después, luego de un paseo por Santa Marta y su gran puerto, despidiendo el sol junto a los grandes barcos mercantes, el destino fue la reserva natural Parque Tayrona, a 45 minutos en bus. En la entrada, una instancia informativa con un video que explica la importancia del parque y su diversidad biológica. Informados anduvimos una hora por un camino de selva, tierra y madera hacia Arrecifes, zona de camping. Entre la vegetación interminable, a medida que transcurre el camino va escuchándose un creciente murmullo del mar, para luego develarse ante los ojos la maravilla de paisaje que hablaba al oído.

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“Si amas más los zapatos que el camino, no vale la pena caminar”, decía uno de los carteles del trayecto. Es un buen recordatorio en estos tiempos en los que nos importa más el brillo de los adidas o nike que los pies que hay dentro.

Foto de Andres OlveiraCaribe-_-Mochileros_10

El parque es gigante y en un día no alcanza para tomar todos los caminos pedestres. Se atraviesan playas solitarias, peligrosas para el baño, hasta llegar a La Piscina, una ensenada rodeada de piedras y con agua tan clara que uno puede mirar lo que hay debajo de los pies, hasta el centro de la tierra.

Más lejos de Arrecifes, y siempre caminando, está el increíble Cabo San Juan, donde uno puede dormir una siesta en una de las hamacas paraguayas dispuestas en lo alto de su promontorio, a resguardo del viento y con un balcón privilegiado en el que la vista se pierde hacia el horizonte.

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En Palomino

Palomino, también a unas horas de la gran Santa Marta, es un pueblo humilde, que como es habitual, se vuelve más turístico cerca de la playa, con cuadras de calles de tierra que albergan coloridos hostales y puestos rústicos que recuerdan mucho a ciertos pueblos de Rocha en Uruguay.
Uno de los hostales, con muchos detalles de surf, es administrado por Carlos. Él viene de Ibague (Tolima) donde me dijeron que el tiempo transcurre más lento. De hecho, disfrutaba el frescor del piso escuchando música, y no necesitó levantarse para dar la bienvenida y explicar los detalles.

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En una playa larguísima donde el mar se encuentra con el río que da nombre al pueblo, por la noche las antorchas son la única iluminación y uno puede dedicarse a mirar estrellas acostado en colchón de arena.El mundo llegaba en forma de Carlos Gardel sonando en un restaurante y en una frase de Blaise Pascal consignada en el cartel tallado en madera de una reserva natural: “El universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.

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Antes de volver y tomar el avión de vuelta a Bogotá, el lugar elegido fue Riohacha, ciudad grande y de comportamiento más urbano. Tiene una costanera cuidada, arena muy blanca, y el recordatorio del amor en tiempos del cólera de García Márquez. Al final de un muelle de madera, una virgen de tamaño natural observa a los paseantes desde su cabina de vidrio. En la parte superior de la cabina, un papel impreso pide: “favor no arrojar dinero a la Virgen, más bien consérvelo para los más necesitados”.

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“Que dios me lo guarde, espero que vuelva pronto” dijo el último taxista bogotano antes de volar hacia Montevideo, recordándome las hospitalidad costeña.

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ESCRITO POR Revista Alternativa
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UN COMENTARIO
  • Gènesis mesa
    4 Marzo, 2016 / Responder

    Muy ilustrativo, bello.