Ráquira: Con barro en el corazón

9 Marzo, 2017 by Diana Castro

Pueblo de barro, lleno de manos talentosas para moldear la tierra en arte…

Es como si el pueblo no recordara sus primeras ollas, como si siempre, desde el inicio de los tiempos Ráquira hubiese  tenido consigo los conocimientos de la alfarería. Las  crónicas españolas sobre el nuevo mundo describían el lugar como un caserío disperso, con una población tremendamente hábil, que distribuía mercancías de barro atrás a todo el territorio Muísca (conformado por  los departamentos  de Boyacá y  parte de Cundinamarca).

Fotografia por: Luis Suárez

La tradición oral no tiene una fecha exacta para ubicar las primeras obras de alfarería, sin embargo, la conexión con la tierra dio nombre al municipio:

“Rua” significa olla y  “Quira”  traduce pueblo. Desde aquella época en que no se medía el tiempo en meses sino en lunas, Ráquira ha sido pueblo de ollas, pueblo de olleros.

Se encuentra a dos horas de la capital de Boyacá, Tunja. La buseta para en la carretera vía Cundinamarca en una bomba de gasolina sin más vecinos que una caseta para tomar cerveza. Allí, la carretera se adentra por un camino modesto, con vegetación a lado y lado y una que otra casa a la orilla. Luego de 15 minutos en carro desde el desvío de la carretera, se comienza a ver grandes macetas de varios colores.

Otros 15 minutos en vehículo por esta vía destapada  llevan al centro del pueblo, una calle larga con muchos locales. Es una explosión visual de colores y texturas: hamacas, ruanas y móviles colgando de las paredes, alcancías, decoraciones para el hogar en tumultos de techo a piso, la arquitectura colonial en los balcones y los techos de paja ralentizan los pasos al apreciar cada detalle.  Este epicentro cromático parece un lugar distinto en comparación con las demás calles.

Los lugareños la recuerdan como un pueblo blanco y café hasta 1993, fecha en la que un grupo de arquitectos liderados por Daniel Antonio Sanabria Leal, iniciaron una intervención a las fachadas seleccionadas, como parte de una propuesta urbanística para resaltar la cultura del lugar en aras de fomentar el turismo.

No fue una idea aceptada de inmediato, pero fue la medida utilizada para migrar de una economía del mercado de ollas a una economía centrada en el turismo; los resultados ya tenían a Ráquira como el pueblo más lindo de Boyacá en 1995 y con una cantidad superior de comerciantes comprando y migrando hacia esos locales con fachada intervenida. Actualmente este lugar ya es uno de los destinos obligados y recomendados para viajes.

A medida que la zona turística se va alejando, la verdadera Ráquira aparece de a poco. Son casitas sencillas de bareque y tapia, unas a medio caer, y otras más vivas que nunca. Las calles destapadas son un corredor artesanal, cada casa, cada familia tiende a desarrollar un estilo propio. Mientras Doña Rosa crea esculturas en miniatura, Don Pascual se encarga de estar echando candela y moviendo las piezas de barro en el horno; Doña Margarita prefiere hacer figuras en molde y Don Jairo le enseña a su hijo a trabajar en el torno.

Cada artesano hereda conocimientos elementales como reconocer los colores de la tierra, la importancia del agua para moldear, el fuego para cocer la pieza y el aire para dejarla secar antes de tener su creación lista, irrepetible.

Los pequeños barrios se van haciendo menos densos hasta encontrar fincas cada media hora, los agricultores y mineros van transformado el paisaje en una colcha de retazos hecha con cultivos fértiles y minas artesanales. En su mayoría son campesinos que comercializan sus productos los sábados en día de mercado o los llevan hasta Tunja.

Es válida la expresión “pueblo de ollas”, sin embargo si usted visita Ráquira se dará cuenta que es más que eso, en realidad es un pueblo de olleros, pues la artesanía que usted compra y las calles que usted recorre son el resultado de una tradición que cada niño va aprendiendo al ver a su familia trabajar, de manera que lo invitamos a recorrer estos valles del Altiplano Cundiboyacense, reconociendo cada ruana como una capa de superhéroe y valorando el trabajo de este pueblo con barro en el corazón.

ESCRITO POR Diana Castro
Mujer de ojos curiosos y una caracola en la garganta, con pies dispuestos a caminar donde suene un tambor. Esquizofónica de pura cepa, me encanta escuchar.
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