11/19/2018
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BoJack Horseman: la vida es una mierda, pero el show debe continuar

Columna de opinión de Juan David Martínez*

BoJack Horseman (‘Boyaco José Juan’ a los oídos menos entendidos) es una serie de animación para adultos producida por Netflix desde 2014. Fue creada por Raphael Bob-Waksberg (conocido en su casa a la hora de comer) y que actualmente acumula 4 temporadas de 12 capítulos cada una y un especial navideño. Ah… por cierto, Tío Netflix mandó a decir hace poco que el 14 de septiembre se nos viene la ‘Season 5’.

Encarnados en la piel de un caballo humanoide (BoJack), otrora estrella de una sitcom noventera y que ahora sobrevive a la sombra de ello, en la serie presenciamos una sátira hacia el espectáculo, la frivolización de los temas que polemizan a la sociedad actual, y una zambullida al abismo del existencialismo y las crisis de identidad. Todo esto, adornado con una fauna humana amalgamada a la apariencia y los instintos básicos de distintos animales.

BoJack Horseman cultiva un humor cínico al igual que Rick & Morty. No obstante, la segunda se ríe de la situaciones dramáticas y jodidas de sus personajes, restándole con ello importancia y gravedad a lo que les atormenta. La primera, en cambio, tras las risas perfora en la tragedia, en las consecuencias que hay tras cada acción y en la culpa que subyace.

En Rick y Morty no importa si soltaste una plaga que acaba con la humanidad, ¡simplemente cambia a la dimensión adyacente más similar y se acabó!… a seguir viendo la tele. En BoJack si intentaste acostarte con la hija menor de edad de una amiga de la juventud aguantas los gritos, las amenazas de informar a la policía y rompes por completo los lazos que te mantenían atado a esas personas que confiaban en ti. En general, hablamos de dos caras de una misma y brillante moneda.

Sí, la serie del caballo antropomórfico puede llegar a ser deprimente, sobre todo porque tiene un hilo narrativo bastante definido (no es episódica) y conforme más avanza se adentra en la densidad de los conflictos de cada personaje. Lo que más vale la pena resaltar son las herramientas que usa la serie para sumergirnos en estas problemáticas y con las que nos hace partícipes de las inestabilidades de los protagonistas.

Un caballo que nos mira y nos habla

El primer capítulo de la primera temporada por ejemplo, tiene un montaje fragmentado, es decir, los sucesos se tornan abruptos y sin conexión aparente, la lógica temporal es inexistente o confusa. Esto ocurre con la intención de acercarnos al desorden e inconsistencia de la vida de BoJack, a quien se le es imposible definir qué día es, cuánto tiempo ha pasado desde que se reunió con algún amigo o qué hizo la noche anterior.

O el episodio cuatro de la tercera temporada, que carece de diálogos. Esto no solo desemboca en un cambio de dinámica para la serie (expansión del universo de la historia y el uso de un humor y una narrativa más visual), sino que es un reflejo del mutismo que BoJack ha tenido para con Kelsey, su antigua directora, a quien ocasionó el despido de su trabajo y a pesar de todo nunca pidió disculpas. El estar callado, además, es algo que mortifica al personaje per sé, es una brecha tanto comunicacional (su vergüenza hacia Kelsey) como idiomática (el mundo submarino que visita en el que le es imposible hacerse entender).

Como último ejemplo está el capítulo 9 de la temporada 4: “Ruthie”. El episodio parte desde un futuro lejano, con una descendiente de un reconocido personaje de la serie contando una historia sobre su antepasada y como “logró superar todos los obstáculos de un día horrible”. A partir de aquí, mediante un montaje paralelo se intercala una línea temporal respecto a otra (pasado vs futuro). Después de ver una serie de eventos que golpean al personaje de turno en el presente hasta romperla, descubrimos que todo el asunto futurista no fue más que fantasía de la misma protagonista. Esta, a modo de consuelo solitario y personal, gusta imaginarse historias donde ella es el ejemplo a seguir al haber hallado la manera de salir airosa de los problemas que la están carcomiendo.

Dicho esto, el capítulo termina sin más, con ambas historias interrumpidas. Se nos niega la resolución de estos problemas porque la serie se acerca con ello amargamente a la vida real, rompe la 4° pared recordándonos que fuera de la pantalla el mundo no se detiene, a veces en nuestra vida no existen soluciones prontas a situaciones complejas, cortes a negro o letreros de “vivieron felices por siempre”. A veces no sabemos cómo finiquitar lo que nos atormenta de la rutina o la cotidianidad… solo nos queda seguir y esperar que todo vaya a mejor (#ShowMustGoOn!). Viendo en perspectiva el capítulo, nos encontramos ante una decisión de guión brillante e inteligente, sumamente triste y desesperanzadora.

Un defecto que desencanta

La serie trabaja constantemente estos golpes de realidad que amedrentan a los personajes y llevan a la reflexión del público. Y aunque desde el capítulo uno se surca por conflictos emocionales, este programa se tarda (considerablemente) en ponerse interesante del todo. No es sino hasta casi la mitad de la segunda temporada que la historia adquiere más peso y personalidad, y los problemas que aquejan a los personajes dejan de ser tan pasajeros o circunstanciales (o sea, la tristeza se vuelve permanente y las consecuencias severas).

Antes de que la bola de nieve existencialista llegue, los capítulos pueden recaer a veces en lo formulístico (comedia situacional que por el final pega un viraje hacia un terreno dramático y de aflicción), y personajes como Todd o el Sr. Peanut Butter inundan los episodios de un humor absurdo que termina por cansar y acaparar más espacio del que debería. Estos seres pueden llegar a causar cierta repelencia hacia el espectador, en especial el primero, quien no adquiere un trasfondo que valga la pena sino hasta finales de la 3° temporada; lo previo, lleva a generar la sensación de que a veces simplemente está ahí para importunar o porque su actor de voz original es Aaron Paul (Jesse “Yoh Bitch” Pinkman de Breaking Bad)… ¡hay que vender!

No es que tras esta inflexión lo cómico dentro de la serie se pierda, que el humor cínico sigue allí presente.

A ver, retornando a la comparativa con Rick & Morty: la serie del científico y su nieto no repara en las consecuencias porque es mindblowing… no se detiene, no se calla, nunca se cansa de ser creativa, inteligentemente estrafalaria y estimulante. El programa del hombre caballo inicialmente se burla de las desdichas de sus personajes, pero en el proceso opta por fomentar lo absurdo dentro de sus situaciones lo que la hace extraña a nivel ramplón y para nada llamativa.

Justo cuando el humor adquiere una dosis mucho más oportuna respecto al terreno deprimente (los arcos dramáticos de cada personaje se tornan mucho más introspectivos, traumáticos y complejos), la serie toma aires propios que la sacan del montón y aumentan su calidad. Entonces, hay que tener paciencia antes de que el enganche llegue.

¿Y el tono no es contradictorio?

De nuevo, es un argumento que gira en torno a la identidad del ser y la existencia. En un contexto donde constantemente los personajes se preguntan sobre qué son, qué hacen con su vida y qué sentido tiene seguir, visiones que van desde la aquiescencia del sinsentido (humor), hasta ahogarse en la depresión (tragedia) son más que válidas, necesarias y complementarias dentro de la narrativa. Es un reflejo de la vida misma.

BoJack Horseman es una serie sobre gente infeliz tratando de hallar la felicidad; sin embargo, esta siempre resulta distante o inalcanzable para ellos. Se les es negada ya sea por avatares de la vida,  por dificultades en su comunicación interpersonal, o por su propia condición autodestructiva. Dentro de la “caricaturización” hacia el estrellato y la realidad, presenciamos una serie increíblemente íntima y humana. Hay una cercanía dolorosa hacia nosotros: nuestras imperfecciones, nuestros vicios y errores, nuestra tendencia a saltar de crisis en crisis y nunca poder sentirnos del todo realizados… lo que no es más que nuestros deseos frustrados de poder ‘retozar’ en vida.

*Comunicador social y periodista, cinéfilo de malas pulgas a tiempo completo. Casado con el cine y la literatura. Cliché, melancólico y ácido.

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