11/19/2018
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Millennials, superen a Tarantino

Andrés Rodelo

No soy de los que opina que Quentin Tarantino es un cineasta mediocre. De hecho, tiene buenas películas: desde la archiconocida Pulp Fiction (1994) hasta mi favorita y no tan célebre, Death Proof (2007). Lo que sí creo es que hay un 80% de probabilidades de que su nombre se mencione a lo largo de cualquier conversación sobre cine, por lo menos una vez.

Ocurría incluso en los debates más eruditos de los cineclubes, entre ellos La Caverna, espacio que el retirado cineasta manizaleño Pablo Villa realizó en una casa que habitó por corto tiempo. Allí, finalizadas las proyecciones de Abbas Kiarostami, Apichatpong Weerasethakul, Robert Bresson, Ulrich Seidl, entre otros, algún interlocutor sacaba a relucir el nombre del autor de Perros de Reserva (1992).

¿Por qué Tarantino es un paso inevitable al hablar de cine?, ¿por qué algunos sienten que una charla sobre el tema y que no aluda a su figura parece una charla perdida?, ¿por qué es una marca (sí) omnipresente? La fiebre por su obra se constata en la amplia gama de merchandising que generan sus películas, especialmente Pulp Fiction. Camisetas, pocillos, afiches, figuras de acción, etc., dedicados a la película que Clint Eastwood distinguió con la Palma de Oro del Festival de Cannes cuando fue presidente del jurado de este certamen en 1994.

Es más, el afiche de Pulp Fiction se convirtió en un cliché de las artes decorativas. Sí, seamos claros. Los artículos mencionados casi que parecen una estrategia para gritar al mundo lo genial e interesante que eres. “O sea, vi Pulp Fiction. I’m awesome”, es lo que transmiten algunos cuando lucen la camiseta estampada con la imagen icónica de Uma Thurman, quien posa bocabajo sobre una cama mientras sostiene un cigarrillo humeante. Si le agregas al atuendo unas gafas vintage, unos tenis Vans y un libro de Julio Cortázar, pues felicitaciones: ya eres un cultureta consagrado.

Hecha la salvedad de que el director, en efecto, tiene buenas películas, debe decirse alto y claro: hay que mearse en Tarantino. No me califiquen de vulgar, solo adapto una expresión del director español Nacho Vigalondo, empleada para declarar que la nueva comedia cinematográfica de ese país debía mearse en la tumba de Rafael Azcona, guionista de varias cintas de Luis García Berlanga y exponente clave de la comedia clásica española.

Lo dijo para convocar a los nuevos directores de comedia en la búsqueda de un objetivo: un registro apropiado para los tiempos y necesidades de esa generación de cineastas, de allí que fuera urgente apartarse de lo hecho por Azcona, en un decidido interés por avanzar y por alcanzar una nueva manera de provocar la risa por la vía del cine.

Por otra parte, encuentro la actitud opuesta en el fanático promedio de Tarantino, ya no la convicción de progresar, sino de estancarse, una certeza de que este director es el principio y el fin del cine, de que con ver su filmografía tienes lo necesario para hablar de películas con propiedad. Y eso, mis estimados, es un error. No, tampoco basta con ver Amelie, la Vida es Bella, Requiem por un Sueño, el Club de la Pelea, Trainspotting, películas que integran el starter pack de ‘Tengo buen gusto en cine’.

Aunque, no me malinterpreten. Lo último que quiero es desempeñar el papel del arrogante que condena a otros con el argumento de: “Yo sé, ustedes no”. De entrada, estamos de acuerdo con que Tarantino tiene cintas notables, pero es equivocado tomárselo como un curso intensivo sobre la historia del cine, como algo que te sirva para iniciar una conversación en la cual aparentar de tus “conocimientos” o para conquistar a una chica o chico.

Los invito a descubrir y a disfrutar el cine más allá de este director, por lo menos si entre tus aspiraciones está ser un conocedor del tema. Segundo porque, se los juro, se están perdiendo de grandes cintas, tan poderosas como la inyección de adrenalina que recibe Uma Thurman en el corazón durante Pulp Fiction.

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