11/19/2018
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Pájaros de verano: sangre, viento, identidad y marimba

Columna de opinión por Juan David Martínez*.

Después de una ‘podo-cartografía’ bosquejada en la capital del país (La sombra del caminante – 2004), en el norte (Los viajes del viento – 2009) y el sur (El abrazo de la Serpiente – 2015), en este 2018 retornamos a la Guajira con Pájaros de verano, la última propuesta de Cristina Gallego y Ciro Guerra. Gallego, quien es autora original de esta idea, co-productora de los trabajos previos de Guerra y su esposa, sostiene por primera vez la batuta en el cine y la comparte de paso con su marido.

Pájaros de Verano es en esencia una película de mafias, y como tal, está condicionada a caminar por lugares comunes y situaciones dramáticas ya exploradas dentro de esta clase de películas. ¿Y esto es un problema serio?

Pues… estancarse en estos clichés es menospreciar demasiado el filme, e impide visualizar aquello que puede diferenciarlo (y lo hace) del montón. ¿Pero, que estas circunstancias ya vistas no hacen más predecible la historia? Hombre, hasta cierto punto sí, pero no la descalifica rotundamente, ni arruina los desenlaces de los personajes.

Esta obra es una historia sobre rencillas y resquemores familiares/clanes, suscitadas por el mercado de la marihuana (#Péguelo), todo enmarcado en la espiral de la tradición, el misticismo y la simbología Wayú. El personaje Rapayet a lo largo de su viaje, que comienza en 1968 y termina en 1980 (dividido por la película en 5 canciones o capítulos), está en una constante lucha interna sobre cómo avanzar en la vida sin soltarle la mano a sus raíces y costumbres.

Esta trifulca introspectiva llega a ser tan grande que se proyecta a su espacio físico, es decir, otros personajes que están en constante relación con él (Aníbal o Leonidas) sufren lo mismo y lo afrontan-aplican de la manera en la que sus instintos humanos se los permiten. Hasta el mejor amigo de ‘Rafa’, Moisés, que no hace parte directa de alguna tribu precolombina, muestra ópticas de necedad, irrespeto y apatía a la hora de entender las tradiciones de sus allegados Wayú.

La cultura como un ropaje

Con esto nos empezamos a dar cuenta de que así como Los viajes del viento era un trabajo sobre la culpa y su expiación; El abrazo de la serpiente sobre el conocimiento y la enfermedad; Pájaros de verano habla de la identidad (atravesada por la familia) y el choque cultural, aquí podemos hallar una similitud particular entre la cinta del 2015 y la del 2018: Cómo la occidentalización invade territorios o comunidades vírgenes. En la primera se nos muestra ligado a un interés académico e inocuo, orientado más que nada hacia la salvaguarda de lo ancestral y el saber sobre lo desconocido/exótico. En la segunda, se plasma como un óxido que corroe las fibras de la familia y sus prácticas con vicios, codicia y materialismo (capitalismo salvaje).

La cultura en este universo arenoso resulta tan importante para estos personajes que es una prenda más con la cual arroparse (aquí hay un pequeño spoiler): Perder este manto, o ser despojado de él -que los demás clanes te den la espalda- es equivalente a la reducción y anulación del yo, pasar de la potestad al servilismo o a un estado de limbo (por algo el último canto recibe este nombre).

Una dirección con soltura

La constante lucha entre clanes, las ansias de venganza y necesidad de resarcimiento hacia el pugnado, lleva a que desde la dupla en la dirección se expongan 2 elementos que vale mucho la pena resaltar.

El primero, como en plena Bonanza Marimbera (Canto 3 en la película), hay una propensión desde los planos y la dirección de arte a establecer al Clan Pushaina como auténticos monarcas ataviados de excentricidad, comodidad y elegancia: Atención al plano escorzo de Rapayet sentado en una Silla Luis XVI mortificado y contemplando la oscuridad. De igual forma, hay que echarle ojo a la mismísima mansión en la que Rafa y su familia habitan… una casa cimentada en un paraje imposible y fuera de lugar, en el que se consagra deliberadamente una contradicción visual que ejemplifica no solo la exuberancia, sino el desarraigo y el olvido por la tierra sagrada y lo solemne.

El segundo radica en el uso que Gallego y Guerra dan a la violencia. No cabe duda de que es gráfica, pero también se contiene: Evita ser morbosa o visceral, tiene cierto tacto. El peso que denotan las armas y lo ensordecedor que resulta cada disparo hacen innecesaria la exposición de los cuerpos estallando cuan bolsas de sangre o deshaciéndose como carne molida (#TarantinoStyle). Entonces vemos los cadáveres y la huella del gatillo accionado, más no el acto destructor en sí mismo y en tiempo real. Esta sutileza es reutilizada con perfecto atino en cierta sección de la película a modo de una “elipsis de contenido” (censura y omisión de ciertas acciones de la escena), justo cuando Leonidas está a punto de cometer uno de sus actos más abyectos. Hablamos de una decisión sabia y que se agradece, que demuestra inteligencia a la hora de encaminar la historia. El personaje había dejado bastante claro que no era “buena semilla” en secuencias previas (comportamientos caprichosos, rabietas, voyerismo, vilipendios…). Ir más allá de sugerir la escena habría sido de mal gusto e innecesario.

Pájaros de verano resulta intrigante, llamativa y hasta vibrante a pesar de tener por base un tejido argumental contemplado hasta el cansancio. La identidad desgranada a través de las tradiciones se presta para juegos retributivos cada vez más salvajes; la co-dirección cuida y trata con pulso específico los temas, y existe un desenvolvimiento actoral mayoritariamente convincente, que busca lo mejor que puede un balance entre el actor natural que recita líneas aprendidas, y el intérprete profesional que se desvive en las sensaciones de su personaje (aplauso para Natalia Reyes – Zaida y Jhon Narváez – Moisés). Este es un trabajo menor en comparación a Los viajes del vientoEl abrazo de la serpiente (lo que vendría a ser menos laberintos mentales y profundidad en el guión), situación que no le quita calidad necesariamente, solo lo hace más ligero y llevadero para el espectador tradicional.

*Comunicador social y periodista, cinéfilo de malas pulgas a tiempo completo. Casado con el cine y la literatura. Cliché, melancólico y ácido.

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