11/19/2018
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Mateguadua, un laboratorio de sueños y conciencia participativa

Con el nacimiento de la fundación Ideamos Conciencia Participativa en el 2015, la vereda Mateguadua comenzó a transformarse ante los ojos de toda su comunidad, esto con la ayuda de varias jóvenes manos.


Texto por Esteban Hoyos

Fotografías por Andrés C. Valencia

Cada vez que don Segundo Rojas mira la caseta que se encuentra en el filo de la vereda Mateguadua su aspecto cambia, sus ojos brillan y sus párpados se distensionan. Resulta poco creíble pensar que 45 metros cuadrados de cemento y techo sean tan trascendentales para un hombre que fundó esta comunidad a punta de machete y ladrillo. Pero no es para menos: en ese frío lugar él ha celebrado desde la vida hasta la muerte.

Esta caseta es el único espacio público del que disponen todas las familias de Mateguadua para reunirse como comunidad. Y como buenos colombianos, tienen una astucia para transformar esas cuatro paredes según lo requieran: primeras comuniones, matrimonios, festividades como el Día del Campesino, reuniones de la junta de la Administración local, e incluso velaciones.

Desde que don Segundo tiene memoria, ha sido testigo de ese lugar “con problemas de filtraciones de agua, inseguridad y daños estructurales”, entre otras cosas. Pero todo esto comenzó a cambiar para bien, desde 2015 un grupo de jóvenes se unieron para conformar un proceso de cambio. En ese año, a los ojos de toda la comunidad, nació una fundación que se encargaría de transformar la calidad de vida de esta y otras comunidades más.

La historia

Mateguadua está ubicada en el corregimiento Manantial, a las afueras de Manizales por la ruta hacia Neira. Don Segundo no recuerda con exactitud la fecha en que llegó por primera vez a esa montaña. Él dice que “fue por allá en el 87”, pero lo que sí recuerda mejor fue cuando, comenzando la década del 2000, un programa del Gobierno Nacional llamado Un techo para mi país aceleró el crecimiento poblacional con casas.

Poco a poco la vereda fue creciendo a los lados y en el centro se dejaba un pequeño espacio para el tránsito de carros, lo suficiente para un vehículo de subida y una moto de bajada. En esa construcción los espacios públicos fueron disminuyendo hasta lo que hay hoy: la carretera, espacio por excelencia en el que los niños juegan al escondite, crecen y se vuelven expertos en esquivar carros; una capilla, y la caseta, que ahora lleva el nombre de Casa Manantial.

A mitad de esa década el programa se acabó. La vereda cayó en un estado de desconcierto y muchas familias, como la de don Segundo, se cuestionaron por su futuro. Esto provocó que unos jóvenes se empoderaran de la comunidad a su estilo. Y así fue. Lo que comenzó en 2005 como una navidad para 100 niños de la vereda, terminó convirtiéndose en una celebración con 350 niños y sus familias.

El nacimiento de la fundación

Los años fueron pasando, unos más productivos que otros, y los niños creciendo con regalos y festividades. Pero la estructura de la caseta, el lugar donde acontecían estos eventos, fue cayendo en un deterioro paulatino. Así, con este recorrido y un sinfín de detalles que no caben en este texto, se llegó el 2015, año en el que se creó la Fundación Ideamos Conciencia Participativa. Ellos son los autores materiales e intelectuales de la sonrisa de don Segundo y muchas familias más de Mateguadua.

La ilusión principal fue la de remodelar la caseta para convertirla en la Casa Manantial y ponerla en condiciones oportunas para que la comunidad pudiera aprovecharla.

Este grupo de jóvenes comenzó a construir el cambio a través de lo que Nicolás Agudelo describió: “Pensamos en cómo construir desde el interior de la comunidad, y lo hicimos trabajando con ellos mismos. Hicimos un diseño participativo para que se construyera con ideas de la comunidad”. Y así salió el diseño inicial: una estructura de dos pisos con techo de guadua y entradas de luz natural.

Pero avanzar en este proyecto no fue fácil. Por motivos ajenos transcurrieron tres años para que la fundación lograra materializar su cometido. Sin embargo, ese largo transcurso de tiempo no fue en vano para ellos ni para las familias.

Ideamos está conformada actualmente por Nicolás Agudelo, Mariana Correa, Natalia Martínez, María Camila Galvis, Juan Camilo Montes, Eliana Castaño, Carlos Solís, Luis Osorio y otro montón de voluntarios.

El papel de la comunidad

Bajo el concepto de eliminar el asistencialismo, tal como lo relató Nicolás, lo que hizo Ideamos fue empoderar a la comunidad para que no se acostumbraran solo a recibir, sino a trabajar por los objetivos: “lo primero que hicimos fue pintar la caseta con niños, adultos y especialmente jóvenes que eran los que venían deteriorándola. Les estallaban papeletas, se metían a consumir drogas… entonces decidimos integrarlos a este trabajo con otras personas y hubo un sentido de apropiación. Después de eso no volvieron a dañarla porque ya ellos la sentían propia”.

Luego llegaron los talleres. Con el impulso que les dio la Convocatoria de Estímulos del Ministerio de Cultura, la fundación creó grupos focales para potenciar habilidades y conocimientos. En su repertorio tienen talleres de arquitectura participativa, manejo de la guadua, reconstrucción de memoria y despertar consciente, entre otros más.

Esta es la evolución de la Caseta desde el 2005 hasta hoy en día.

Para ellos la conciencia participativa nace de construir con la gente y generar conciencia del entorno. Cuando Ideamos comenzó en 2015, don Segundo y otros miembros querían construir con cemento y ladrillos. Pero estos jóvenes se dieron a la tarea de enseñarles el poder de otros materiales como la guadua, también conocida como el acero vegetal, abundante en nuestra región. Este material es sismorresistente y es apropiado para un lugar que, además de ser montañoso, ya cuenta lamentables historias de desastres naturales.

Aunque se ha logrado un avance sustancial, quedan varias tareas por hacer y los talleres continuarán el resto del año. La fundación abre sus puertas a las personas que voluntariamente quieran aportar un grano de arena en este recorrido.

Si bien el objetivo de construir la Casa Manantial de dos pisos, como se pensó inicialmente, no pudo ser posible, este sueño continúa vivo en las mentes de todos los integrantes de la fundación.

Es por eso que don Segundo sonríe al ver la Casa Manantial remodelada. Sabe que, aunque no le tocó disfrutarla en su juventud tan hermosa como está ahora, sus hijos, nietos y las siguientes generaciones podrán aprovechar este espacio para jugar, aprender, discutir y por qué no, construir.

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1COMENTARIO
  • María Camila / 1 Agosto, 2018

    Es difícil sostener una ONG, pero más difícil es sostener la actitud, la entrega y perseverancia que todos le hemos invertido a este proyecto. Sin duda una de las mejores experiencias de vida.
    Hermoso el artículo, gracias!!

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