Texto por: Erika Carvajal

Fotografías por: Giovanny L. Galvez

El reloj apenas daba las ocho de la mañana, muy temprano para ser un viernes, viernes de feria de Manizales. En una de las tantas calles llenas de faldas características de esta ciudad, el ambiente se tornaba diferente. La Sultana, barrio tradicional de la capital de Caldas, cambiaba su rutina y poco a poco se convertía en el escenario de una competencia que atrae a personas de todas las generaciones, a grupos de amigos y familias enteras: la válida de carritos de balineras.

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En las esquinas, los puestos de arepas que regularmente abastecen el desayuno familiar, fueron reemplazados por muros de contención; las ventanas, puertas y terrazas se llenaban de rostros expectantes y sonrientes que vigilaban cada paso de la preparación de la competencia.

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Al punto de partida llegaban competidores y carritos; unos en autos particulares, otros en taxi, algunos en moto con el carrito atado a ella, y hubo quienes llegaron caminando con su carrito a cuestas, haciendo parte del trayecto que pronto iba a recorrer a gran velocidad. Quienes estaban listos aceitaban los carros y alentaban a los participantes de las otras categorías: Triciclos PVC, Street Loge y Balineras Juvenil.

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Entre toda la gente, los números, cascos y las arengas, dos competidores sobresalían en esa pequeña cumbre barrial y soleada; se trata de Eliana Galvis y Mauricio Muñoz, una pareja de esposos que celebraba su aniversario de manera un tanto particular: montados en un carrito construido con madera, tornillos, soga y balineras.

Eliana era la única representante femenina en la categoría de mayores, donde además hacían parte 40 parejas; ella y su esposo, apasionados por este deporte popular de alto riesgo, decidieron hacer un homenaje a su tierra, a sus ancestros, y a los creadores de este deporte tan popular como divertido. Para ello, se vistieron como los campesinos de antaño y usaron dicha indumentaria durante la etapa final de esta famosa competencia.

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“Yo llevo siete años compitiendo, Mauricio 16. Antes corría con una amiga cuando aún había Categoría Mujeres, luego cuando hubo 2 o 3 equipos femeninos; pero este año, al ver que ella no estaba, mi esposo y yo decidimos hacer equipo. Lo que menos queremos es que esta tradición se pierda. Dicen que soy arriesgada, pero el temor más grande que tenemos Mauricio y yo es que esta tradición muera”. Afirma Eliana mientras acaricia su carrito y abraza a su esposo.

Y es que para ellos correr sobre estos carros es más que tratar de alcanzar un premio, es más que sentir la adrenalina cruzando por sus cuerpos; correr sobre este carro es llevar la tradición por la venas asfaltadas de una ciudad, es rendirle honor a las costumbres de familias y amigos que por años han visto la auténtica felicidad sobre cuatro rueditas.

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“Aquí uno se reúne con los amigos, se divierte de corazón. Sabemos que la mayoría de los que participamos en esto lo hacemos sobre un carro que se ha construido en familia y que nos subimos a él porque un papá, un tío, un abuelo o un primo también lo hizo. Yo por ejemplo tuve mi primer carro de balineras a los cuatro años, mi papá y mi abuelo me lo construyeron porque, ellos, años atrás, habían tenido su propio carrito.” Dice Mauricio con una sonrisa que le desborda la cara.

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Y como no; quién no sonríe cuando sus abuelos, padres o tíos cuentan aquellas historias de juegos y juguetes creados con lo que la naturaleza, una casa llena de “chécheres” y la inventiva podían proporcionar. Fueron estos elementos los que dieron vida a los carritos de balineras, aquellos que año tras año vemos en esta competencia bajando a gran velocidad por pendientes, curvas, y entre casas con cientos de espectadores. Esto es, lo que hace unos años inició como un juego; en el que el vástago de plátano era el carrito, la pista algún potrero, y el premio la unión familiar y una amistad genuina y perdurable entre piloto y copilo.

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