Así vivimos seis días y seis noches embriagados de guarapo, placer, tradición y orgullo en el reconocido Carnaval de Riosucio.

Texto por: Juan Pardo

Llegar a Riosucio por primera vez, justo cuando ya han transcurrido varios días de Carnaval, es simplemente abrumador y desconcertante.  De repente, una arrolladora ola de energía te golpea el rostro y te sientes más foráneo que nunca, aunque horas después eso cambiaría, de seguro. Presenciar cómo esa misma energía recorre todas las calles y fachadas de un pueblo encendido, que pareciese no haber dormido en muchos años, con grandes ojeras, pero aún con las pupilas dilatadas, es difícil de digerir para un citadino. Un pueblo que se rehúsa a volver a la normalidad. Un pueblo al borde de la locura, pero más cuerdo que ningún otro. Un pueblo que sabe vivir.

El Carnaval de Riosucio, más que una fiesta, es una necesidad. La necesidad de, paradójicamente exorcizar todos los males del hastío y la rutina con la celebración al Guarapo y al Diablo, quien no es más que un majestuoso y carmesí símbolo de la pasión desmesurada de la creatividad a cántaros y la fe desmedida, necesaria para disfrutar y sobrellevar las desventuras del diario vivir.

Este éxtasis, esta recarga y descarga de energía sucede solo cada dos años –de no ser así, no habría cuerpo, alma ni mente capaz de aguantar tal voltaje–, donde los habitantes del municipio caldense se entregan enteramente a una celebración tan propia y organizada que rara vez tiene un semejante.

En esta ocasión llegamos a pensar que cierta fuerza externa quisiese acabar con el Carnaval y sus impíos participantes… El sábado 7 enero a las siete de la noche, tan solo minutos antes de ser develado el nuevo rostro de Su Majestad –esta vez desde la cuadra de la barra de ‘Los 30’– un solo chorro de agua bendita se abalanzó sobre cientos y miles de habitantes y turistas, que con máscaras en manos y rostros estábamos listos para presenciar, por primera vez en mi caso, el shock, el “oh”, el júbilo que produce la presentación de la figura del Diablo.

Pero no importó. Desde la misma cuadra, y bajo una lona de plástico que amenazaba cada vez más con partirse en dos y dejarnos a nuestra suerte, la fiesta seguía. Y siguió hasta que por fin, ya el daño hecho, el cielo paró. El velo bajó y Su Majestad, con una risa sarcástica y burlona, relució sus afilados dientes para adentrarse entre sus fieles seguidores y lucirse en su gran noche.

Seguimos a Su Majestad mientras recorre las empinadas calles de Riosucio con ruido, bulla y música. Todo alrededor suena. El grupo de teatro y percusión AAINJAA precede la marcha con tambores haciendo parecer todo aquello aún más trascendental, místico y ceremonial.

Termina el desfile. Sigue la fiesta. Vuelve la lluvia. Aunque parece que nadie lo nota. La mayoría de personas ya han alcanzado el cúmulo de su dicha y bailan bajo la lluvia poseídos por el guarapo y la visión del Diablo. Para hacerlo todo más poético, la gran matrona, Totó La Momposina lleva un buen rato sobre el escenario, llenando su interpretación de fuerza al ver tal espectáculo. Aguacero de enero. Sigue la fiesta toda la madrugada. Mientras tratamos de volver al hostal bajo el inclemente lapo de agua, sobre los andenes yacen los caídos, que cómodamente dormidos, exhiben una envidiable sonrisa de satisfacción.

Así continúa el Carnaval. Describir cada día implicaría detenerse a bailar en cada cuadra donde al frente de una droguería un parlante suelta música a todo taco; habría que escuchar la historias de cada uno de los hombres que poseídos por el guarapo declara ser el verdadero hijo de Riosucio; tendría que tomarse un largo trago de un amarillento guarapo envasado en una botella de Postobón ofrecido por ese mismo hombre delirante; debería escalar hasta Sipirra, para encontrar el mejor guarapo del pueblo en los aposentos de Las Marujas para poder calmar el nuevo gusto adquirido; tendría que aplaudir cada una de las grandiosas cuadrillas que con sus trajes demuestran la magia de la creatividad y el talento riosuceño. Por eso no lo hago, porque todo esto, señor y/o señora lector(a), debe vivirlo usted mismo.