Para tristeza de todos, todas y todxs, no somos una comunidad. Lo siento amigos y amigas del movimiento LGBTI del país, pero no somos una comunidad.


Opinión por Jean Paul Saumon*

¡Cómo quisiera que lo fuéramos!, pero no, no somos una comunidad, como sí lo son los rebaños acríticos y alienados de las intolerantes iglesias cristianas de garaje. Al menos ellos están organizados, bien disciplinados gracias a una fuerte jerarquización de tipo pastoral. Ellos si son una comunidad, comulgan con los mismos valores y se hacen matar por sus líderes carismáticos. En cambio nosotrxs (Se lee nosotres, para los que aún no saben cómo se pronuncia), en cambio nosotrxs estamos divididas, dispersas, pérdidas. A quiénes me refiero cuando hablo de nosotrxs, me refiero a las maricas, a las lesbianas, a las travestis, a las machorras, a la que les gustan los dos géneros y todos los que pueda haber, a todas nosotras las que nos consideramos las disidencias (no armadas) de la heteronormatividad.

Y es que estas elecciones me confirmaron que las maricas estamos divididas, polarizadas por causas que deberían unirnos. Con esto no quiero decir que tengamos que ser de izquierda o de derecha, porque ambas nos han perseguido. La derecha nos metió en campos de concentración y nos exterminó a punta de ‘limpieza social’, pero la izquierda también nos mandó a gulags y nos desterró de nuestros territorios. Pero una cosa si hay que decir, las maricas siempre hemos sido antisistema, rebeldes, antiautoritarias, antifascistas, anarcas. Recuerdo a maricas como García Lorca que murió a manos del franquismo por mostrar la realidad de las mujeres de España, maricas como Pedro Lemebel que se enfrentaron a Pinocho en Chile en plena dictadura o aquí mismo en Colombia, tenemos a León Zuleta que en medio del terror de las bombas de los narcos y las masacres de los paramilitares, se pavoneaba orgullosa de su maricada, cuestionaba a la izquierda machista-leninista y fue junto a Manuel Antonio Velandia fundadores del Movimiento por la Liberación Homosexual de Colombia, en los años en que era delito expresar nuestra orientación sexual. Ellos organizaron las primeras marchas de la historia y siempre se caracterizaron por su coherencia ética y política, por ser intelectuales de avanzada en una época en donde ser marica era motivo de muerte. Pero como para las maricas no existen los finales felices a León Zuleta lo asesinaron y a Manuel Antonio Velandia le tocó salir del país por amenazas de los paramilitares.

Por esta razón fue un duro golpe ver como un grupo de mariquitas bien vestidos que se hicieron llamar los ‘no heterosexuales’ ansiosos de imitar y conseguir los privilegios de los heterosexuales dueños del capital y la tierra, apoyaba abiertamente la candidatura de Iván Duque y además salían en un vídeo con Álvaro Uribe demostrándole su apoyo. Eso fue un golpe duro en el orgullo como memoria de nuestras luchas, ver mancillada la bandera del orgullo mientras se hablaba el adalid de la ultraderecha en Colombia, instrumentalizándonos, ahora para conseguir los votos de las maricas incautas, confundidas y con ínfulas de burguesía, sin importarles que también nos habían utilizado pero para conseguir los votos de los sectores más intolerantes, conservadores y antiderechos de este país de godos. ¡Ah!, ¿Díganme si no es indignante?

Por eso es que trago saliva y toco madera siempre que oigo decir a alcaldes, representantes de la institucionalidad e incluso a los mismos activistas del movimiento LGBTI, llamarnos ‘comunidad’, así como lo hace el reaccionario youtuber Oswaldo Ortíz, cuando nos reduce al despectivo apelativo de ‘la comu’ para señalarnos, como si fuese una dama de la decencia.

No somos una comunidad, somos una población. Compartimos nuestro distanciamiento del régimen heterosexual, pero en realidad también nos dividen los factores de clase, de raza, la religión y las ideas políticas. Y eso es lo que hace posible que puedan existir contradicciones tales como la figura de la presidenta del partido neonazi Alternativa para Alemania, una mujer que es abiertamente lesbiana, pero representa al sector más fascista de la política alemana, herederos del nazismo de Hitler, o como el caso de la reconocida Caitlyn Jenner que a pesar de ser una mujer trans y tener el apoyo de las fuerzas progresistas de Estados Unidos, no niega su simpatía por Donald Trump.

Es por eso que hago un llamado a recordar, volver a estudiar y analizar el concepto de interseccionalidad que nos heredó el feminismo. Es necesario tener coherencia y dejar de lado los individualismos de clase, porque así como vinieron por los comunistas, también van a venir por nosotrxs y ya no va a haber después quien nos represente cuando nos quiten todos los derechos. Tenerlos no es garantía de que duren para siempre.

Por eso, la marcha del orgullo no se puede despolitizar, hoy más que nunca ante este futuro incierto, se tiene que convertir en escenario de movilización social que le demuestre a quienes no quieren que existamos que también somos una fuerza política y que nunca vamos a dejar de resistir.

Profesional en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Artivista transfeminista. Polemista y Pagano.