Opinión por Andrés Rodelo.

No veo series o, más bien, he visto pocas (cortas, sobre todo). No son, precisamente, las que se apoderan de charlas de cafetería, recesos en el trabajo o apasionadas discusiones de borrachera sobre si el regreso de Jon Snow estuvo o no a la altura de lo esperado. ¡No he visto un episodio de Juego de Tronos! (para muchos, una abominación en estos tiempos de seriesífilis), pero me entero de la existencia de estos personajes por las menciones (omnipresentes) que se hacen de ellos, especialmente al estrenarse cada temporada y cuando todos están muy (¡muy!) obsesionados con comunicarlo al mundo.

Es que es inevitable no enterarse, de verdad. Son como el nuevo hit del verano que retumba por todas partes hasta que, involuntariamente, terminas memorizando la letra sin que tuvieras la mínima intención de hacerlo. Un fenómeno con poder multiplicado por la fiebre de internet, que se filtra por las paredes de tu subconsciente hasta el punto de que nombres como Walter White, Rick Grimes y Daenerys terminan siendo familiares y, a la vez, completamente desconocidos.

No veo series porque son esclavizantes, demandantes y porque no tengo la paciencia para enfrascarme a un episodio tras otro como lo hacía a mis 12 años, aferrado al televisor mientras los capítulos de Fullmetal Alchemist, por ejemplo, desfilaban ante mis retinas. A juzgar por el éxtasis desenfrenado y el paroxismo con que muchos me hablan de ellas, he pensado que verlas es algo como: “Toma tu mejor orgasmo, multiplícalo por mil y aún así estarás lejos de lo que se siente cuando te inyectas heroína”, frase de Trainspotting, la novela de Irvine Welsh, que utilizo como referencia para entender la adicción que producen. “Parce, me tiene embazucado esa serie”, me dijo alguna vez un amigo.

Personalmente, he mantenido distancia con esta jeringuilla, también porque me gustan más las películas: me someto a un visionado de 3 horas como máximo y la experiencia culmina. Adquiero plena consciencia del universo que plantea y luego paso a otra cosa. Claro, están las sagas, pero en la mayoría de los casos aguardan por mí en el futuro: uno o dos años, el tiempo promedio que les toma hacerlas a los grandes estudios. Es decir, puedo hacer muchísimas cosas más mientras se estrena la próxima secuela. O si llegué tarde a la saga es probable que deba ver varias entregas previas, cuyas duraciones no se comparan, ni por asomo, con las que tienen las series de hoy.

Hoy, si no has visto Juego de Tronos desde el comienzo y quieres enterarte de quién es el archiconocido Jon Snow, ¡pues tienes 67 episodios por delante, amiguito!, que duran entre 50 y 67 minutos cada uno, lo que vendría siendo, más o menos, 4.000 minutos de tu preciado tiempo. ¿De verdad?, ¿tanto tiempo? ¿No puedo hacer algo más?, ¿puedo leer un libro?, ¿puedo ir al baño, por lo menos?, ¿puedo comer? Hay quienes tienen tiempo de sobra para hacer muchas cosas más, aunque de entrada ya parece un esfuerzo descomunal y que te mantendrá ocupado un largo rato.

Con las películas las ves y te sales de ellas, saltas a otra cosa para no enloquecer por la saturación. ¿Estás viendo Alien?, ¿qué tal una peli de Cassavetes cuando termines?, ¿acabaste? Pasemos a Depredador y luego a Gritos y Susurros. Esta sensación de refrescarse permanentemente y de estar viendo cosas que no se parecen en nada es lo que me mantiene cuerdo. ¿Una maratón de los 121 episodios de Lost? Mis sentidos explotan. Variar y variar es un placer.

Esto no es un ataque, es la percepción de alguien que no tiene la paciencia para seguir el ritmo exponencial de las series. Espero que alguien se sienta identificado, sobre todo en un panorama en el que quienes no las vemos somos una minoría. Ustedes, como yo, sabrán lo que es sentirse aislado cuando tus amigos hablan del último episodio de Penny Dreadful, House of Cards o Mr. Robot y lo que es intentar iniciar una conversación sobre El Demonio Neón, la peli de Nicolas Winding Refn, y que te miren con cara de: “¿de qué mierda estás hablando?”. Ese es el poder de las series de hoy.

Admiración para quienes las despachan a una velocidad de vértigo. Insisto: esta pataleta, muy personal, está al margen de la calidad artística que posean, algo que desconozco, pues no veo series. Va más bien encaminada a señalar que muchos no tenemos la dedicación de estar un largo tiempo en contados lugares, pues preferimos estar en muchos más y por unos instantes. En este caso, como también lo dijo en su momento el crítico argentino Hernán Panessi sobre este tema: “Prefiero tocar cien culos diferentes que el mejor culo del mundo”.