Entrar al parque Simón Bolívar en Bogotá es todo un ritual que exige estar preparado con la mejor actitud, pinta y baterías para vivir tres días llenos de sonidos en celebración al rock and roll y al cuarto de siglo del Festival de rock gratuito más grande de Latinoamérica.

Texto por: Eloisa Castillo / Soundstage UM

Fotos por: Andres C. Valencia

Con la asistencia más grande en su historia, Rock al Parque confirma que está más vivo que nunca y cada año crece con una convicción diversa e internacional de la que dan cuenta los más de 343.000 asistentes que se dejaron seducir por los ritmos del hijo del blues.

Correas, encendedores, maquillaje, drogas y hasta juguetes sexuales se quedan en manos de la Ley al pasar por las requisas de rutina en las puertas del Simón Bolívar, que se abren al medio día de un sábado 30 de junio con un cielo bipolar para dar la bienvenida a los rockeros que marchan por largas filas que se extenderán hasta las 9:00 de la noche de cada día de festival.

Los que llegan desde temprano reconocen que las 32 bandas distritales que abren y participan en el festival merecen todo el apoyo y el respeto del público al igual que las 7 propuestas nacionales y el cartel de los 31 invitados internacionales durante los 3 días del 2019 en el Simón Bolívar. Razón de Ser es una de las propuestas de hardcore  bogotano que prendió el escenario Lago para recordar en sus 15 años de vida rockera que la “Resiliencia”, (nombre de su segundo álbum) es la mejor forma de resistir como lo gritan vocalista, bajista y baterista, cuando se termina su presentación: ¡Vamos griten Go! ¡Go!

Más allá de los coros de las canciones, las botas, los disfraces y el maquillaje son elementos fundamentales para expresarse. En medio de un pogo comenzando la tarde del sábado, se destaca un grupo de jóvenes que usan algunas máscaras de las Tortugas Ninja y otros personajes de series y películas. Para ellos, es más fácil encontrar a su grupo de amigos en medio de la multitud después de disfrutar una buena descarga de Hardcore en el escenario Lago.

MATEO COGOYO QUE ASISTE A SU CUARTO ROCK AL PARQUE, SE CRUZA EN EL CAMINO DE PASO ENTRE LOS ESCENARIOS, VESTIDO DE ESQUELETO CON UN ATUENDO QUE LO HACE SENTIR LIBRE Y QUE CAMBIA DE ACUERDO AL GÉNERO DE CADA DÍA.  “AQUÍ ENCUENTRO UN ESPACIO DE EXPRESIÓN CON LA MÚSICA COMO ARTE Y MEDIO DE PROTESTA A LO QUE ES ESTABLECIDO NORMALMENTE”.

Re-evolución metalera

Al igual que en 1995 en el primer Rock Al Parque, el metal sigue siendo el rey del festival y por eso abre sus primeras ocho horas con las tarimas del Plaza, Bio y Lago vestidas de metal para todos los gustos: core, trash, doom, death, sinfónico, stoner y power.

Hacía la caída de la tarde, el sonido de la voz lírica y metalera llama a todos a reunirse en el escenario Plaza con la presencia de Tarja Turunen, la mujer del metal llena de emoción la tarde sabática con un show impecable que vibra alineado entre las luces de la tarima, el público y la dosis de metal sinfónico que la finlandesa finaliza con un “¡Gracias Bogotá, es increíble verlos de nuevo!”.

El turno llega para el power metal de Angra, los brasileros que ascendieron al escenario sobre las 7:30 p.m. encajaron en una revolución eléctrica. El guitarrista Rafael Bittencourt, que sobrevive en la banda desde su primera alineación recordó con nostalgia y admiración al ex líder fallecido André Matos al cuál le rindieron un homenaje con Carry On.

Además, Bittencourt reconoció la solidez del rock y sus fusiones: “En Latinoamérica hay una riqueza cultural muy diversa, que para tener originalidad es muy importante tener una influencia de su país y región para sonar diferente a Europa y mantener un emprendimiento artístico como es  una banda”.

Cuando casi llega la media noche bogotana, las botas embarradas y melenas enredadas van abandonando poco a poco la casa pública del rock para recargar energías a menos de 16 horas de una nueva descarga de música para el segundo día.

Diversidad para existir

El domingo, es la resurrección de los rockeros que llegaron desde las 2:00 p.m para acomodarse y recibir desde temprano toda la energía musical en la que, aunque hay espacio para el metal, este le da paso a otras fusiones y propuestas de ska, reggae, roots, funk y rock alternativo que permiten ver parches más variopintos.

Este día se destacó por tener propuestas musicales estridentes frente a la actualidad. Las críticas políticas y sociales en especial, se vieron reflejadas en las letras de las canciones que resonaban en una fría y lluviosa tarde – noche. La banda revelación en el escenario Lago, fueron los bogotanos Aguas Ardientes que terminaron en brasier cantando a Odebrech, los abusos violentos y el caos del transporte público al ritmo del Chirrifolk.

La respuesta del público rockero -que suele ser informado y busca expresar y liberar por medio de la música- es emotiva y se deja llevar por las pulsiones que generan cada golpe de bombo.

Shows especiales que parecían un viaje a través de los 25 años, se vieron con bandas legendarias en el Rock Al Parque como Odio a Botero, Pornomotora, Under Threat,  The Klaxon y La Severa Matacera, quienes reconocieron una transformación enorme en la producción del RAP y su factor inclusivo en todos los aspectos, “Es un evento no solo para los rockeros sino que es para toda la gente, inclusive para las familias. El público de 1996 no es el mismo que está pogueando en 2019 y es importante comunicar el mensaje de la banda con los jóvenes en los mensajes y que vaya llegando la música que se hace por generaciones”.

Y como el público madura y se vuelve cada vez más exigente para verse reflejado no solo en las canciones sino en el conjunto de un festival que crece a la par y que ofrece espacio de comidas, zona de juegos y un escenario alternativo abierto para otras propuestas musicales no oficiales del cartel. En medio de faldas de colores, medias de maya, tenis, botas, trenzas e incluso impermeables, hombres y mujeres disfrutan del recorrido en el Simón Bolívar al son del idioma universal.

Memoria y voces de libertad

El segundo día pasado por agua, fue solo la fuerza potente para dar paso al inolvidable cierre en el lunes festivo, el día lleno de profundas emociones; lluvia, alegría y expectativas frente al cartel y nostalgia por el último día.

Hace 25 años, Colombia atravesaba un momento difícil de su historia: el narcotráfico, los grupos armados y el dudoso manejo del Gobierno retumbaban las planas de los noticieros cada día. ¿Algo parecido? Sí, el país parece girar en un enorme bache de tiempo en el que los sucesos se repiten y parecemos vivir política y socialmente en los 90. Por otro lado, una  generación estaba en búsqueda de una identidad y reconocimiento frente a su resistencia. ¿Y ahora? También, pero las generaciones actuales están levantando la voz más fuerte en ejercicio de sus derechos, (aunque la represión ahora también sea mayor).

En el escenario Lago a mitad de la tarde del lunes festivo, antes de la presentación de los ingleses del reggae Channel One Sound System, un grupo de jóvenes afrocolombianos suben a la tarima con una manifestación pacífica que retumba en un enorme grito de “Respeto por la vida, por los Derechos Humanos y por los líderes sociales, no más asesinatos”. Este acto le recuerda a la juventud y al público la triste situación actual pero a su vez los alienta a no callar y a no dejar de persistir y resistir desde el arte que no combate con armas sino con ideas.

La emoción de los asistentes crece conforme avanza la tarde con una lluvia persistente que no impide que miles de almas continuen entrando al Parque Simón Bolívar y que entre la multitud se escuchan los nombres de lo que esperan ver: “Fito, es un grande”, “El rock argentino con Pedro Aznar, Gustavo Santaolalla, Babasónicos, Zeta y Fito”, “La Filarmónica, es un show imperdible”.

Así es como, bajo goteras de agua, público vociferante y alguno que otro retraso técnico avanza lo más esperado en el escenario Plaza, al cual llega cerca de las 8:00 p.m. el polémico del cartel, Juanes, uno de los artistas más grandes; del país que por el 95 rockeaba con Ekhymosis, dio uno de los mejores shows en el día de cierre cantó junto a los legendarios Zeta Bossio y Fito Páez, habló de la paz y el respeto a la vida, invitó a sus amigos a tarima, complació con ´Solo´y finalizó con una descarga de heavy metal con un poderoso cover de Seek and Destroy de los californianos Metallica.

El lleno total de la tarima central llegó hacía las 9:00 de la noche en la que el parque entero cantaba a una sola voz “¡Fito, Fito, Fito!” hasta que el esperado argentino apareció bajo una luz tenue con su abrigo rojo y abriendo con “La ciudad liberada” sencillo que pertenece a su más reciente álbum que lleva el mismo nombre. Empoderó a su público como solo él lo sabe hacer y cantó clásicos esperados: 11 y 6, El amor después del amor, Al lado del camino y para finalizar le permitió a los asistentes corear ‘Y dale alegría a mi corazón’.

Los 25 años de Rock al Parque tuvieron su final con el emotivo toque de la Orquesta Filarmónica de Bogotá en compañía de nueve invitados con historia en el Festival. Entre ellos, se realizó un homenaje al Titán, Elkín Ramírez, quien participó en este mismo show con Kraken en el 2005. Sin duda alguna, otra presentación que llenó fue la emotiva salida de uno de los responsables de que el RAP exista, Mario Duarte de la derecha interpretó ‘Ay qué dolor’ y fue ovasionado por darle vida al festival, junto al productor Julio Correal y Berta Quintero, en ese tiempo del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

El rock, que atraviesa el eterno debate de ser cultura o contracultura, en épocas de resistencia demuestra que tiene vida para rato y que existe para permitir soportar la vida, liberar y trascender.