Texto por Eloisa Castillo Torres

Fotos por Andres C. Valencia

Aunque la orden del Gobierno Nacional a causa de la pandemia del COVID-19 es el aislamiento preventivo en casa —ahora hasta el 27 de abril—, la realidad es que no todos los colombianos pueden quedarse en su vivienda, o simplemente no tienen una.

Las calles de Manizales son testigos del día a día de varios trabajadores informales y ciudadanos que deben salir a rebuscarse la vida; muchos de ellos son mayores de 60 años y no cuentan con una pensión, con una renta o un “alivio económico” que les permita pasar una cuarentena digna.

En un mundo en el que sobrevive el más fuerte, el que más tiene, la desigualdad social es el pan de cada día y no permite que los decretos gubernamentales se cumplan; este es un país que no está preparado ni en lo económico ni en lo social para afrontar esta crisis desde la comodidad de los hogares, como sugieren a diario las autoridades y los medios.

En la ciudad de las puertas abiertas, que ahora le tocó cerrarlas desde el 17 de marzo cuando se declaró el toque de queda local —de 7:00 de la noche a 5:00 de la mañana—, se vive una incertidumbre silenciosa. En las noches, las vías acompañadas de farol amarillo son testigos de la soledad de los habitantes de calle; algunos fueron llevados al albergue que destinó la Alcaldía de Manizales en el sector del Arenillo, otros continúan en su cama de asfalto.

Durante el día salen los que pueden y también los que les toca, con o sin elementos de protección; vendedores ambulantes, recicladores, comerciantes de víveres, Fuerza Pública, profesionales de la salud y transportadores, todos buscando sobrevivir a cada día y dando lo mejor de sí mismos.

José Elber tiene un puesto dentro del Pabellón de Ramas de la Plaza de Mercado, es mayor de 60 años y se siente preocupado por las medidas de aislamiento: “no me puedo acoger a las medidas porque vivo de la venta diaria de mi puesto”. Si no vende no tiene para vivir y esta es la realidad de muchos trabajadores en la Galería porque es su trabajo del día a día, y además, tienen la labor de garantizar la cadena de suministro de alimentos para que la cuidad se pueda abastecer.

El temor es una sensación recurrente entre varios habitantes, nadie sabe cuándo ni quién se puede contagiar, sus miradas escépticas se preguntan ¿cuándo va a terminar?, ¿qué va a pasar? El alimento de este virus es la indiferencia; corroe lo que toca cuando salen sin necesidad y acaparan productos. El virus en Colombia es recurrente y no todos se pueden quedar en casa.