Texto por: Angie Rodríguez Guerrero.
Ilustraciones por: Punky Sun.

Toda forma de organización social responde a una necesidad primaria de los seres humanos: la búsqueda de la supervivencia y el bienestar. Aun así, en el modelo actual circundan las insatisfacciones, la vida feliz que se nos ha vendido en los medios de comunicación hegemónicos resultó no ser alcanzable; caminamos en medio de desdichas, en permanentes crisis personales que han llevado al desmembramiento de esas redes de diálogo colectivo, embotados en un mundo que pareciera no dar respuesta a las crisis y catarsis colectivo/individuales.

Es así como las posibilidades del cambio se han abandonado ante un mundo caótico que por todos los medios insiste en no tomar partido, en no organizarse, en no denunciar.

En voz de los dueños del poder, la larga historia de los movimientos sociales ha demostrado no lograr la transformación tan anhelada que supervive en el mundo onírico de algunos nostálgicos de los grandes levantamientos populares, resulta para algunos muy conveniente ese discurso desmovilizador, pero la fuerza de la inconformidad subsiste en el corazón de los que han soportado la cara más cruenta del modelo de despojo.

Las grandes movilizaciones que desde el 2019 no han cesado en Latinoamérica han puesto a tambalear la balanza, a lo largo y ancho de nuestro continente resuenan las voces agotadas y esperanzadas. Pero al lado de los procesos de cambio siempre viene andando la reacción más despiadada, que se ha demostrado en los usos desproporcionados de la fuerza pública contra los y las huelguistas que han costado vidas y ojos. En Colombia el cómodo sillón que han ocupado los de siempre desde el nacimiento de nuestra república amenaza con ser ocupado por otras expresiones que podrían avizorar la perdida de los privilegios que han resguardado.

El gran temor de algunos sectores de la política tradicional es el escape del embrujo que por muchos años ha sostenido al pueblo colombiano en el miedo y la desazón, el despertar acompañado de ilusiones que se manifiesta en colores y cantos que caminan por las calles abriendo las alamedas para la construcción de una democracia que históricamente, capturada por unos pocos, pueda abrirse a la multiplicidad de discursos, posibilidades y demandas de los más vulnerables. Condición que ha llevado a la búsqueda del comodín que les permita a algunos dueños de los privilegios acomodarse a la mutación de los sentidos comunes.

El reacomodo en el bloque de poder, que pasa por la renuncia a partidos tradicionales, la formación de nuevas colectividades y el impulso de ideas más moderadas, alabando las virtudes de la democracia y los diálogos equitativos, siempre con empeño de superar viejas rencillas, pareciera una apología al olvido. Este reacomodo responde a la búsqueda inquieta de algunos sectores de mantener su posición de poder; aquellos discursos se han centrado en la no polarización como bandera endeble de la pasividad, sin ahondar en los reclamos y necesidades de las mayorías que han sido encubierto en alocuciones sensacionalistas. 

Ese espacio confortable que han comenzado a disputarse es el centro político (un lugar de difícil definición), por lo que día tras día encontramos un nuevo abanderado, una partida de ajedrez por quien logra capturar ese espacio difuso, donde se ha presentado como el baluarte de las nuevas formas de la política que recoge lo mejor del bienestar social y lo mejor del libre mercado, un discurso romántico que no ha demostrado tener asidero en un país en el que la política internacional ha orientado el achicamiento del estado, el recorte de los programas de bienestar social y estructuras fiscales inequitativas.

El centro junto a la no polarización carece de una propuesta estructural que dé salida a los problemas neurálgicos del país. En cambio, ha fungido como espacio de rebote de algunos políticos que en vestimentas más amables se quieren presentar como alternativas, omitiendo su participación en otros gobiernos donde han auspiciado políticas de la muerte, el despojo y la inequidad.

La polarización es la respuesta a la apertura democrática que trajo consigo la firma del acuerdo de paz, que posibilito la emergencia de sectores subalternos asediados por la guerra e invisibilizado; es la puesta en escena de la indignación acumulada.

Ese escenario pintoresco por la captura del centro puede representarse en una canción de Los Prisioneros en su álbum La voz de los 80 de 1894: Nunca quedas mal con nadie.

«En el escenario folclorizas tu voz
muera la ciudad y su contaminación
con tus lindas melodías
y romántica simpatía
nunca quedas mal con nadie.»

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