Texto: Daniel José Díaz Cardona

Fotografía: Registro Familiar

Los días eran inusualmente secos durante la primera semana de Junio, en un lugar donde la pluviosidad moja y remoja las almas y cuerpos de sus habitantes, y por eso la gran mayoría ya tienen impermeabilizado el espíritu, ya sea por la costumbre de estar bajo una nube oscura o por las malas noticias que no siempre son las primeras en saberse. Los suelos sedientos parecían clamar por líquido de noche y de día, mientras una pandemia y sus restricciones, más severas de lo normal, se iban levantando lentamente y con ellas, las dinámicas de la ciudad se normalizaban en un ritmo pausado y progresivo.

Las calles volvieron a tener viandantes diurnos y nocturnos, desempleados y desempleadas volvieron a su búsqueda en la precariedad del entorno laboral, los enamorados retomaron y encontraron nuevas formas de expresión y las personas que regresaron a sus trabajos lo hicieron en medio del amor y el odio de escapar de sus hogares y entrar de nuevo al círculo vicioso de la producción, incluso después de la tele-explotación de estos días. Aunque muchas personas digan que los seres humanos aborrecen ser prisioneros, el grillete que nos da una tranquilidad farmacológica es la generación de recursos, la producción, por ejemplo, aumentó después de los picos de terror, cuando la gente salió más libremente a las calles, muy a pesar de las recomendaciones de las autoridades, y la producción del grano del café subió, las construcciones se reanudaron y aumentaron, subió el número de accidentados, de enfermos por causas diferentes al SARS-COV 2 y volvieron las masacres y los asesinatos después de un pequeñísimo calderon en silencio. De nuevo a la coda, de nuevo a la normalidad de nuestro terruño, una tranquilidad de lo predecible.

Meses antes, Juan Obando, un músico siempre en formación y tranquilo como el reggae que le gustaba interpretar, estaba en la búsqueda de un equilibrio entre la obligación laboral y el deseo de construir sonidos y bandas sonoras de la vida de muchas personas. Estaba sometido a la espada de Damocles de los artistas, es decir, entre crear para satisfacer sus necesidades artísticas o para satisfacer el deseo que la industria musical ha trazado dependiendo del prejuicio de la ubicación geográfica.

En medio de ese rastreo interior, quizá se preguntó, ¿Qué era lo que debía hacer? ¿Hacia dónde debía ir? Una crisis existencial que muchas personas han sufrido en medio de situaciones complejas, como el aumento del desempleo juvenil, el poco aprecio que tienen las personas del común por las artes y artistas, la violencia que en un país como Colombia siempre está al acecho y en nuestro entorno, además de eso, las situaciones en el hogar desatadas por la pandemia y por las caprichosas vicisitudes del destino, en fin, un largo pregón salsero con bajo como instrumento principal y con razones suficientes como para justificar y validar, si es lo que quieren quienes critican la supuesta Generación de Cristal, una crisis existencial.

En fin, Juan es un fiel creyente del destino, como bien lo comenta su parcero y compañero de bajo, de tertulias, chisgas y de discusiones metafísicas, Daniel Tabares, también tiene claro que hay que trabajar por los sueños, para que las cosas pasen. Así que a diario, lo primero que hace, es agarrar su instrumento para pulir su técnica, para mejorar como músico, para crecer como multinstrumentista, incluso cuando eso signifique retrasarse con otros compromisos cotidianos.  

La música siempre está primero, incluso antes de su nacimiento. Cuando Doña Serafina, su madre y también conocida como Sara por un supuesto embellecimiento a su denominación original a manos de terceros, estaba en la primera de las tantas esperas como madre, durante la gestación de Juan sentía un embarazo muy tranquilo y con poco movimiento, sin embargo, cuando entraba en contacto con música en vivo, Juan, ni siquiera un neonato, parecía bailar en el vientre materno, esto como un aparente designio y guiño a sus progenitores, o a modo helénico, como si la música lo hubiera elegido como su medio de difusión, un niño-música elegido por el destino.

Su ritmo y su sonido, se cultivaron gracias a su padre, un músico empírico que trabajaba, muchas veces de serenatero y quien le enseñó el amor por las músicas populares, por boleros, valses… compases que identifican a otras generaciones y que siguen estando dentro de la configuración de su ser, ritmos que construyen una propiedad sonora y que casi que nadie podría negar, en el lugar de muchos músicos colombianos.

Juan siguió el rastro que la música le dejaba a puñados, cromofonías que lo deslumbraban y que Doña Serafina no dudo en apoyar, lo acompañó a muchos conciertos, en la banda del Redentoristas como tubista y en otros tantos, en donde interpretaba música como bajista, guitarrista e incluso en algunos cantaba. Su recorrido continúo hasta entrar a la U. de Caldas donde ahora él debía elegir, y aunque inicialmente optó por la Tuba, meses después se decidió por el Bajo y el énfasis en Jazz.

La U propicia amistades que duran el resto de la vida o que dejan huellas que nos acompañan siempre, también es un lugar para conocerse y reconocerse, para entrar en contacto con diferencias casi que irreconciliables y con cómodos lugares comunes. Daniel Tabares, Daniel Contreras, Rafael Gutiérrez, María José Restrepo, Juan Pablo Yepes son sólo unos cuantos de los nombres de los compañeros de chisgas, conciertos, aprendizajes, ensayos, borracheras, infidencias que Juan ha encontrado en la U, que concuerdan en decir que Obando, como le dicen por costumbre y con cariño, es toda la tranquilidad que le hace falta al mundo. 

Entre su reflexión y sus decisiones, llegó a su vida el sonido del mariachi y se lanzó a la música popular, poniendo en práctica lo aprendido en la academia y en busca de una entrada extra de dinero, empujado por la crisis existencial, por la mentada espada de Damocles de los artistas. Como mariachi, interpretó el guitarrón y rápidamente lo reconocieron por su calma y su calidad sonora, como todo buen multinstrumentista, aprendió en la marcha.  

La música como siempre, continúo sonorizando las experiencias del pupilo de bajista con énfasis en Jazz, esta vez retomando los sonidos pasados de un encuentro departamental de bandas estudiantiles. Un clarinete bajo, que había sido interpretado por una chica de Supía, Camila Guevara, y que terminó como la compañera con quien compartir canciones como Get You de Daniel Caesar con Kali Uchis, las canciones de Jorja Smith o incluso algo de salsa romántica y un montón de experiencias que trascienden más allá de lo sonoro, alguien a quien recordar de memoria cuando estás de viaje, cuando estás muy lejos.      

Iniciando Junio, en un lugar donde la pluviosidad moja y remoja las almas y cuerpos de sus habitantes, y por eso la gran mayoría ya tienen impermeabilizado el espíritu, ya sea por la costumbre de estar bajo una nube oscura o por las malas noticias que no siempre son las primeras en saberse. Juan Obando estaba en La Pradera, en Villamaría, con el mariachi Perlas de América esperando por una serenata que, hasta ese momento, nadie reclamaba. Mientras esperaba ya un poco molesto, decidió acompañarse de la voz de su pareja quien le contestaba en Supía. Tras intercambiar un par de palabras cotidianas, Camila, sólo escuchó sonidos Ad Libitum de diferentes voces y diferentes obras, no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, sólo supo que no escuchaba más la voz de Juan. De nuevo a la coda, de nuevo a la normalidad de nuestro terruño, una tranquilidad de lo predecible.    

Después de un pequeñísimo calderon en silencio, se supo dentro de una nube baja de ruidos y sonidos confusos, de esos que distorsionan la mirada, que Juan Carlos Obando había sido impactado accidentalmente por una fracturadora de silencios, que paradójicamente también produce silencios, pero estos son desagradables, lamentables e incómodos… Otra vez a la cotidianidad del país.

Lo que ha venido después ha sido toda la música, todos los ecos, todos los saberes y experiencias que Juan compartió con sus amigos, amigas, compañeros, compañeras, familia, pareja y extraños que empiezan a conocer sobre él.

Juan Resonó en un homenaje muy sentido en el Silmaril en compañía de su familia. Sus amigos más cercanos, decidieron improvisar y tertuliar en su nombre en la madrugada, en una de las calles cerca a El Cable. Los suelos sedientos parecían clamar por líquido de noche y de día, y todas las lágrimas continuaban cayendo, mientras una pandemia y sus restricciones, más severas de lo normal, se iban levantando lentamente y con ellas, las dinámicas de la ciudad se normalizaban en un ritmo pausado y progresivo.