Texto: María Duarte

Fotos: Andres C. Valencia

Discriminación, xenofobia y exclusión social, a esto se enfrenta una gran parte de los migrantes venezolanos que cruzan la frontera para llegar a tierra colombiana en busca de nuevas oportunidades. Paradójicamente, muchos colombianos sufren las mismas circunstancias cuando viajan al extranjero, Norteamérica y Europa principalmente. 

Según El Barómetro de Xenofobia, una plataforma que analiza mensajes con carácter discriminatorio en las redes sociales, en el año 2020, el 20% de los mensajes en línea sobre migración en Colombia tuvieron connotaciones racistas y xenófobas. ¿Hacia quiénes van dirigidos la mayoría de estos mensajes? Hacia los más de 1.700.000 venezolanos que residen en Colombia, lo que supone casi el 40% de todos los venezolanos que viven en América Latina y el Caribe. 

En el Eje Cafetero, territorio históricamente emisor y receptor de un gran movimiento migratorio, se concentran cada vez más ciudadanos venezolanos que vienen de las grandes urbes. Como es el caso de Dahiana, una joven de 21 años que se mudó de Bogotá al quedarse sin trabajo por el confinamiento y el cierre de muchos locales. Actualmente sobrevive en Cartago pidiendo dinero en los semáforos con sus dos hijos: “A mí no me gustaría estar aquí, pero no tengo otra opción, tengo que darles comida y un techo a mis hijos”, reclama la joven. 

Hace un tiempo, comenta, “estaba con una amiga y un taxista que estaba comiendo en el carro le tiró la basura a ella de forma despectiva”. La realidad de muchos migrantes es enfrentarse a este tipo de actitudes que se vuelven casi cotidianas, como acostumbrarse a que les llamen,venecas’, una palabra peyorativa para referirse sobre todo a las mujeres como ‘prostitutas’.

El incremento de la xenofobia viene alimentado por el discurso político de algunas figuras públicas y por los grandes medios de comunicación que asocian y ensalzan, de forma amarillista, la violencia y la delincuencia con los migrantes, destacando cada vez que hay un caso de violencia su nacionalidad y haciendo una distinción intencionada entre “colombianos y venezolanos”.

La alcaldesa de Bogotá lanzó en 2020 unas polémicas declaraciones respecto a la población venezolana: “No quiero estigmatizar a los venezolanos, pero hay unos que en serio nos están haciendo la vida de cuadritos. Aquí el que venga a trabajar bienvenido sea, pero el que venga a delinquir deberíamos deportarlos inmediatamente”, dijo. Este comentario fue analizado por el Barómetro de la Xenofobia y en la capital aumentó un 900% los comentarios sobre xenofobia respecto al día anterior, en la mitad de las publicaciones, se vinculaba a los migrantes con hechos sobre seguridad.

Estos mismos aspectos los podemos encontrar en otros países en los que la población colombiana es una de las principales nacionalidades inmigrantes, como es el caso de España. Se dan los mismos argumentos, que por su incoherencia no hay por donde cogerlos, como: “son unos vagos que no hacen nada” y “vienen a quitarnos el trabajo”. O una cosa o la otra, pero ambas resultan humanamente imposible.

Los peligros de este discurso es que la xenofobia aumenta las desventajas de las personas migrantes y aumenta la brecha de desigualdad. De hecho, se convierten en un peligroso foco de violencia. Recordemos las protestas y el ataque con bombas a un campamento de 900 venezolanos en Cúcuta en el año 2018 o la intrusión de varios hombres para atacar el campamento en el norte de Bogotá en 2020. No se trata de sucesos aislados, son casos alimentados por una estructura de xenofobia y rechazo hacia al extranjero -generalmente pobre-.