Esta lluvia que ciega los cristales Alegrará en perdidos arrabales Las negras uvas de una parra en cierto.

Patio que ya no existe. La mojada Tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Jorge Luis Borges

Texto por: Daniel Diaz 

Fotos por: Andres C. Valencia

La celebración del día del padre, uno de esos días semi-importantes en el calendario y como muchos, otro día más para explotar económicamente la emotividad y los lazos obligados por la sociedad y la familia a favor del mercado y de una celebración cualquiera. Este día no tiene la misma importancia que el día de la madre por ejemplo, debido, entre muchas otras cosas, a que la mayoría de abandonos de niños y niñas se dan por parte del padre, dejando la responsabilidad de la crianza únicamente a la madre, como dirían algunas activistas de las respetables corrientes feministas, esa es la forma en que abortan los hombres, abandonan la familia y su responsabilidad.

Según Brechas de Género en América Latina 2018, investigación elaborada por el CAF (Banco de Desarrollo de América Latina) 1 de cada 3 hogares eran liderados y sostenidos por una mujer, según datos de entre 1992 y 2015. Es decir, que el 57% de los hogares en 2015 eran mantenidos por mujeres. En Colombia, según el DANE, durante el 2021 el 43,1% de los hogares era liderado por mujeres.

Sin embargo, existe otro manojo de razones por las cuales este día carece de la importancia que algunas personas se obstinan en otorgarle, y es que en términos generales son los padres quienes manifiestan el machismo de su crianza en son de violencia, y es apenas lógico si se toma en cuenta el contexto social de su infancia, salvo pocos casos, en el que cualquier representación diferente al deber ser de los hombres o mujeres era menospreciado, abusado, vilipendiado y maltratado. Como bien lo evidencia Luis Bonino, la masculinidad hegemónica está construida en contra posición al ser mujer, y todo lo que no sea hombre tradicionalmente hablando corre la suerte de lo inferior, de lo desechado.

Debido también a las numerosas historias que se pueden escuchar o que incluso cualquiera de ustedes quienes leen pueden contar, han surgido una cantidad de hombres dispuestos a no repetir la historia de sus padres ausentes, de sus padres violentos, de sus padres homofóbicos, de sus padres que en algún momento decidieron que lo mejor era abandonar. Son un conglomerado de hombres vinculados a la elaboración de masculinidades desobedientes al mandato hegemónico y hombres que reflexionan sobre su identidad y representatividad en espacios, labores y acciones.   

Lejos de una especie de idolatría o monumento a la expectativa del padre ideal al estilo de El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince o Mi viejo de Piero, la construcción de paternidades deseadas está más ligada al reconocimiento de los deseos como hombre y deseos buscados, reflexionados y no impuestos.   

Cristian Felipe Fonseca Díaz, papá de Luna Gabriela Fonseca Suarez de 9 meses, cuenta que «la paternidad tradicional es aquella que no se piensa, no llega a tener un sentido de vida propio diferenciado de lo que la sociedad dispone o socializa, que de manera inconsciente da un patrón de un papá proveedor, que está pero no está, pues su satisfacción principal es ser proveedor, entonces no es papá».

Ser padre debe ser una decisión para acompañar y no un pretexto para mantener unido un matrimonio o para darle sentido a la vida propia, es una decisión que inicialmente tiene más que ver con un autoreconocimiento como hombre y como padre y no necesariamente con la vida que estará bajo su tutoría, es iniciar un camino en el entender la diferencia de lxs hijxs y ser lo menos violentadores posibles, es no reflejar los propios vacíos afectivos en ellxs.   

Fonseca Díaz continúa advirtiendo sobre el «ser conscientes de la violencia que significa ser papás. Violentar a un bebé es el acto más común, está significativamente naturalizado. Por ejemplo, al bebé ni se le cuenta que va a nacer, no se le cuenta que se le va a mover, hay una invasión a su espacio». Reconocerse como posible violentador o abusador de lxs hijxs no es tarea fácil, por lo general las personas se rigen por una percepción de ser buenas personas y de estar haciendo lo correcto, y aunque se actúe de buena fé no se está exento de ocasionar daños, violencias, traumas…

El vincularse de una manera más presente en la crianza de lxs hijxs, significa la posibilidad también de violentarlxs, por eso se habla de paternidades deseadas, pues así existe la posibilidad de que se hagan todos los esfuerzos posibles para estar más abiertos a los aprendizajes que significa la crianza. Por ejemplo, cambiar pañales, ser quien más se dedica al cuidado, estar pendiente de la alimentación, procurar la limpieza… más que tareas relacionadas con los roles que se les han impuesto a las mujeres históricamente hablando, son actos que permiten un vínculo más cercano y, lejos están de ser un acto de debilidad o de minusvalor.   

En su labor como papá Fonseca Díaz recuerda que «Cuando yo, que con orgullo había decidido ser el cuidador de mi hija, comencé a asumir la responsabilidad de cambiar pañales, y en la alimentación complementaria empecé a hacer compotas, yo ahí me dije ¿Pero también debo hacer compotas? Y surgió esa voz en mi interior y dijo, definitivamente los hombres solo servimos para salir a trabajar en la calle. Y me pongo en la tarea de hacer las compotas». El desmonte de las prácticas de la masculinidad hegemónica es difícil y debe ser gradual, uno de los pasos importantes es ser consciente de dichas prácticas y decidir hacer transformaciones al respecto.

Mientras exhibe el delantal que usa para las labores domésticas y del cuidado de su hija, Cristian comenta que la paternidad debería estar apoyada desde el Estado en procesos de crianza comunitaria y así fortalecer la figura y el rol del papá. Y con una de esas sonrisas sinceras concluye «Me he sentido orgullo de ser capaz de ser el cuidador principal de mi hija».