Texto por: Julián Duque Rojas / Polifonía Urbana

Fotografías por: Andrés C. Valencia.

La ópera regresó al Centro de Convenciones Teatro los Fundadores, el musical, Hombres de Honor, una obra que reunió los esfuerzos del Taller de Ópera, Danza Lab y la Big Band, tres agrupaciones pertenecientes a la Universidad de Caldas. Esta puesta en escena marcó el regreso de muchos artistas a los escenarios, después de la pausa obligada que constituyó la pandemia. Hecho que convirtió esta función en un hito especial el pasado 6 de julio.

Este retorno a los escenarios se hizo a través de una apuesta que sonó a jazz, en donde algunos estándares -canciones que hacen parte del repertorio popular en el mundo de la improvisación musical, que cuentan además con múltiples versiones-, se constituyeron en la piedra angular de una nueva narrativa.

La historia:

El miércoles 6 de julio por poco más de una hora, Fundadores dejó de ser Fundadores, las tablas del escenario se trasladaron a Chicago Illinois. Un cambio que no fue sólo espacial, sino también temporal. La época, los años 20, el contexto, la prohibición, un periodo comprendido entre 1919 y 1933, en el que a través de la ley Volstead o enmienda XVIII, se condenaba la ingesta, producción, importación y distribución del licor, alegando que producía violencia intrafamiliar, ausentismo laboral, inseguridad y pérdida de los valores sociales.

En ese ambiente, el negocio que una vez fuese legítimo fue capitalizado por bandas criminales, gánsteres que vieron florecer imperios económicos, extendiendo su influencia a través del dinero o la fuerza, seduciendo en el camino a policías, políticos, entre otros.

Aunque la obra se llama “Hombres de Honor” la verdadera protagonista es una mujer. Emily Brown (Estefanía Hurtado y Natalia Villada), una reportera/informante del diario “La Tribuna de Chicago”, que se infiltra en la mafia para desenmascarar el emporio criminal de Don Carlo “il capo di tutti capi”. Una tarea en la que no solo expondrá su integridad física, sino también su corazón

Se puede decir que la figura de Brown no solo es interesante por ser la heroína de la historia, sino también porque su figura es comparable con la de personajes reales como Nellie Bly, periodista investigativa y pionera en el periodismo encubierto, quien a través de trabajos como “Diez días en un manicomio”, logró convertir el periodismo en una herramienta de denuncia y resistencia.

La narración se desarrolla paralelamente en 3 espacios: XHTV, la emisora conducida por CJ Jackson (Juan Lince), quien acompañado por las Rocket Girls (grupo de coristas y bailarinas) y la Big Band de Steven Moon, darán paso a cada una de las piezas musicales.

En el segundo espacio, las bodegas de Madame Lucille (María Camila Zuluaga), se lleva a cabo la gran cumbre de la familia, un encuentro en el que Don Carlo (Juan Esteban Isaza) y sus lugartenientes, Gianluca “Rompe huevos” Bisonni (Juan Felipe Moreno) y Luigi “El tuerto” Costello (Juan Sebastián Jiménez), planean llevar a su grupo al siguiente nivel. En el encuentro, el teniente Wayne Parker (Ariel Rodríguez), revelará que hay un delator en la organización.

En un tercer espacio, la tribuna de chicago, se desarrollan dos escenas: por un lado, el encuentro de Thomas Emerson Brown (La identidad encubierta de Emily) con Ronald “Ron” O’Neal (Juan Manuel Soto), editor del periódico, una discusión sobre la importancia de exponer a los bandidos y el daño que puede ocasionar la omisión de la información. En el otro momento, se desarrolla una tensión entre el dueño del medio, J Davidson Hudson III (Juan Pablo Valencia) y el jefe de redacción, Ted Mason (Juan Sebastián López), donde se habla sobre el deber ser del oficio, versus el deber ser como empresa.

Volver a los escenarios:

Hombres de honor se constituye en la primera obra cuyo montaje pudo prepararse en condiciones de normalidad. Volver a los ensayos sin las restricciones de la pandemia, ha sido la oportunidad de reconectar con personas y espacios, en encuentros que muchas veces trascienden lo artístico. Desde la experiencia de quien escribe este artículo, estar en el Taller de Ópera es un vehículo para el entendimiento propio, un espacio para la expresión y la comprensión de los sentires.

Regresar a Fundadores emociona, no solo porque es uno de los escenarios más importantes de la ciudad, estar en el teatro es poder habitar los espacios donde se ha construido parte de nuestra historia. “Volver a los camerinos, ver las luces y los espejos, además de vivir las rutinas previas a la función, tiene su magia. El teatro te aviva la capacidad de asombro”, comentó Maybeth Robles, contralto del TOUC.

Volver a las tablas también implica una responsabilidad frente al público. Escuchar, antes de función, que las filas para ingresar al teatro iban más allá del colegio Isabel la Católica, hicieron que las mariposas en el estómago revolotearan con más fuerza.

La recepción de la audiencia durante y al finalizar la función ilusiona con la posibilidad de presentar la obra en otros espacios de la ciudad o del país. Juan Lince, quien interpretó a CJ Jackson, menciona que también es interesante que las propuestas se arriesguen a mostrar nuevas propuestas: “creo que el público agradeció este nuevo formato y la nueva música, no solo de lo clásico.

Desde la perspectiva de Juan Sebastián Jiménez, quién dio vida a Luigi “el tuerto” Costello, la obra tuvo gran acogida porque le ofreció al público una experiencia en la que podían identificarse con los personajes, disfrutar coreografías y vestuarios, además de las situaciones cómicas y de los chistes recurrentes. Un éxito que se tradujo en un lleno total y en una ronda de aplausos que acompañó desde antes del número final.