La vereda Cuchilla del Salado se empeña en hacer perenne su nombre en la capital caldense. Desde hace más de un siglo viene cosechando méritos para que en los libros de historia y en la memoria de los foráneos y lugareños su legado no desaparezca.

Texto: Tatiana Guerrero

Fotografías: Juan Carlos Hómez, Tatiana Guerrero, Asociación Pueblito Manizaleño

Desde el siglo XlX, la vereda Cuchilla del Salado viene siendo un punto crucial e importante para el desarrollo y el progreso de Manizales. Pasó de ser el primer camino usado por los colonos para arribar a lo que hoy conocemos como la capital caldense, a ser actualmente la embajadora y representante del turismo comunitario en el departamento. 

Lo que a simple vista se ve como una calle, de aproximadamente 3 kilómetros ramificada a lado y lado en trepidantes laderas que desembocan en el río Guacaica, es una pequeña aldea bautizada con el nombre de Pueblito Manizaleño, en el que se erigen 15 negocios turísticos, gastronómicos y de alojamiento, empeñados en proteger el patrimonio cultural e histórico y evitar la extinción de una herencia de más de 100 años.  

La génesis de esta iniciativa se remonta al 2015, en un sancocho que se realizó en la finca La Camelia, con el propósito de recolectar dinero para financiar el proyecto turístico en la vereda. Esta reunión dio paso a la consolidación de un comité y posteriormente, a la Asociación Pueblito Manizaleño, que hoy tiene 30 integrantes.

Juan Carlos Gallego Tamayo, ebanista de profesión y presidente de la Asociación, cuenta que esta idea data de hace muchos años atrás, debido a que la vereda es un punto estratégico en cuanto a la distancia que tiene con Manizales (a 10 minutos desde el Centro).Sin olvidar que cumplió un papel fundamental en la fundación de la ciudad.

“La Cuchilla es la base de la colonización de Manizales, ya que este fue el primer camino de arriería que tuvieron los fundadores de la capital y los pobladores de la vereda. Entonces, por poseer esa historia y ser un lugar tan cercano a la urbe, pues tenía que ser un sitio turístico por excelencia”.

Los emprendedores le apuestan a un modelo autárquico, altruista y comunitario, en el que se presten servicios turísticos y paralelamente, los habitantes se apropien de su territorio en pro de la conservación de la memoria histórica.

“La idea es que no nos vayan a desplazar como sucede en muchos pueblos donde se hace turismo, donde la propia gente no es la que está explotando esa historia y esos territorios que han tenido por años”, agrega Tamayo. 

Atributos con aroma de café

A medida que se avanza en la vereda, que hace parte del corregimiento El Remanso, se adentra en una especie de pintura costumbrista donde se levantan casas típicas cafeteras, algunas con más de 100 años y construidas a base de tapia y guadua en bahareque.

En cada una de estas viviendas se reconoce la recursiva y creativa arquitectura paisa: corredores interminables, patios poco conservadores, fachadas decoradas con zócalos y flores, blindadas con barandas, pasamanos y capiteles que resisten su peso.

Y en este cuadro irrumpe el café, el producto agrícola de cuya economía vivió Colombia por casi un siglo. En las vastas montañas de la cordillera de los Andes desfilan surcos de cafetos, que conviven con los cultivos de plátano, cítricos, banano, yuca, árboles sombríos y diversidad de aves.

“No es raro ver estos paisajes en escarpadas lomas que alcanzan los 40 y 45 grados de inclinación. Tanto los hombres como las chapoleras (recolectoras) adquieren la experticia para moverse como cabras de monte entre risco y risco, mata y mata, entre surco y surco, desafiando la gravedad sin el menor atisbo de dificultad mientras desgranan el ramillete de granos maduros y rechonchos”, relata el abogado y escritor Jhonathan Tamayo en su libro Al filo de la montaña: Historia de la Cuchilla del Salado.

De los cafetales que nacen en las fincas La Troja y Los Alpes se desprenden los granos que le dan vida a la marca Pueblito Manizaleño, un café de especialidad y con atributos en taza que seduce los paladares de los locales y los visitantes.

“Quisimos darle un valor agregado y potencializar el grano. Las parcelas tienen alrededor de 7 hectáreas y se cultivan las variedades Castilla Naranjal y Cenifcafé 1. Nuestro café es un blend en dos procesos de fermentación: Honey y natural”, explica Fabián Gallego Tamayo, productor de café de tercera generación y el artífice del producto.  

En esta cresta de montaña, las familias continúan resistiendo a los cambios y al paso de los años a través de la transmisión de los valores, los relatos y los saberes populares de sus antepasados. En sus apellidos y rasgos físicos se advierte la herencia de la inmigración antioqueña, que propició la llegada de habitantes de Vahos (Actualmente Granada, Antioquia) a la vereda a partir de 1880.

“Según Alzate (1990), la primera inmigración vaheña a la Cuchilla del Salado se dio en 1880 cuando un colono compró un pedazo de tierra a Joaquín Giraldo, un acomodado terrateniente que poseía una gran extensión de tierra al lado derecho del camino que conducía la salina de El Guineo”, así describe Jhonathan el arribo de los antioqueños a estas tierras.

Lo que hace más de 100 años se reducía a dos fincas, ahora es un territorio habitado por más de 3.300 personas que a diario trabajan para preservar las tradiciones y costumbres de la Cuchilla, la cual junto a otras 410 veredas, conforma el Paisaje Cultural Cafetero, reconocido por la UNESCO como patrimonio mundial en el 2011

Símbolo de integración

La unión entre los pobladores ha sido uno de los activos más determinantes en la conservación del patrimonio cultural que se gesta en este filo, que alcanza una altura cercana a los 2.000 ms.n.m.

Mary Luz Sánchez, propietaria de la heladería El Patio y lideresa del proyecto, destaca que en el Pueblito la integración y la colaboración entre los mismos pobladores han fortalecido este modelo de desarrollo rural sostenible, que hoy resuena como ejemplo a nivel nacional.

“Tratamos de que la gente monte su propio negocio y que el dinero que provenga de los turistas se quede en el bolsillo de los mismos habitantes. Nosotros empezamos con las sillas de la Junta de Acción Comunal y ahora somos unos de los más grandes negocios de la ciudad, en el que generamos alrededor de 150 empleos los fines de semana”.

Si después de leer esto usted está interesado en vivir una experiencia auténtica, no dude en visitar este pequeño pueblo, donde reconocerá la pujanza de varias generaciones que resisten al tiempo y a los inexorables cambios, despertará su interés por conocer el proceso del café y su importancia en la economía del departamento. Así mismo, se camuflará en esta geografía de lomas escarpadas y montañas, mientras se deja seducir por una taza de café y de la gastronomía paisa, resultado de recetas que nacieron en las cocinas ancestrales.