Texto: Tatiana Guerrero

Fotos: Juan David Rivera

En el año 421 a.c. Aristofanes, principal exponente del género cómico, escribió la comedia titulada La Paz. Después de más de 20 siglos de ese hito, esta obra maestra cobra vigencia para una cofradía de artistas, quienes retomaron el clásico para adaptarlo a las crisis que atraviesa Colombia.

En el 2016, paralelo a los diálogos de paz que se realizaban en la Habana, Cuba, los integrantes de un laboratorio de creación e investigación, en el que participó el director chileno Andrés del Bosque, crearon una versión contemporánea y bufonesca de La Paz, que se alimenta de la sátira, la burla y la parodia.

“Decidimos juntarnos varios colectivos. En esa época fue Ñame Ñame, Teatro, Caza Retasos, Fundación Circo de Manizales y Tribu Imaginaria, que en ese momento tenía el maestro Andrés del Bosque. Desde allí empezamos a crear y  contar La Paz,que fue presentada en el Festival Internacional de Teatro de Manizales y con la que ganamos una beca del Ministerio”, cuenta Fernando Usma Aguirre, más conocido como Golo Volador, asistente de dirección de la obra. 

La versión griega y el reencauche

En el texto del comediógrafo griego la paz es el hilo conductor. Poleo, dios de la guerra, secuestra a la paz, que es llevada al Olimpo, donde será custodiada por Hermes(también recibe el nombre de Mercurio, en la mitología romana), dios de los comerciantes. 

Es así, como un grupo de campesinos, quienes se encuentran perjudicados en las labores agrícolas, de alfarería y construcción, deciden ir al rescate de la paz. Tras varios intentos fallidos, la fábula de Esopo, en el que un escarabajo logra llegar hasta el trono de los dioses, inspira a los labradores. 

“Un grupo de zarrapastrosos optan por ir en un escarabajo pelotero, esos que van haciendo una bola de excremento. Es decir, rebaja la misión del granero, a una visión cómica, risueña, de la alegría, y empieza a contar que de alguna manera liberar la paz implica untarse las manos con aquello que es el alimento despreciado: la caca, la mierda, llamada en un lenguaje procaz”, cuenta Andrés, guionista de la adaptación de La Paz. 

Finalmente, los viñadores llegan al cielo, donde negocian con Hermes, quien a cambio de vino y carne, decide indicarles cómo desenterrar la paz.

Andrés señala que este mito agrícola es un espejo de los sucesos violentos que han enlutado y flagelado a Colombia desde el siglo pasado.

“En el montaje hicimos lo que ocurría y sigue ocurriendo en el país: los secuestradores van en moto. Entonces, aparece una moto y secuestra la paz y se la lleva a los suburbios, a los lugares poco ventilados, al mundo de la mafia, del narcotráfico, donde negocian con coca y un poco de vino”.

La violencia como fuente de inspiración

La historia política de Colombia ha navegado en una constante tensión, que se debate entre la guerra y la búsqueda de la paz. 

El país ha  transitado por varios periodos violentos, que han dejado miles de víctimas. Estos hechos históricos son retomados en La Paz: Desde el Bogotazo, propiciado por el magnicidio al líder del Partido Liberal Jorge Eliécer Gaitán, el genocidio de la UP, el homicidio de Jaime Garzón, los falsos positivos, hasta las conversaciones en La Habana, que dieron paso a una era, enmarcada en la construcción de nuevos remansos de paz. 

“Tenemos cuatro canciones que están inspiradas en los desaparecidos, los falsos positivos y en las madres que se quedan sin sus hijos. También hay un reggae que habla sobre la legalización de las drogas, hacemos una parodia a Uribe, como una especie de radiografía general e incluimos lo que va pasando”, agrega Golo. 

El libro de La paz a La Habana, que nace de la pluma crítica del escritor colombiano William Ospina, también es un referente clave en la construcción del guion. 

“Utilizamos algunos textos de Ospina para trabajar y acercarnos más a la actualidad.Asimismo, tomé los textos de Aristófanes y los trabajé en versos, basado en la décima espinela  (estrofa de diez versos octosílabos creada por el músico y poeta murciano Vicente Espinel) que es muy popular en toda América Latina”, revela Andrés. 

Por ejemplo en la escena en la que una banda de bufones transitan por un cementerio, donde tienen un furtivo encuentro con los desaparecidos en Colombia y una anciana muerta que recita lo siguiente: 

“Con los muertos en los brazos
con el latir de tambores
con el alegre rugido de los desaparecidos
en los cuerpos de los vivos
cantan los que ya no están
vives en mi corazón
mujer que tanto te ame
hijo mío que adoré
por tu canto, cantaré
padre, madre, abuela, tía
vives en nuestra alegría
para cambiar nuestra suerte
y demostrar que el amor
es más fuerte que la muerte”

Del pueblo y para el pueblo

El teatro de calle se remonta a épocas como la Antigua Grecia y la Edad Media, en las que se realizaban interpretaciones en lugares muy frecuentados como mercados y plazas. 

Actualmente, el teatro callejero ocupa un lugar antagónico en el quehacer artístico. En ese contexto, La Paz quiere colonizar nuevamente esos espacios, que acercan al arte con las clases populares, en un ejercicio democrático. Lo reitera William Ospina, en su libro Pa’ que se acabe la vaina: “Los espacios públicos son la morada de la democracia”. 

“Creemos que el teatro de calle es del pueblo y para el pueblo y hay que revivirlo porque en Manizales hace mucho tiempo murió. Fue una forma de decir, vamos a las calles, pero desde la teatralidad. Dentro de la propuesta hacemos música, tenemos un par de números de circo. Poco a poco hemos estado invadiendo nuevamente esos lugares como las plazas, las calles y los parques”, indica Golo. 

Andrés agrega: “El teatro en este momento lo que hace es recrear y formar un público y ese público en Colombia está hecho de campesinos, de los sectores inquietos y organizados de los obreros y los estudiantes, que se llamó el nuevo público y teatro colombiano”. 

Una paz cíclica

Al igual que la paz en Colombia, la obra de teatro ha sufrido varias reingenierías en estos últimos años, en un intento por evitar que se haga trizas y logré estar a la vanguardia de los hechos nacionales y locales.  Andrés cuenta que en el 2016 se creó la primera versión y hace un tiempo se reestructuró y se contó con un nuevo elenco de actores.

“El teatro nos enseña que reescribir sobre la escena es un ejercicio democrático y la conversación colectiva alrededor de un tema garantiza que el resultado sea realmente compartido por una comunidad e inclusivo” .

La Paz es una apuesta por la construcción de la memoria histórica, que retoma el legado de muchos siglos para recordar al hombre moderno que los problemas del pasado siguen vigentes, pero que necesariamente se necesita hacer una tregua y pasar la página, a modo de justicia transicional, para progresar como sociedad.