Es domingo en Bonafont, un corregimiento de Riosucio, en Caldas. ¿La particularidad? Es el primer domingo después de que un terremoto de 7,4 de magnitud se ensañara con este territorio, también conocido como el corazón del Resguardo Escopetera Pirza.
Texto y fotos por: Tatiana Guerrero Jacome
Sin distinguirse del que normalmente nace en sus calles sin pavimentar, el olor a polvo que levantó el sismo todavía permanece en el aire.
A primera vista, el paisaje natural parece intacto. Las montañas continúan resguardando los pueblos que se divisan en la lontananza: Supía, La Merced, Filadelfia, Pácora. El río Cauca sigue su curso y el cerro Pícara, cerca del centro poblado, permanece en una postura de vigilancia.
La cotidianidad también parece empeñada en continuar. Las gallinas de doña Adriana siguen poniendo huevos blancos. Los pequeños puestos de mercado se instalan en la plaza. Las chivas llegan y se marchan atiborradas de pasajeros, mercados y bultos.
Unos muchachos, sin camiseta y con brazos agrimensores, amarran costales cerca de la iglesia del pueblo. No parece importarles demasiado que el templo sea ahora un rompecabezas al que le faltan algunas piezas, las mismas que yacen fragmentadas en el suelo y que se advierten detrás de una cinta amarilla de peligro.
Pero ¿cómo culparlos? Si hasta las palomas parecen entender que la vida continúa: se posan sobre los bordes de las estructuras agrietadas, indiferentes al peligro.
En las calles se mezclan quienes fueron más inmunes al desastre con aquellos que perdieron todo o una parte de sus vidas. Es difícil reconocer quién es quién, porque ese domingo todos están vestidos prolijamente, como si asistieran a un banquete. Como si ignorarán que apenas seis días atrás el país, sus casas y sus cuerpos hubieran resistido uno de los seísmos más fuertes que ha vivido Colombia.
Estoicismo puro y duro, dirán los filósofos y académicos. Ellos, los habitantes de Bonafont, lo resumen así: “toca seguir, ¿qué más se le hace? Ya estamos acostumbrados”.
Pero si se hace un zoom sobre sus miradas, en la de don Jairo, Marta y Pedro José se puede reconocer que algo han perdido. En sus ojos se advierte una “tristeza de selva, de melancolía de cañada, de angustia de monte virgen”, como alguna vez describió Luis Tejada a estos pueblos asentados en la montaña.
Esa tristeza honda tiene un origen: Ellos hacen parte de la lista de afectados por el terremoto.
Don Jairo perdió por completo la casa que durante ochenta años levantó a varias familias y generaciones. A Marta se le vino abajo el techo de una residencia que sirve como fuente de financiación para un joven en condición de discapacidad. Y a Pedro José se le desapareció la pared que hacía de medianera entre una casa que ya no está y otra que permanece, aunque ahora a medias.
Ellos calculan cuánto tiempo les tomará recuperarse de la tragedia. Sus cálculos se remiten al tiempo que Dios quiera. Pero la realidad es que la recuperación responde al reloj humano, al de las instituciones y del Gobierno.
Ojalá sea corto, dicen. “Entre más ligero nos ayuden, más ligero vamos reparando”, resume don Jairo.
Pedro José lo repite en coro, aunque en su mirada hay una resignación distinta. Ambos esperan que las ayudas lleguen al pueblo y, sobre todo, que no tarden. Que esta vez la espera no se parezca a la que han tenido que padecer por el agua potable que se les viene prometiendo desde hace años y que parece que se desvío en el camino.
Posdata: Estas familias requieren de materiales de construcción. Son campesinos que, además de haber perdido parte o la totalidad de sus viviendas, hoy no cuentan con los recursos para reconstruirlas.
Si alguien quiere apoyar, o conoce una constructora, empresa, organización o persona que pueda aportar materiales de construcción, puede comunicarse con Adriana, una de las líderes de la comunidad, al +57 310 8205007.

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