En el barrio Bajo Campoamor, Ana Gloria Sucerquia camina entre los restos de la casa donde ha vivido toda su vida. La dirección la recuerda de memoria: carrera 31 número 27-58. Allí nació, creció junto a sus padres y hermanos, y vio pasar a varias generaciones de su familia. Primero fueron sus sobrinos, después sus hijos y ahora sus nietos. Incluso cuando tuvo que ausentarse algunos días, siempre permaneció pendiente de la casa. Por eso, ahora que debe desalojarla, le cuesta entender que tendrá que dejar atrás el lugar que durante tantos años llamó hogar.
Texto y fotos por Andrés C. Valencia
“Ahora que me veo en la obligación de desalojarla, me ha dado muy duro, mucha tristeza, sobre todo a mi hija, a mis nietos”.
El terremoto del 10 de agosto cambió la vida cotidiana de esta familia. La vivienda quedó afectada y tendrá que ser demolida. Ana Gloria lo sabe, pero todavía recorre sus espacios como si pudiera reconocer en ellos la casa que fue. Entre las paredes partidas y los objetos que quedaron regados por el suelo aparece, una olla y una pitadora que lograron sobrevivir.
Ana Gloria se pone feliz al encontrarlas.
Son objetos sencillos, de esos que durante años hacen parte de una cocina sin que nadie repare demasiado en ellos. Ahora tienen otro significado. Son parte de la vida que quedó atrás, una pequeña muestra de lo que todavía puede rescatarse de una casa que pronto ya no estará.
En medio de los escombros, Ana Gloria habla de su familia. De sus padres, de sus hermanos, de los sobrinos que alguna vez vivieron allí, de sus hijos y de sus nietos. La casa aparece entonces como el lugar donde una familia fue creciendo y dejando sus propias marcas.
Por eso sabe que tendrá que tumbarla, pero todavía piensa en volver a construir.
“Yo sé que la tengo que tumbar”.
Después lo dice con una mezcla de tristeza y esperanza:
“Espero que la poca vida que me queda me alcance para ver mi casita reconstruida”.
Habla de recuperar el hogar, de volver a tener un lugar donde estén sus hijos y sus nietos, de regresar algún día a esa misma dirección que ha repetido durante toda su vida.
—Dios del cielo nos va a mirar con ojos de misericordia para volver a construir de nuevo este hogar.
El terremoto puede derribar una casa en segundos. Reconstruirla será otra historia. Dependerá del tiempo, de las ayudas y de las posibilidades de una familia que ahora tiene que empezar de nuevo.
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