Tres artistas ambulantes atraviesan el Uruguay del siglo XIX, en un momento en que los alambrados vuelven el campo en propiedad privada. En Plantar bandera, Federico Silva cruza circo criollo, humor y memoria histórica para preguntar quién puede apropiarse de la tierra, del cuerpo y del futuro. La obra llega a la edición 58 del Festival Internacional de Teatro de Manizales.
Texto por: Felipe Rivera – Fotos: Cortesía
A los 43 años, un «niño» con fuerza levanta pesas frente al público. La edad desmontó buena parte de su esfuerzo, pero nadie parece dispuesto a retirarle el personaje. Su madre anuncia el futuro como vidente y, al mismo tiempo, se resiste a aceptar el porvenir de su hijo. Cerca de ellos, un campeón de zapateo defiende un título que nadie puede evidenciar. Alguna vez ganó algo. Quizá. Tampoco importa demasiado. Presentarse como campeón le permite conservar un lugar dentro del espectáculo.
Los tres forman una compañía ambulante que recorre pueblos en busca de espectadores. Llegan, levantan un escenario , presentan sus funciones y vuelven al camino. Esa precariedad sostiene el mundo de Plantar bandera, la obra escrita y dirigida por el uruguayo Federico Silva.
Silva ubica la acción hacia finales del siglo XIX, durante el proceso de alambramiento de los campos en Uruguay. Los grandes propietarios delimitan sus terrenos, el Estado organiza una policía para protegerlos y el tránsito por la tierra empieza a necesitar autorización.
En ese mismo territorio surge el circo criollo. Acróbatas, forzudos, jinetes, equilibristas, músicos y actores recorren la región del Río de la Plata con una lógica opuesta a la del alambrado. El propietario necesita fijar los límites, pero el artista ambulante necesita atravesarlos.

Un país escrito sobre el cuerpo
La obra comenzó a aparecer cuando Silva encontró la fotografía de un antiguo carnaval en un libro del Centro de Fotografía de Montevideo. La imagen mostraba a un niño vestido de forzudo, con un traje austero, algunas medallas y una pesa de utilería. Una mujer permanecía detrás de él. El dramaturgo imaginó que podía ser su madre.
La fotografía contenía un niño obligado a representar la fuerza bajo la mirada materna. Silva envejeció al personaje sin permitirle abandonar la infancia. Así nació un hombre de 43 años que todavía ocupa el lugar del niño forzudo. Su cuerpo adulto carga un papel que otros eligieron para él.
La lectura de Historia de la sensibilidad en el Uruguay, de José Pedro Barrán, trae esa intuición en una estructura dramatúrgica. El historiador estudió el tránsito entre la llamada “cultura bárbara” y el disciplinamiento que atravesó la sociedad uruguaya entre los siglos XIX y XX. Barrán desplazó la mirada de las batallas y los héroes hacia las costumbres, los cuerpos, el trabajo, la sexualidad, la infancia, la enfermedad y la muerte. Su historia examina la forma en que una sociedad aprende a controlar lo que antes toleraba.
Silva encontró allí un paralelismo. El país atraviesa un proceso de disciplinamiento cuando delimita la propiedad y castiga determinadas conductas. El niño vive una transformación parecida cuando los adultos corrigen su espontaneidad y le enseñan a obedecer.
La obra concentra ambos procesos en un mismo cuerpo. El alambrado ordena el campo, en paralelo, en que La educación ordena al niño. El Estado define por dónde puede pasar cada persona y la sociedad establece qué puede llegar a ser.
El circo antes del teatro
La genealogía escénica de Plantar bandera se remonta al circo criollo y a las compañías de la familia Podestá. Estos espectáculos reunían números gimnásticos, acrobacia, destrezas ecuestres, música y comicidad. Con el tiempo incorporaron historias populares como Juan Moreira, basada en el relato de Eduardo Gutiérrez.
Las primeras representaciones de Juan Moreira utilizaron la pantomima porque el público ya conocía la historia publicada por entregas. Ese cruce entre la carpa y la ficción dramática ocupa un lugar central en la formación del teatro rioplatense.
Silva recupera parte de esa memoria mediante la pantomima, el zapateo y la exposición física de los intérpretes. La puesta también carga una atmósfera musical construida alrededor de guitarras, milongas, cifras, estilos, zambas y chacareras.
El diseño escénico responde a esa condición itinerante. La compañía necesita un formato pequeño, transportable y adaptable. El biombo cumple varias funciones, creando un camerino, fachada, refugio y frontera. También recuerda que cada escenario constituye un territorio provisional.
La comedia del desastre
La historia podría avanzar hacia el drama solemne. Silva elige el humor.
“El humor es una forma de cuestionamiento en sí”, sostiene el dramaturgo. Su mecanismo parte de una alteración en el que el público reconoce una situación establecida, la escena desplaza uno de sus elementos y la lógica comienza a tambalear. La risa aparece cuando aquello que parecía natural revela su arbitrariedad.
¿Quién puede plantar una bandera?
El título condensa la contradicción de los personajes. Plantar una bandera significa declarar la posesión de un territorio. La compañía busca una tierra donde permanecer. Los artistas actúan en lugares prestados y se marchan antes de adquirir algún derecho sobre ellos.
Silva también encuentra un sentido menos literal. Plantar bandera puede significar sostener una decisión artística bajo condiciones adversas. Los personajes carecen de tierra, público estable y recursos, pero insisten en hacer su trabajo. Su bandera aparece cada vez que levantan el biombo y anuncian una nueva función.
La obra pregunta quién repartió la tierra, qué poder legitimó ese reparto y por qué la propiedad adquirió un carácter casi intocable. Uruguay ofrece el contexto histórico, aunque el conflicto atraviesa América Latina.
En Colombia, la distribución de la tierra ocupa el centro de disputas políticas, violencias rurales y desplazamientos. Las historias de ambos países siguen recorridos distintos, pero la obra abre una zona de resonancia. El público colombiano conoce la figura del campesino expulsado, del artista itinerante y de la autoridad que protege un orden construido por otros.
La llegada a Manizales añade otra lectura. La edición 58 del Festival debió reorganizar fechas y escenarios después del sismo que afectó varios espacios culturales de la ciudad. Bajo esa idea, una obra sobre tres artistas que llegan, montan con lo que tienen y defienden el encuentro adquiere una connotación inesperada. El escenario vuelve a funcionar como territorio temporal frente a una ciudad que todavía reconstruye sus lugares para el arte.
La obra llega a Manizales después de obtener el primer premio de Dramaturgia del Concurso Literario Juan Carlos Onetti 2024. La Sala Lazaroff acogió su proceso de residencia y estreno. En 2025, los Premios Podestá reconocieron el espectáculo, la dirección, el elenco, el texto, la música original de Albino Almirón y la actuación de Néstor Guzzini.
Silva dirige a Guzzini, Carla Moscatelli y Almirón en una pieza de sesenta minutos que mezcla circo, carnaval, pantomima y teatro contemporáneo. La compañía aterriza en el Festival con el deseo de presentar la obra, conocer otras formas de creación y participar en ese intercambio que aparece cuando varios teatros ocupan una misma ciudad.
En escena
Plantar bandera
Uruguay
Dramaturgia y dirección: Federico Silva
Elenco: Néstor Guzzini, Carla Moscatelli y Albino Almirón
Sábado 26 de septiembre de 2026
7:00 p. m. y 11:00 p. m.
Teatro El Galpón – Universidad de Caldas
Duración: 60 minutos
Público: mayores de 16 años
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