Letreando, el semillero de El Guamal donde germinan pequeños escritores (9)

Letreando, el semillero de El Guamal donde germinan pequeños escritores

Texto y fotos por: Tatiana Jácome 

Es una tarde de septiembre y la lluvia amenaza con caer. Al pie de las raíces de un gran árbol de corcho, tres niñas escuchan a Ligia Moreno Moreno. Una de ellas, indígena emberá y de cabellos oscuros, se lanza sobre su espalda mientras Ligia sostiene entre las manos Raíces, de Alex Haley. El libro tiene una letra del tamaño de una hormiga y es bastante voluminoso, así que Ligia traduce, explica y resume algunos pasajes para hacerles más digerible la historia sobre la esclavitud de los africanos.

A medida que avanza por las páginas, Ligia les cuenta cómo millones de africanos fueron capturados, vendidos y trasladados a América, donde sus cuerpos fueron convertidos en mercancía. Las niñas se asombran. Les cuesta comprender cómo algo tan propio como el color de la piel se convirtió en una razón para despojar a una persona de su dignidad y  derechos. 

La escena transcurre en la vereda El Guamal, en Supía, Caldas, un territorio afro enclavado dentro del resguardo indígena Cañamomo-Lomaprieta. Doña Ligia hace parte de esa comunidad afrodescendiente, cuya historia se remonta al siglo XVIII. Según documentos coloniales, en 1717 varias personas africanas esclavizadas fueron llevadas hasta este territorio para ser vendidas al terrateniente y minero Simón Pablo Moreno de la Cruz. Años después, pasaron como herencia a su hija, Josefa Moreno, quien finalmente les concedió la libertad en el siglo XIX y también les heredó el apellido Moreno, que se convirtió en la identidad de buena parte de la población de El Guamal durante muchas generaciones.

Ese y muchos datos más los conocerá quien se siente toda una tarde a conversar con Ligia. Ella es escritora de cuento infantil, poesía, retahíla y décima, y una de las sabedoras del pueblo que carga con una tradición oral heredada de su madre, quien le transmitió gran parte de esos relatos nativos.

El corredor donde germinan pequeños escritores

A sus 55 años, la escritora se ha encargado de inmortalizar esas historias en el papel a través de publicaciones en antologías, para evitar que se extingan, como puede ocurrir con aquello que pende del frágil hilo de la memoria y de la palabra. Pero la vocación de esta mujer de cabello crespo, que sonríe con los ojos y tiene una voz dulce, también ha gravitado hacia los niños y los jóvenes, a quienes ha logrado seducir a través de las letras. Desde hace cinco años, el corredor de su casa se ha convertido en una especie de ágora literaria para cerca de 50 integrantes. Algunos de ellos ya se fueron de la comunidad o están en la universidad.

“Yo ingresé a la Red de Escritoras de Caldas (REC) y allá una de las compañeras contó que tenía un semillero literario en su colegio. Así que regresé a la comunidad muy inquieta. Pensé que, aunque no era profesora, a mí me gustaría leer y escribir poesía con niñas. Entonces, empecé a invitar a niñas a las que les gustara la lectura. Iniciamos con seis y luego ellas invitaron a más, hasta que creció el grupo”, relata la poeta sobre la génesis del proyecto que ahora alberga 23 miembros. 

A este proceso también se han sumado la poeta Juana Echeverri; el gestor cultural Rodrigo Rojas, con su programa EncantaPalabras; Juan Carlos Acevedo, promotor de Lectura, Escritura y Oralidad de la Red de Bibliotecas Públicas de Caldas; Johana Ébano, de la REC; la antropóloga mexicana Rosa Icela; y el escritor supieño Jorge Eliécer Zapata.

Un semillero de poetas

Letreando fue el nombre con el que las seis niñas y Ligia decidieron bautizar el semillero. Samantha Moreno Valencia tenía 10 años cuando comenzó este proceso de lectoescritura. Recuerda que, antes de pertenecer al proyecto, tenía poco interés en la poesía y en la escritura porque desconocía estos temas. Su historia habla también de una de las dificultades que persisten en el país alrededor de la lectura: lograr que esta se convierta en una práctica que trascienda las obligaciones escolares y encuentre un lugar en la vida cotidiana de los niños y jóvenes.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la lectura por placer constituye un factor determinante en la evolución de competencias lectoras y cognitivas y es un predictor del rendimiento académico. Sin embargo, en Colombia persisten desafíos para consolidar hábitos de lectura autónoma fuera del ámbito escolar. Entre el 29 % y el 35 % de los estudiantes de 3.º, 5.º y 7.º no leen por diversión, mientras que apenas entre el 11 % y el 14 % dedica más de dos horas semanales a esta actividad, señala un estudio de 2025 del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana.

En el caso de Samantha, el encuentro con la literatura cambió su relación con las palabras.

“Ahora me ayuda mucho cuando quiero expresar mis emociones o, de pronto, cuando me gusta alguna cosa a la que puedo escribirle y desahogarme en el proceso. Me han enseñado sobre versos, décimas, asonantes, consonantes, que también me sirven para la escuela”, expresa Samantha, quien ahora tiene 15 años y aún sigue asistiendo con la avidez y la curiosidad del primer día.

Guamal, una dinastía de mujeres contadoras

Sandra Lorena Valencia Moreno es la madre de Samantha. Cuenta que, desde muy pequeña, a su hija le gustaban los libros, sobre todo aquellos que tenían grandes ilustraciones. Ella también escribe y proviene de un linaje de mujeres contadoras de historias, por eso no tuvo reparo en convertirse en una rapsoda para su hija y alimentar esa curiosidad a través de la oralitura.

En su caso, contar historias en casa no solo ayudaba a entretener a Samantha, sino que también fue una vía para acercarla desde temprano a los libros y al lenguaje. No es un asunto menor: según datos del DANE de 2021, los adultos en Colombia dedican, en promedio, 48 minutos diarios a leer o contar cuentos a los menores de cinco años. Sin embargo, esta tarea recae de manera desproporcionada sobre las mujeres, quienes representan el 94 % de los cuidadores que realizan esta actividad. En el caso de Caldas, el departamento registra uno de los mayores niveles de involucramiento parental en actividades de lectura, juego y diálogo con los hijos, con un índice de 4,89, después de Risaralda, Boyacá, Quindío y Santander.

Sandra le narraba clásicos de Rafael Pombo como El renacuajo paseador, La pobre viejecita, Simón el bobito, entre otros. Así, su hija fue fabricando, poco a poco, una pasión por los libros y las historias. En Letreando, esa pasión alcanzó su cénit.

Ella recuerda que, cada vez que su pequeña regresaba a casa después del semillero, hablaba con mucho entusiasmo sobre la forma teatral en que Ligia narra los cuentos.

“A mí me encanta, porque Ligia es muy expresiva y parece que actuara todos los relatos. Eso hace que los niños aprendan y que la lectura se les quede más, porque por lo general se aburren leyendo libros o cartillas que suelen ser muy planas”, reitera Sandra.

Cuando Sandra habla de Ligia y de Samantha, la admiración se le nota en sus ojos color miel, por donde también se desliza un poco de esa fascinación. Fricciona sus manos, como tratando de disimular el estupor que le produce descubrir que su hija, todavía tan niña, escribe poesía. Entonces, dice:

“Los poemas de Samantha dejan aterrados a esa gente que viene de Manizales, porque ella es tan niña y cómo escribe”.

Después, como si quisiera demostrarlo, anima a Samantha a recitar uno de los poemas que más le gusta: Tiburón plateado.

“Me gusta la arena en mis dedos
que han pisado un caracol.
Me alegra mucho al saber
que a este nada le pasó.

En el acuario observamos
peces de muchos colores,
pero aquel tiburón plateado
fue el que quedó en nuestros corazones.

Las estrellas son de mar,
son suaves y muy hermosas.
El agua salada me trae
olas grandes que son muy fuertes.
Veo iguanas que esperan la muerte”.

Nacer, crecer y reproducirse entre libros

Camila Gómez Moreno es otra de las pupilas de Ligia. Ingresó al semillero cuando tenía 11 años. Puede clasificarse entre las devoradoras de libros, pues desde muy pequeña su familia alimentó en ella el amor por la lectura. La joven podría estar entre ese 10 % de estudiantes que, de acuerdo con la investigación del LEE, dedica más de dos horas semanales a leer en Caldas, frente al 25 % que lee entre una y dos horas y casi el 30 % que dedica menos de una hora a esta actividad.

Actualmente lee El imperio del vampiro, una saga de Jay Kristoff de cerca de 900 páginas. También tiene una postura crítica frente a lo que encuentra en sus lecturas, una actitud que la ha dotado de la autoridad suficiente para decir que hoy existe una proliferación de libros muy malos que parecen escritos por inteligencia artificial y que textos como El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, y Alas de sangre, de Rebecca Yarros, son definitivamente muy aburridos.

“El semillero ha sido una experiencia muy bonita. Lo más importante para mí fue descubrir que tenía la capacidad de escribir como mi abuela. Estoy muy orgullosa de mí, porque también he logrado publicar mis textos. Además, me inspiro en muchas cosas; esa inspiración me suele llegar, sobre todo, en el corredor de Ligia”, cuenta Camila mientras sostiene una mirada que parece agujerear un árbol de almendros.

Ese orgullo no le pertenece solo a Camila; también se ramifica hasta llegar a su madre, Aurora Moreno Moreno, docente y también hermana de Ligia. Ella recuerda que Camila empezó a desarrollar sus habilidades lectoras desde muy pequeña, cuando veía televisión educativa, una experiencia que contribuyó a que fuera una de las estudiantes de preescolar que aprendieron a leer y escribir con mayor rapidez.

La historia de Camila ocurre en un departamento que busca nuevas formas de fortalecer la alfabetización y desarrollar las competencias lectoras desde las aulas. En 2026, más de 4.800 estudiantes de primero a quinto de primaria participaron en la evaluación EGRA de entrada del programa Aprendamos Todos a Leer, una estrategia de la Secretaría de Educación de Caldas y la Fundación Luker. La medición, realizada en instituciones educativas oficiales de siete municipios, entre ellos Supía, registró avances tanto en fluidez como en comprensión lectora.

En tercero, los estudiantes alcanzaron un promedio de 55,1 palabras leídas por minuto; en cuarto, 87,5, y en quinto, 112,9. La comprensión también mostró resultados favorables: el 83 % de los estudiantes de cuarto grado alcanzó niveles adecuados o avanzados, mientras que en quinto lo hizo el 69 %.

Pero en la casa de Aurora la relación con los libros empezó mucho antes de que Camila llegara al colegio. Recuerda que desde muy pequeña le regalaba libros; los primeros eran de tela. Como Camila nunca ha conocido otra cosa, ha crecido creyendo que el mundo es así: una duna de libros escritos para ella.

Tanto así que, alguna vez, su madrina le regaló un libro compuesto únicamente por ilustraciones y Camila y su madre no tuvieron más remedio que inventarse las historias que aquellas imágenes les sugerían. Para su cumpleaños número 15, sus padres le regalaron un libro que reunía los escritos que había producido hasta entonces, a tan corta edad.

En el rostro de Aurora se advierte la admiración por lo que su hija ha logrado a los 16 años en el proceso de Letreando. Ella, que además es madrina del semillero, lo resume así:

“Yo no sabía que ella pudiera escribir cosas tan maravillosas. Entonces, ahí lo descubrimos. Sus escritos se han publicado en revistas, ha estado tres veces en el encuentro de la Red de Escritoras de Caldas. También fue nominada en el concurso de poesía Verso de Oro con su poema Ojos de muñeca, en la categoría escolar”, dice Aurora.

Cuenta que su hija suele escribirle a la luna, a la naturaleza y a la raza negra, pero sus poemas también han empezado a cuestionar el cambio climático, cuyos efectos se hacen cada vez más visibles en Guamal y en el mundo. De ahí surgió uno de sus poemas más recientes, que aún permanece huérfano de título:

“Caminando en la montaña,
un lago me encontré.
Era grande y profundo,
bello en otro tiempo debió ser,
pero las cosas cambiaron,
de eso me di cuenta.
Pues el lago estaba seco,
debido al calor
que día con día solo aumenta.

En el lago triste
solo hallé desesperación,
peces muertos,
basura regada,
contaminación por montón.

Entre el resto del agua
me puse a caminar
y debajo de una hoja grande
una vieja rana pude hallar.
Estaba ahí, oculta
entre la contaminación y el miedo.
Con sus ojos sabios, cansados,
me miró
y con su voz cansada de la vida
me habló.

Por ello les dije,
por ello les advertí
que cuidaran esa agua
que les dio de comer,
soñar y vivir.

No fue solo el calor
el que lo hizo desaparecer.
Fue el humano
y sus malas obras,
siempre egoísta y cruel.

Han acabado con este lago
y otros mil más.
Ya no queda nada que lamentar.
Solo deben entender,
y muy claro les debe quedar,
que el día que el último pez muera
y el último árbol deje de respirar,
entenderán que no existe riqueza
si no hay un planeta en donde habitar.

La rana guardó silencio
y solitaria se volvió a ocultar.
Y yo miré aquel lago así
y entendí que algo debía cambiar”.

Recuperadores de un legado ancestral

Letreando no se ha replegado únicamente al corredor de Ligia; también ha volado y desperdigado sus semillas hacia otros escenarios, más oficiales, como la Institución Educativa Cañamomo Lomaprieta, ubicada en Guamal, entre los municipios de Riosucio y Supía. La institución etnoeducativa, donde converge población afro e indígena, empezó a funcionar en la década de 2000. Antes de que existiera, los habitantes de Guamal tenían que caminar hasta Supía para poder estudiar, en trayectos que podían durar hasta una hora.

La institución parece hacer parte de un pequeño pesebre, rodeado de montañas, vegetación y huertas que los mismos estudiantes han cultivado. Allí se desempeña como maestra indígena María Isabel Salazar. Tiene a su cargo el grado quinto de primaria, aunque es un grupo que viene acompañando desde segundo.

Isabel es una mujer de mucha vocación, preocupada por la educación de sus estudiantes, a quienes considera sus hijos. Esa entereza la ha llevado a buscar estrategias pedagógicas que refuercen su trabajo y logren trascender el aula de clase. En esa búsqueda encontró en Ligia y Letreando un brazo de apoyo.

Por aquella época, Ligia trabajaba únicamente con niñas, pero cuando Isabel decidió sumarse al proyecto le sugirió ampliar el umbral e incluir también a los niños. Así, el grupo se hizo más diverso y ahora está dividido en tres categorías: Las Intelectuales, conformada por las niñas mayores de 12 años; las más pequeñas, que son las Kirikú; y Los Inspiradores, el grupo de los niños. Cada ocho sábados, se reúnen en el corredor para leer, escribir y dejar que la imaginación sobrevuele por todo el pueblo.

“Todos los años hacemos salidas pedagógicas a la casa de Ligia, porque el aprendizaje hay que sacarlo del aula, pues este se puede dar en el río, en un mango o en un trapiche. Este proceso me ha permitido descubrir estudiantes con una memoria prodigiosa, que escriben relatos impresionantes, que están mejorando su ortografía, han dejado su timidez y han perfeccionado la escritura. Cuando llegué, la lectura era muy débil, pero ahora los libros representan un imán para ellos”, expresa la docente con una alegría que eclipsa su rostro.

Isabel resalta la importancia de esa conexión con Ligia, pues, a través de la escritora, ha logrado profundizar en los saberes ancestrales afro y contactar a otros sabedores de Guamal que también han contribuido a reconectar a sus estudiantes con sus raíces.

“Yo aprovecho a doña Ligia y ella siempre nos recibe con el mayor de los gustos. El año pasado queríamos descubrir la magia de Santa Ana, la patrona de Guamal, y ella nos contó algunos mitos y leyendas. Ellos disfrutan muchísimo y recuerdan muy bien, hasta el punto de que después, en el aula, evocan todo eso”, señala la maestra.

Estos vínculos han sido fundamentales para su proyecto Recuperadores de un Legado Ancestral, en el cual una de las actividades de oralitura consiste en invitar a mayores y mayoras afro e indígenas para que compartan con los niños sus conocimientos y tradiciones, como la medicina ancestral, los bailes, los festivales y los juegos que han pasado de una generación a otra.

Isabel recuerda, por ejemplo, a la abuela de uno de sus estudiantes que llegó a la escuela para enseñarles algunos juegos tradicionales, como las canicas, el trompo y la gallina ciega, entre otros. Su propósito es que los niños suelten por un momento el celular y retornen a los juegos que practicaban sus padres y abuelos.

Detrás de su preocupación, hay cifras alarmantes como las del informe de 2025 de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC), que afirma que los niños, niñas y adolescentes en Colombia pasan, en promedio, 8,9 horas entre semana y 7,2 horas durante los fines de semana consumiendo contenidos a través de dispositivos digitales.

Para Ligia, fortalecer la comprensión lectora no solo significa acercar a los jóvenes a los libros, sino darles herramientas para desenvolverse mejor en el colegio y en las pruebas que miden sus aprendizajes. Aunque estudiantes como Nicolás Osorio, de la Institución Educativa Francisco José de Caldas, en Supía, han alcanzado resultados destacados (obtuvo 417 de 500 puntos en las pruebas Saber 11 y el puntaje más alto del municipio en el 2025), persisten brechas entre los estudiantes de zonas rurales y urbanas.

El panorama nacional también plantea desafíos. Los resultados de PISA 2025, publicados el pasado 8 de septiembre, muestran que el desempeño de Colombia en lectura, matemáticas y ciencias se mantuvo cercano al de 2022 y que, en lectura y matemáticas, los resultados siguen por debajo de los registrados en 2018.

Un pueblo que espera una biblioteca

El Guamal es una vereda habitada por cerca de 2.000 personas. Tiene un parque, una iglesia, una cancha, una banda sinfónica, un acueducto que apenas llegó en los años setenta y una ceiba que reemplazó a la que fue sembrada en 1851 como símbolo de la liberación de la esclavitud. Pero carece de una biblioteca pública que muchos de sus habitantes anhelan.

Desde 2009, Supía cuenta con la Biblioteca Pública Municipal María Eastman, bautizada en homenaje a la destacada escritora infantil oriunda de este municipio. Hace parte de las 1.565 que conforman la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y cuenta con un enfoque diferencial étnico y comunitario, orientado a reconocer la diversidad cultural de la región. Sin embargo, para los habitantes de El Guamal, llegar hasta allí no siempre resulta sencillo. Reclaman un espacio propio, dentro de la vereda, que les permita acercarse a los libros sin tantos trámites ni desplazamientos y que tenga un animador de lectura. 

Camila, por ejemplo, cuenta que cuando ha visitado la biblioteca ha encontrado principalmente libros académicos y científicos, pero pocos de su género favorito: la fantasía.

Ante esa orfandad, otra vez Ligia ha logrado construir un pequeño imperio de papel, lo más parecido a una biblioteca que hoy existe en la vereda.

Isabel recuerda que durante una clase sobre el cuidado de los bienes y servicios de la comunidad preguntó a sus estudiantes si en El Guamal había una biblioteca. Ellos respondieron que sí. Se referían al pequeño acervo que Ligia ha conseguido reunir a punta de donaciones y que hoy ocupa un modesto estante en su casa con más de 100 ejemplares. Allí conviven La divina comedia, de Dante Alighieri; Poesía reunida y 19 poemas, de María Mercedes Carranza; El país que me tocó, de Enrique Santos;  la enciclopedia Plantas, culebras, conservación, editada por Frank Thompson, entre otros títulos.

“Yo empecé con una canasta de libros que me trajeron las de la Red de Caldas. Venían como 19 libritos. De ahí me empezaron a donar y la biblioteca ha ido creciendo. Cerca de tres personas a la semana vienen a pedirme prestados los libros y yo las anoto en un cuadernito. No solo vienen niños, también hay otras personas mayores a las que les gusta leer y no tienen cómo acceder”, cuenta Ligia.

La maestra cree que una biblioteca en la vereda sería una estrategia para alejar a muchos jóvenes de problemas como la drogadicción, la prostitución o la exposición excesiva a los celulares.

“Yo sería la primera en estar allá. Los jóvenes tendrían la posibilidad de acceder a textos más novedosos, no sólo a los textos científicos que ofrecemos en el colegio, y así quizás podrían invertir mejor su tiempo”. Concluye diciendo que suele soñar con los ojos abiertos y que, algunas veces, esos sueños se le han cumplido.

Para El Guamal, un pueblo marcado por la esclavitud, los libros puede representar otra forma de libertad. No es del todo caprichosa la relación entre ambas palabras. La escritora Irene Vallejo explica en El infinito en un junco que liber, en latín, significa libro y que su sonido era casi idéntico al del adjetivo que significaba libre, aunque sus raíces indoeuropeas fueran distintas. Con el tiempo, varias lenguas romances, entre ellas el español y el francés, heredaron esa semejanza fonética y, de algún modo, terminaron asociando la lectura con la libertad.

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