Un abrazo cálido y un poco desesperado «Lo que no tiene nombre» de La congregación (4)

Un abrazo cálido y un poco desesperado: «Lo que no tiene nombre» de La congregación

Texto: Rafael Santander Arias

Una vez terminado «Lo que no tiene nombre», en medio de aquella pausa sagrada entre el apagón final y el primer aplauso, sin recibir ya ningún estímulo adicional del escenario, mi espíritu pasó de su estado vulnerable al intranquilo sosiego del paulatino asentamiento del dolor de múltiples heridas traídas de nuevo al presente gracias a la narración. No hubo un momento de silencio. El espacio, agitado en medio de una marea de sollozos, reventó en aplausos y al encenderse las luces pude ver en cada rostro cercano un par de ojos rojos y encharcados, igual que los míos.

No he leído el libro de Piedad Bonnett y no quiero enfrascarme en discusiones sobre adaptaciones, tampoco de especular sobre la obra original. Este texto es sobre La congregación, su puesta en escena, su forma de leer e interpretar una obra y esa forma de narrar que, indiferente para mí si es adoptada u original, logró conmover a toda una sala. Hablaré, supongo que indistintamente, sobre ambas obras haciendo un pequeño comentario inicial a los recursos escénicos.

Esta no es la primera vez que veo un ejercicio de adaptar una prosa que no pretende ser representada y que, por su formato específico, además, ofrece dificultades para trasladarse a un escenario. El montaje realizado por la congregación es impecable: este elenco que interpreta múltiples personajes, canta, cambia la escenografía, que funciona a veces como una sola conciencia, que fluye entre papeles y funciones permite que un texto digresivo, con unos saltos en el tiempo y el espacio que responden a los mecanismos de la memoria y los afectos, en el que se encadenan recuerdos de diversas épocas haciendo coexistir diversas líneas temporales en un solo presente guiado por la voz de esta Piedad que narra en voz alta, sin que se pierda el hilo del discurso, antes bien, ilustrándolo, apoyándolo y expandiéndolo es digno de reconocimiento y aplauso.

El gran esfuerzo de la compañía acompaña de forma más que apropiada la, imagino yo, gran calidad del material original, evidenciada no solo en el propio texto, también en la estructura, en las imágenes y, más contundente aún, en el zarandeo emocional del que fuimos víctimas sus espectadores. «Lo que no tiene nombre» es, fundamentalmente, una narración oral, un testimonio, un soliloquio entre seis personas.
La obra es el relato íntimo e intenso de lo que surge con la interrupción del más poderoso de los vínculos humanos: el de una madre con su hijo. En esta historia en particular, se trata de un hijo «arrebatado» por la enfermedad mental, llevado a los límites de la experiencia del «yo» en medio de la depresión y la psicosis enfrentado con el más puro e inefable dolor de existir.

Ese abismal e insondable vacío, el inconmensurable absurdo que se revela una vez rasguñada la fachada del «sentido de la vida», esto parece ser lo que enfrenta cada día Daniel, el hijo fallecido, y también esta Piedad, la madre, en medio de la narración de su duelo. Un encuentro a través de la empatía en medio de la cenagosa pesadez del sinsentido.

En medio de estos terrenos ignotos el arte es un agarrón a ciegas en busca de un asidero, la inhalación desesperada de un cuerpo privado de aire. «Lo que no tiene nombre» es un intenso garrapateo en busca de algo concreto, de por lo menos un nombre para aquel insólito desasosiego que ha alimentado la obra de artistas a lo largo de siglos. La obra hace un repaso de algunos escritores suicidas como Lugones, Mishima y Virginia Woolf, incluso escenifica la conmovedora carta de despedida de esta última, repleta de amor y dolor.

Veo a Daniel en esa imagen del cuerpo que se abraza angustiado sin lograr encontrar consuelo ni consolarse, en esa especie de Escher existencial y urgente que ya sirve de portada para algunas ediciones del libro y que, por supuesto, tiene su lugar en medio del escenario de «Lo que no tiene nombre». Esto es apenas una hipótesis, pero parece que él, a través de la pintura encontraba lo más cercano a ese abrazo que estaba buscando. Uno que ni siquiera aquella madre que lo amaba de la forma más sincera y profunda podría darle. Esto puede ser lo más doloroso, reconocer con resignación que aquel amor infinito, también en su inconmensurable inmensidad, no es capaz de todo.

«Mi hijo ha muerto», son las palabras que repite Piedad en busca de una voz compasiva que la escuche, que resuene, que la abrace. El texto entero se construye a partir de la tensión entre la desolación y la búsqueda de un abrazo, un intento de construir un cuerpo a partir de palabras, ese monumento que no se erige en mármol sino, como dice la autora, con sangre. La obra, por lo menos en mí, logró que me identificara con ambos personajes de la historia: Piedad, quien dio su amor a Daniel hasta el último día y cuyo trabajo permanece como testimonio de esto y también Daniel, el hijo incomprendido, quizás incomprensible, abrumado por el peso de un mundo al que fue arrojado sin su consentimiento y del cual, seguramente, intentó también, con todas sus fuerzas convertir en su hogar.

Un abrazo inmenso, fuerte, cálido y un poco desesperado. Un intento de tocar, de sentir algo en medio del más profundo vacío y la más intensa desolación. Algo así parecen esas imágenes de Daniel, la narración de Piedad, la puesta en escena de La congregación y, en cierto sentido también, este comentario.

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