Medida por medida el mejor homenaje a Shakespeare es traicionarlo-1

Medida por medida: el mejor homenaje a Shakespeare es traicionarlo

Texto por: Rafael Santander

Fotos por: Andrés Camilo Valencia Chica

De Medida por medida (la culpa es tuya) de Gabriel Chamé asistí con la ilusión a la que asisto a cualquier adaptación de una obra clásica y salí más que gratamente sorprendido, decir que este montaje fue bueno es quedarse muy corto. La única forma de hacerse una idea de la calidad de la obra es mencionar los estallidos de risa de la audiencia entera a la cual con gusto y placer me sumé en cada oportunidad que tuve, una risa constante, prolongada e intensa como nunca había experimentado antes en mi vida, al punto de salir a la calle helada casi a medianoche sintiéndome flotar, bajo el efecto de tantas endorfinas que liberó mi cuerpo durante aquellas dos horas.

Podría mencionar también, para entender el impacto y la sensación producida por la compañía y el montaje, el ruido, los vítores, chiflidos, gritos de emoción y aplausos del auditorio entero de pie y sin ganas de quedarse en silencio, entre un agradecimiento profundo y una fascinación absoluta con el fenómeno increíble que acababa de presenciar. Ha ocurrido varias veces, que me levante a aplaudir emocionado y conmovido, y en esta edición del Festival Internacional de Teatro de Manizales hubo muchas oportunidades, la calidad de sus obras fue excepcional. Pero nunca antes me había sentido tan conectado con el resto del auditorio ni había sentido tal reacción de tan unánime entusiasmo y júbilo, el deseo de hacer todo el ruido que pudiera para demostrar, como todos los demás allí reunidos, el inmenso aprecio que sentí por esta obra.

No puedo sino deshacerme en aplausos, por ejemplo, pensando en el humor tan fino del montaje: fueron bien aprovechadas las situaciones cómicas que plantea el texto, pero esto es apenas un telón de fondo, el montaje está todo construido sobre capas de humor puestas sobre la dramaturgia. Los personajes son caracterizados con una energía y un encanto insólitos, como si cada integrante del elenco hubiera canalizado a través de estos su bufón interior, a veces su simple presencia lograba que las carcajadas se desprendieran del público sin hacer mayor esfuerzo.

Lo más loable es que a pesar de lograr fácilmente las risas, la compañía se esforzó al máximo por hacernos reír: el humor físico fue constante e ingenioso, combinado además con magia e interacción con un público que —nunca más apropiada la cuña—, picado por el bicho del teatro, jugó de regreso con el elenco. También fue grande la cantidad de «traiciones» al texto original en la que abundaban referencias al contexto latinoamericano, a la realidad actual y la utilización de expresiones coloquiales paisas, que seguramente se adaptan al lugar donde se presentan. Pero quizás lo que más risa produjo en este montaje fue esa autoconciencia manifiesta: ese actor que se queja de dolor de rodillas, cansado de agacharse para cambiar su vestuario en medio de cada línea durante una conversación entre dos de sus personajes o el personaje que pone en evidencia los recursos para cambiar de escena y se queja de cómo solo surten efecto en zonas de asientos limitadas. La propia recursividad y creatividad con la que la compañía monta a Shakespeare, caracterizado por su gran cantidad de escenarios y de personajes, se convierte en motivo de burla y de risa, porque com público estamos dispuestos a creernos el truco y el engaño con tal de disfrutar sin interrupciones del clásico del Gran Bardo y la compañía lo impide con abundantes recursos que nos recuerdan en medio de nuestro compromiso con la narración que estamos experimentando una ficción llena de trucos y que somos tan inocentes que nos los estamos creyendo.

Este es el último giro genial de la compañía, que, como si se tratara de un juego de matrioskas, nos muestra que hay sinécdoques dentro de sinécdoques. Ángelo, el gobernador ad hoc designado por el duque entretiene al pueblo en medio de sus intervenciones públicas con trucos de magia, cuestionados dentro de la diégesis por los personajes; en segundo lugar, los actores, rompiendo la ilusión de la diégesis, cuestionan los propios trucos y herramientas que utilizan para involucrar al público, al punto de afirmar dos veces «el teatro interactivo es muy chimbo» y así, sin decirlo, abren espacio para una dimensión fuera del escenario donde también hay trucos «chimbos» que pueden ser cuestionados. Repito nuevamente, chistes y referencias directas al contexto político colombiano estuvieron presentes en el montaje, cosa que no puede ser ni coincidencial ni inocente.

Desconozco el texto de Medida por medida, nunca he tenido el placer de leerlo. Aún así, creo que podemos hacernos algunas ideas de la obra original y de la adaptación de Gabriel Chamé. La situación debió permanecer igual: Ángelo, el gobernante encargado de Viena — un hombre santurrón y corrupto—, perdona a un hombre que tuvo relaciones extramaritales con una mujer dejándose sobornar con sexo. La ironía es claramente divertida, pero el tema y la situación, aunque den pie a una comedia, son tratados con profunda seriedad. Para corroborar esto basta la terrorífica escena en la que Ángelo, a solas con Isabel, la desviste, la deja en ropa interior y sugiere lo que va a hacer con ella el día siguiente. Esta fue una escena que presenciamos en completo silencio, sin ninguna risa. Yo me aterré, impresionado ante la vigencia de Shakespeare, sintiendo empatía por la inmensa cantidad de mujeres a lo largo de la historia que seguramente hayan tenido que enfrentar situaciones semejantes, que hasta el día de hoy se enfrentan con ellas y que cuando quieren denunciar se encuentran con la misma línea de diálogo de la obra dicha por el Ángelo de turno: «es su palabra contra la mía».

Nuevamente parece que acá Shakespeare nos habla de teatro sin mencionarlo (la idea de la política como escenario) y que Chamé con picardía actualiza y hace hincapié en el componente performático del poder, haciendo de Ángelo un mago barato que desde su primera aparición deja ver el mecanismo de sus trucos. Este gobernador hace unas intervenciones públicas llenas de espectáculo también y su forma de ejercer la justicia termina pareciendo, asimismo, una performance, un acto que tiene como intención informar de su «mano dura», es decir, una decisión que tiene que ver más con la imagen que proyecta que con el bienestar que esta pueda traer para la comunidad y que, finalmente, cambia por el beneficio propio que de allí logra extraer.

Sin enunciarlo directamente, Medida por medida nos invita a preguntarnos por los trucos que utilizan los políticos, por los espectáculos con los que pintan sus fachadas para luego tras bambalinas cometer los pecados que en condenan en el centro de la plaza. La obra denuncia, en nuestro contexto, estas derechas ultraperformáticas que están adquiriendo asientos en las casas de gobierno de nuestro continente y los ridiculiza públicamente a la par que nos invita a tomar conciencia de su modus operandi.

En las obras de Shakespeare hay una notoria confianza en las figuras legítimas de la monarquía, que tienden a aparecer en el último acto para restablecer la paz en pueblos enturbiados por la guerra o, en este caso, por un escándalo. Así que sin ningún duque que estemos esperando, el panorama no es muy esperanzador, ni lo son las palabras del director, quien al final de la obra nos invita a «aguantar». Pero estos pensamientos solo llegan tiempo después, cuando las olas de la alegría se asientan, el mar vuelve a estar en calma y volvemos a ver un cielo encapotado y oscurecido que anuncia una inmensa tormenta.

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