Texto por: Andrés Felipe Rivera Motato
Fotos por: Giovanny Gálvez – Cortesía de Los del Pilón
La frase, atribuida a un técnico de fútbol colombiano, funciona mejor de lo que parece cuando se traslada al terreno de la salsa. Porque aunque Manizales no suele figurar en el mapa inmediato de las ciudades salseras, aquí el género ya tiene una fuerza que lleva más de cuatro décadas empujando la noche, el baile y la identidad musical de la ciudad.
La salsa en Manizales se instaló a pulso, en bares, salsotecas y pistas donde el cuerpo aprendió a responder antes que la cabeza. La Galería Bar, los locales de Linares por la 25 y una constelación de espacios hoy desaparecidos fueron se vivieron con campanas, trombones y güiros marcando el tempo de una ciudad que aprendió a bailar a las malas.
No hay una “calle de la salsa” porque no hizo falta. Aquí lo que existe es una comunidad de melómanos, coleccionistas, bailarines, DJs, músicos y públicos que han sostenido el género incluso cuando el mercado miraba hacia otro lado. El Festival de la Calle 12, las comunidades afro, La Ponceña, Memo Estampa y otros nombres que circulan como claves internas componenua escena que no necesita validación externa para saberse sólida.
Durante años, Manizales tuvo templos salseros con nombres que hoy poco suenan como la Fania, Timbalero, Borincua, Sonero, Azúcar, La Clave, La Academia del Son, La Oficina, Rumba y Bongó, Puerto Rico. De esa genealogía fue heredera La 33 VIP, en El Cable, que durante una década sostuvo la salsa antillana en la ciudad y recibió en vivo a figuras como el trombonista Jimmy Bosch. Cerró en 2023, pero el recuerdo todavía queda en la memoria de la gente.
Aquí no se escucha la misma salsa que en Cali, La Habana o San Juan. Manizales es territorio de salsa brava, con un dejo paisa difícil de explicar pero fácil de reconocer. Es una salsa menos pulida, más directa, más física. Se baila con fuerza, se suda, se canta. Y, cada vez más, se transforma.
En ese punto aparece Los del Pilón, una orquesta nacida en 2017 que decidió no repetir el libreto. “Ser director musical no es solo dirigir; es conocer la salsa, su origen y su estructura”, explica Dani Pozo, fundador y director musical del proyecto. Trombonista desde los 10 años, Pozo entiende el instrumento como columna vertebral y como manifiesto.
“Siempre se ve lo mismo: las mismas canciones, la misma forma de ver la salsa”, dice. De ahí la necesidad de romper el molde. La apuesta fue clara desde el inicio: cruzar la salsa con códigos urbanos, energía contemporánea y una narrativa pensada para públicos jóvenes. No para reemplazar la tradición, sino para empujarla hacia otro terreno. “Queríamos transmitir una experiencia totalmente diferente”, resume.
Andrés Ramírez, su vocalista principal, llegó desde la música urbana. “Llevo más de 12 años haciendo música urbana, y el complemento con la salsa le da un plus distinto: la alegría, el ritmo, lo que se transmite”, cuenta. El proyecto nació también de una amistad de más de veinte años, y esa complicidad se nota en escena, menos pose, más goce.
La escena, sin embargo, no se explica solo desde las orquestas. “Los DJs han sido fundamentales; han consolidado el género y no lo han dejado perder”, señala Andrés. El tránsito de la salsoteca al espacio público cambió las reglas del juego: hoy la salsa se vive en festivales, plazas y encuentros donde el público no es espectador pasivo, sino parte activa del espectáculo.
Dani lo compara con el tango: “Hoy el tango se sostiene gracias a los bailarines. En la salsa pasa algo parecido: los DJs son los que hacen que las canciones peguen”. Incluso, una DJ caleña hace días confesó que Manizales tiene un “plus” especial, una escena tan particular que hay salseros del Valle que prefieren venir a rumbear aquí.

Mateo Acosta, trombonista de la orquesta, aporta otra capa al análisis: “Alrededor del 70 % de los eventos musicales y culturales de la ciudad involucran la salsa como uno de los géneros predominantes”. Para él, la cercanía con Cali influye, pero el verdadero motor está en la formación cultural: procesos académicos, bandas, universidades y academias de baile que han hecho de la salsa un lenguaje cotidiano.
Los del Pilón se asumen como parte de esa tradición, pero con un ADN propio. “No buscamos imitar; buscamos que la música perdure en el tiempo”, insiste Dani. Por eso hablan de marca, de identidad y de paciencia. “Ser imitador es fácil, pero eso no deja huella”.
Esa búsqueda los tiene explorando nuevos sonidos y narrativas: Qué calor, un merengue urbano inspirado en la escena simple de llegar a una finca y pedir una cerveza fría; y La Santa, una salsa urbana con un concepto más oscuro, casi cinematográfico, pensada para romper también con la estética visual tradicional del género. “La salsa no tiene por qué quedarse siempre en la tarima”, dice Dani.
Andrés lo resume como cuando se habla del sello vocal: “Le metemos lo paisa”. Chanteos urbanos, melodía directa y una voz que no intenta sonar a Cali ni al Caribe, sino a Manizales. Una salsa que reconoce sus raíces, pero no se queda atrapada en ellas.Al final, la escena salsera manizaleña se afirma. Aquí la salsa no es nostalgia ni pieza de museo. Es presente activo, sudor y comunidad. Y mientras la gente se levante a bailar apenas suena un piano, Manizales seguirá siendo —aunque no lo grite— una de las ciudades más salseras de Colombia.
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