Texto: Juan José Peñaranda Giraldo
Fotos: Juan José Peñaranda Giraldo
Durante años, los videojuegos fueron juzgados con la ligereza de quien mira sin ver. Distracción, vicio, pérdida de tiempo; palabras rápidas para un fenómeno lento.. Nadie parecía interesado en lo que ocurría tras esa pantalla encendida en un cuarto a media luz: un joven evitando la calle como quien esquiva una tormenta, una mente buscando reglas donde afuera solo había ruido, una comunidad creciendo en silencio, igual que crecen las cosas importantes, las que salvan.
Hoy, en Colombia, la escena gamer ya no cabe en la caricatura. Es cultura, sí; es industria, también. Pero sobre todo es refugio. Y a ratos, resistencia pura.
Una escena que nació lejos de los reflectores
La escena gamer no nació con discursos inspiradores ni inauguraciones oficiales. Nació en cuartos pequeños, en consolas heredadas de los hermanos o los primos, en computadores armados con piezas que no encajaban del todo —como muchas biografías latinoamericanas—. En los rezagados café internet donde el tiempo se compraba en monedas y la conexión fallaba justo cuando más la necesitabas, como si la vida ya estuviera entrenándote.
Jugar fue para muchos, una decisión silenciosa: quedarse adentro cuando afuera no había nada bueno esperando. Decían que jugar aislaba. Para muchos fue exactamente lo contrario. Ahí se hicieron amigos que todavía existen, vínculos que sobrevivieron al colegio, al barrio, a los años. En esos espacios se aprendió a cooperar, a respetar reglas, a perder sin mucho drama; se entiende que no siempre se gana, pero siempre se aprende. Sin saberlo, se entrenaron habilidades que la vida real rara vez enseña con paciencia: trabajo en equipo, comunicación, confianza.
Los videojuegos no solo ofrecieron entretenimiento, se convirtieron para sus aficionados en una identidad. Permitieron ser alguien cuando afuera no había lugar para ser. En un mundo que exigía dureza, el juego permitió sensibilidad. En un entorno que castigaba el error, permitió volver a empezar una y otra vez.
En lo personal —y aquí la historia deja de ser abstracta— los videojuegos me salvaron la vida de varias maneras. Me alejaron de malas compañías, de malos lugares, de decisiones que suelen cobrar caro. Mientras otros buscaban pertenecer en la calle, yo encontré refugio en una misión clara, con un objetivo concreto en un mundo que con esfuerzo cobraba sentido cada vez más.
En los videojuegos desarrollé agilidad mental, estrategia, coordinación. Pero sobre todo me enseñaron algo elemental y escaso: insistir. No rendirme cuando algo no salía, volver a intentar hasta lograrlo.
Nunca olvidaré Halo, Gears of War, Resident Evil o Destiny 2. Juegos que no solo marcaron una época, sino que compartí —y sigo compartiendo— con mi hermano. En una casa donde muchas veces lo único que se escuchaba eran las discusiones previas a un divorcio anunciado, esos universos digitales nos permitieron vivir otras vidas cuando la propia se sentía demasiado pesada. Nos unieron y nos dieron un idioma común cuando el silencio lo ocupaba todo.
Hay momentos en los videojuegos que no se superan. No porque sean difíciles, sino porque te atraviesan. Escenas que dejan de ser píxeles y se convierten en recuerdos que se mezclan con la realidad y luego son emociones que regresan años después, cuando ya no eres el mismo que sostenía el control.
El final de Halo Reach es uno de ellos; no hay victoria ni celebración. Solo queda Noble Six: solo, herido, rodeado, el visor roto, el arma cada vez más pesada. El cielo cayéndose a pedazos. El juego no te pide que ganes; te pide que resistas, que sigas de pie aunque sepas que no hay salida. Cada enemigo que llega confirma que la misión no va de sobrevivir, va de dignidad.
No hay música heroica, no hay promesas. Solo la certeza de que a veces darlo todo no alcanza… y aun así vale la pena. Una lección que la vida repite sin pedir permiso.
Luego está Gears of War: el momento de María, no como la buscábamos ni como esperábamos. Marcus no dice mucho, Dom tampoco. No hace falta, el silencio pesa más que cualquier diálogo. El jugador entiende al instante que no todo se salva, que el amor también puede llegar tarde, que la guerra —externa o interna— siempre cobra algo. Ese momento no se juega: se soporta. Aprietas un botón con la garganta cerrada, sigues porque no hay alternativa. Y cuando la escena termina, algo cambia, ya no juegas igual, la guerra te atraviesa.
Esas secuencias no fueron sólo narrativa interactiva. Fueron lecciones sobre la pérdida, el sacrificio y la fragilidad humana. Pruebas de que los videojuegos también saben hablar del dolor sin maquillaje, sin finales felices impuestos, que duelen.
Para mí, esas lecciones quedaron tatuadas en una etapa donde la casa estaba llena de discusiones y el refugio era escaso. Nos enseñaron —a mi hermano y a mí— cosas que nadie estaba explicando: que no todo se arregla, y a veces no todo se salva, pero seguir adelante también es una forma de valentía. Ahí entendí algo esencial: los videojuegos no solo entretienen. A veces te enseñan a resistir cuando la vida no trae manual de instrucciones.
Los videojuegos me ofrecieron estructura emocional: misiones claras, objetivos posibles, recompensas al esfuerzo. En medio del desorden, daban orden, para el silencio, había compañía. Y cuando la frustración me abrazaba, veía otra oportunidad al tomar el control y ver la pantalla.
Para muchos jóvenes, el control fue una frontera simbólica entre ellos y una realidad violenta, excluyente, a veces insoportable. Un pequeño escudo de plástico frente a un mundo demasiado grande.
Colombia gamer: vivencias en cifras
Lo que se siente en la calle y en los eventos también aparece en números. Según Forbes Colombia, en agosto de 2025, la industria gamer vivió uno de sus momentos más dinámicos. Solo en el primer semestre del año, la categoría creció un 65% según Tiendanube, con un ticket promedio de $76.087 por usuario.
Los videojuegos más comprados por los colombianos incluyen nombres ya clásicos: Call of Duty, Crash Team Racing, EA Sports FC, God of War y Grand Theft Auto. Pero el fenómeno va más allá de los títulos. Audífonos, teclados, mouses, accesorios. El gamer ahora no solo juega: habita un ecosistema donde se cruzan tecnología, estética y comunidad.
La escena crece, se profesionaliza, se vuelve visible. Pero su raíz sigue intacta: ser un lugar donde muchas personas encuentran una salida cuando la realidad es insoportable.
Hablar de videojuegos es hablar de historias que casi nunca llegan a los titulares. Jóvenes que eligen un control en lugar de un arma; hermanos que se sostienen juntos en medio del ruido. De mundos virtuales que ayudan a mantener en pie vidas muy reales.
Y esas historias —las que resisten sin hacer escándalo— no solo importan, merecen ser contadas.
Le puede interesar:














