La familia, la migración y la memoria se tomaron los escenarios del Festival Internacional de Teatro de Manizales en una jornada en la que las salas volvieron a reunir a propios y visitantes alrededor de historias que conmueven, interpelan y dejan preguntas.
En Manizales, el teatro sigue encontrando espectadores dispuestos a dejarse sorprender, reír, conmoverse y mirar de frente las historias que ocurren dentro y fuera de sus fronteras.
El martes 29 de septiembre, cuando se cumplió el cuarto día de programación de la edición 58 del Festival Internacional de Teatro de Manizales, tres propuestas colombianas llevaron al público por caminos muy distintos, pero unidos por una misma posibilidad: reconocernos en las historias de otros.
Las salas mantuvieron una excelente acogida y la ciudad continuó respondiendo a la invitación de vivir esta fiesta de las artes escénicas.
El pabellón del oído: una historia de familia
En El pabellón del oído, Teatro Petra llevó al escenario de la Universidad Nacional la historia de Ester, una mujer de 90 años, y su hija Ida, de 60, dos generaciones que conviven bajo el mismo techo y que, entre discusiones, diferencias y afectos, han construido una relación en la que el amor también puede convertirse en motivo de tensión.
La obra, escrita y dirigida por Fabio Rubiano, partió de situaciones cotidianas para hablar de las relaciones familiares, las manías, la vejez, la muerte y esa intimidad que, pese a los años compartidos, puede resultar difícil de encontrar. “Cualquier momento del día puede ser susceptible de discusión o de tensión”, explicó Rubiano, quien también se pregunta “¿Esta es la familia tradicional que usted quería? ¿Es este el amor que usted quería?”.
Teatro Petra, compañía fundada hace 41 años por Fabio Rubiano y Marcela Valencia, presentó una historia que, detrás del humor, también reconoció las contradicciones de los vínculos más cercanos. “A pesar de todo se quieren”, dijo Rubiano, quien reconoció que algunas de las situaciones de la obra tenían ecos de historias que había conocido en su propia familia y entre sus amistades.
Sinécdoque: cuatro hombres en una celda
En Sinécdoque. La parte por el todo, La Maldita Vanidad Teatro presentó en El Galpón un estreno que puso en escena a cuatro hombres de Colombia, Cuba, Haití y México, reunidos en una celda de retención migratoria mientras esperaban una decisión que podía cambiar el rumbo de sus vidas.

Escrita y dirigida por Jorge Hugo Marín, la obra se construyó a partir de diálogos breves, una atmósfera sonora y una puesta en escena limpia y sensorial. La espera se convirtió así en un espacio donde aparecieron la incertidumbre, la necesidad de sobrevivir, la responsabilidad de ser proveedor y la esperanza de regresar algún día junto a quienes estaban esperando en casa.
Para Marín, la migración es uno de los fenómenos que más evidencia los procesos de deshumanización. Por eso, la obra buscó ir más allá del entretenimiento y abrir preguntas sobre la manera en que las personas se relacionan y sobre las políticas, reglas y leyes que determinan la vida de quienes migran. “El arte no solamente nos debe entretener, aunque el entretenimiento es parte fundamental, pero también nos debe generar una reflexión y nos debe cuestionar las maneras como nos relacionamos como humanos”, señaló.
La compañía llegó al Festival Internacional de Teatro de Manizales con la sensación de regresar a un lugar cercano. “Es como estar en su casa”, expresó Marín sobre la participación en esta edición del festival y sobre el encuentro con el público de la ciudad.
Yo no soy de aquí: una historia de memoria
Yo no soy de aquí, del Grupo de Teatro El Escondite de Manizales, llevó a escena en Confa la historia de un joven con facultades cognitivas especiales que fue engañado con una falsa promesa de trabajo, asesinado y posteriormente presentado como muerto en combate. La obra abordó así la problemática de las ejecuciones extrajudiciales y la memoria de las víctimas, especialmente de los jóvenes de Soacha.
La obra hace parte de una trilogía que también integraron Recuerdo y Olvido y El Ojo de la Casa, propuestas anteriores de El Escondite alrededor de las madres buscadoras y las víctimas. Para Uriel Giraldo Álvarez, director de la Sala El Escondite, contar estas historias fue una manera de evitar que las víctimas quedaran reducidas a estadísticas. “Porque son demasiados los casos, pero así fuera uno solo es un atropello, es una violación de los derechos humanos, son crímenes de Estado. Entonces esta problemática hay que seguirla abordando de múltiples maneras”, señaló.
El propósito, agregó, fue que cada historia pudiera ser reconocida desde su dimensión humana y no solamente desde el dato. “Que no sea una simple cifra, que vaya más allá de la cifra, del mero dato informativo, y que pase a ser un drama humano, desde la mamá o desde el mismo chico, y que comunique al espectador de piel a piel”.
Con esa mirada, El Escondite se sumó a una programación que hizo del teatro un espacio para encontrarse con otras historias, hacerse preguntas y mirar de cerca realidades que también hacen parte de la vida.
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