Hay artistas que, con su quehacer construyen memoria y cambian la manera en que un país se mira a sí mismo. Eso fue Totó la Momposina.
Texto por: Andrés Felipe Rivera Motato
Fotos por: Andrés C. Valencia
La noticia de su muerte este 19 de mayo de 2026, a los 85 años, cierra una de las historias más importantes del folclor yla cultura colombiana en el último siglo. Reducirla únicamente a una cantante de folclor sería injusto. Totó fue una traductora cultural entre las orillas del río Magdalena y las ciudades del interior del país. Una mujer que logró que Colombia entendiera que en los tambores también existememoria, sofisticación, identidad y resistencia.
Durante décadas, gran parte del interior colombiano creció creyendo que la cultura estaba lejos de las gaitas, del bullerengue o de los cantos colectivos afrocaribeños. Mientras las élites miraban hacia Europa y las radios comerciales domesticaban el sonido nacional, Totó apareció descalza, vestida de colores, cantando como si el Caribe entero le saliera del pecho.
Sonia Bazanta Vides como fue bautizada, nació en Talaigua Nuevo, Bolívar, en plena Depresión Momposina, Totó pertenecía a una familia atravesada por la música desde varias generaciones. Su padre era percusionista. Su madre, cantante y bailarina. Su casa fue territorio para que la música hiciera parte de la cotidianidad. Allí aprendió el lenguaje de los tambores.
Su historia también fue la de miles de colombianos desplazados silenciosamente por las transformaciones del país. Su familia migró hacia ciudades como Barrancabermeja, Villavicencio y finalmente Bogotá. Y quizá por eso, su figura terminó siendo tan importante para el interior de Colombia, porque Totó entendía el desarraigo, la distancia y la nostalgia de quien carga una región completa dentro de la voz.
Antes de que la industria hablara de “world music”, y que las plataformas convirtieran las raíces en tendencia, Totó sabía que Colombia tenía una riqueza cultural gigantesca, pero que su gente no sabía cómo valorarla.
Mientras muchos artistas buscaban sonar extranjeros para alcanzar legitimidad, ella hizo exactamente lo contrario. Conservó el tambor crudo, la cadencia de la tambora, la fuerza ceremonial del bullerengue y el espíritu colectivo de las músicas afroindígenas del Caribe. No simplificó el lenguaje para que el mundo la entendiera; obligó al mundo a acercarse a su territorio.
Por eso fue tan importante para ciudades alejadas del Caribe. En lugares como Bogotá, Medellín, y el Eje Cafetero Totó ayudó a desmontar la idea de que el folclor era una pieza de museo o un asunto decorativo para festivales institucionales.
Muchos músicos, periodistas culturales y gestores del interior encontraron en ella una revelación. Porque Totó demostró que la identidad local puede ser universal sin perder autenticidad. Que no hace falta disfrazar la cultura propia para volverla contemporánea; una tambora suena tan poderosa como cualquier guitarra eléctrica o cualquier sintetizador.
De cierto modo, abrió el camino para que nuevas generaciones dejaran de sentir vergüenza por las músicas tradicionales colombianas.
Su triunfo internacional terminó confirmando algo que aquí apenas empezábamos a entender. Cuando Peter Gabriel la invitó a grabar para el sello Real World y el mundo descubrió discos como La Candela Viva, Colombia vio cómo la mujer afrocolombiana, con sonidos ancestrales y cantos comunitarios, podía ocupar escenarios globales sin renunciar a su raíz.
El símbolo que implantó Totó tomó sentido cuando el país empezó a sentir orgullo por los sonidos que antes había relegado.
Totó no solo internacionalizó la cumbia, el mapalé o el porro. También ayudó a dignificar culturalmente al Caribe dentro del imaginario nacional. Le recordó al interior que la historia de Colombia no se entiende sin África, sin río, sin tambor y sin oralidad.
Por eso su legado trasciende la música.
En tiempos donde la cultura suele medirse por números, tendencias o algoritmos, Totó representó la relevancia de la transmisión oral, el encuentro comunitario. Encarnó a las abuelas que cantan para conservar la memoria de un pueblo y resignificó las canciones que sobreviven porque alguien las sigue cantando en una cocina, una plaza o una fiesta patronal.
Totó perteneció a una generación de artistas que no separaban arte y territorio; su música no nació desde la estrategia de mercado, sino desde las experiencias de vida. Por eso conectó tanto con distintas regiones del país. Porque incluso quienes crecieron lejos del Caribe sentían al país entero en su voz.
La última vez que muchos jóvenes la vieron en vivo fue en el Festival Cordillera de 2022. Allí, frente a miles de personas que probablemente crecieron entre Spotify, MTV y playlists digitales, Totó seguía sonando ancestral y futurista al mismo tiempo. Como si el país entero todavía tuviera algo pendiente por aprender de ella.
Hoy Colombia despide una voz y sobre todo despide una manera de entender la cultura.
Totó la Momposina seguirá viva mientras haya quien cante “La Candela Viva”, “El pescador”, “La verdolaga”, o exista quien golpee un tambor y entienda que la identidad se construye desde la raíz. En los rincones de los corazones que la escucharoj y especialmente en esos lugares donde alguna vez creyeron que el Caribe estaba lejos.

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