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La novena edición del Festival La Greca reunió a cerca de 350 personas en el Parque de las Ruedas de Chinchiná. En un encuentro que abrió espacio para la música, el arte urbano y el deporte. Fue un evento que también dejó preguntas sobre la participación de los jóvenes del municipio, la financiación cultural y la continuidad de un proceso autogestionado
Fotos por: Giovanny Gálvez
Tras el humo que avanzaba desde el fondo en medio de un paisaje industrial. Por momentos, había un olor a café tostado que cubría el parque y se mezclaba con el polvo, el sudor y el aire caliente de la tarde. La Greca olía a Chinchiná, a una ciudad cafetera que durante unas horas cambió el ruido de las máquinas por música y ruedas golpeando el cemento.
El Parque de las Ruedas de Chinchiná fue el punto de encuentro para quienes habitan el municipio desde el punk, el metal, el rap, la electrónica, el reggae, el muralismo, el circo y los deportes urbanos. El 12 de septiembre, la novena edición del Festival La Greca ocupó el skate park durante trece horas y reunió sobre el mismo asfalto a bandas, artistas, deportistas, gestores culturales y público.
La jornada comenzó a las 10:00 de la mañana y se extendió hasta las 11:00 de la noche. La programación articuló presentaciones musicales con actividades de skate, BMX y roller; intervenciones de grafiti y muralismo; circo, performance y una jornada de siembra. Incluyó propuestas de Chinchiná, Manizales, Medellín y otros territorios, entre ellas G.P., Monster Cyclone, Humming Waves, Gallin4zo, Dystopia Fire, Dúplex, Nauj Project, Repudio, Caje, Cirilo, Fauste Gracia e Ionicoc.
El encuentro ocurrió poco más de un mes después del terremoto que afectó a Manizales, Chinchiná y otros municipios del centro occidente del país. En medio de la incertidumbre por la reconstrucción y del temor de muchas familias frente al futuro de sus viviendas, el festival funcionó como una pausa colectiva.

“La gente salió muy feliz. Después del terremoto existe una tensión en el ambiente por la incertidumbre frente al acompañamiento estatal en los procesos de reconstrucción territorial. El festival fue un espacio de liberación y de libertad a través del arte y el deporte”, explicó Hernández.
Una revolución que busca permanecer
La Greca ha construido su lugar en Chinchiná mediante la insistencia. Durante nueve ediciones, el festival ha conectado expresiones que suelen circular por escenarios separados: una banda de punk comparte el espacio con jóvenes sobre patinetas; una jornada de muralismo ocurre cerca de una presentación de rap; el ruido del metal convive con el circo, la electrónica y la siembra de árboles.
Esa mezcla contiene el sentido de la “Revolución Artística Cafetera”. El proceso surgió como una respuesta a la estigmatización, la exclusión y las distintas formas de violencia que atraviesan las experiencias juveniles en el territorio. En su investigación Resistiendo a los cursos de vida y muerte juvenil: La Greca, una revolución artística cafetera, Hernández estudió las prácticas artísticas y deportivas del colectivo como formas de resistencia y creación de nuevos modos de vida.
Nueve años después, el nombre del festival ya circula entre habitantes, empresas, organizaciones y dependencias públicas del municipio. Hernández identifica ese reconocimiento como uno de los principales impactos del proceso.
“La gente sabe que existe un festival alternativo en Chinchiná. Ese posicionamiento genera un reconocimiento de la apuesta por transformar el municipio y ayuda a desestigmatizar a los jóvenes”, afirmó.
La directora considera que cada conversación con una empresa o una institución para conseguir dinero, servicios, alimentación, hospedaje o apoyos en especie también obliga al municipio a reconocer un sector juvenil que crea procesos de transformación desde el arte y el deporte. Para ella, ambas prácticas han recibido poca atención y escasa dignificación por parte de las administraciones.
La permanencia del festival ha empezado a modificar esa mirada. La Greca demuestra que las culturas juveniles producen organización, ocupan el espacio público y construyen vínculos alrededor de intereses que rara vez entran en la agenda institucional del municipio.
El público que todavía falta
El balance de la edición también dejó una contradicción. El festival nació para las juventudes de Chinchiná, pero una parte significativa de ellas todavía no participa. Hernández reconoce la buena respuesta general y, al mismo tiempo, califica como desalentadora la baja asistencia de jóvenes del municipio.
“Queda la pregunta por la participación de la juventud chinchinense en un proyecto que se hace para ella, cuando esa juventud no asiste. Debemos generar puentes para que se apropie de otros escenarios de visibilización y participación artística”, señaló.
La reflexión evita convertir la cifra de asistencia en una celebración automática. Las 350 personas muestran la capacidad de convocatoria de un festival independiente, pero también revelan uno de sus desafíos es conectar con los jóvenes que viven cerca del escenario y que aún no reconocen La Greca como un espacio propio.
Ese reto implica revisar las formas de circulación, los lenguajes, las alianzas con instituciones educativas y las maneras de vincular a los jóvenes durante los meses previos. La discusión atraviesa el sentido político del festival. Una revolución artística pierde alcance cuando las personas a quienes busca convocar permanecen fuera de ella.
Una décima edición sin garantías
La Greca cumplirá diez ediciones si consigue atravesar su momento más incierto. Hernández asegura que la versión de 2026 presentó los mayores desafíos de ejecución en la historia del festival. Las dificultades internas del colectivo, los efectos personales del terremoto y la incertidumbre de los recursos públicos presionaron una estructura que lleva nueve años funcionando con presupuestos reducidos.
La directora observa con preocupación los recortes y retrasos en las convocatorias culturales. El festival depende de esos programas para financiar una parte de su producción. Los aliados y la autogestión sostienen el proceso, pero no alcanzan para garantizar las condiciones técnicas, logísticas y artísticas que la organización ha construido con el tiempo.
“Se vuelve muy incierto pensar en una décima versión. Uno no quisiera bajar el nivel del festival, pero las convocatorias públicas financian gran parte de los recursos necesarios”, explicó.
Hernández evita anunciar un cierre. La cercanía de la décima edición también obliga al equipo a buscar nuevas alternativas de financiación. Si los recursos no aparecen, La Greca podría regresar a la austeridad de sus primeros años, montajes pequeños, menos posibilidades para los artistas y una organización sostenida por trabajo voluntario.
“Nuestras primeras versiones fueron demasiado austeras. No teníamos nada y aun así quisimos hacerlo todo. Tal vez nos toque volver a ese momento, cuando teníamos pocos recursos y las ganas de realizar el festival”, recordó.
La novena edición terminó con música, ruedas y pintura ocupando un parque que durante el resto del año no siempre encuentra esa intensidad. La décima edición permanece en vilo. Si llega, será porque el festival vuelve a ejecutar el gesto que lo fundó: organizarse frente a la precariedad, disputar un espacio y hacer ruido donde antes existía silencio.
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