Tras la pista de Bogardus (10)

Tras la pista de Bogardus, una obra entre archivos, malabares y la promesa de un paraíso

El circo casi siempre se asimila con una carpa, un afiche, una fila de luces o el ruido previo a la función.Hay ocasiones en las que entra de otra manera silenciosa. Como una historia que se infiltra entre el público y empieza a hacer preguntas. Eso ocurrió con Bogardus, en busca del paraíso, la obra de la compañía chilena Malabi Circo que pasó por Manizales dejando una extraña sensación: la de haber sido un espectáculo sobre el circo y, al mismo tiempo, una obra sobre la necesidad humana de perseguir algo que quizás nunca se alcanza.

Texto y fotos  por Andres C Valencia

En escena no aparece el circo de la memoria popular: no hay animales, ni una pista circular, ni la vieja imagen de la carpa como centro del asombro. Lo que aparece es otra cosa. Un escenario donde el teatro, la danza, los malabares, la música y las visuales se cruzan para reconstruir una historia fragmentada, construida por archivos dispersos, periódicos antiguos y preguntas sin respuestas.

La búsqueda comenzó en un cementerio de Valparaíso. Allí apareció una pista sobre Nathaniel Bogardus, un empresario estadounidense que llegó a Chile en 1827 y cuya historia está ligada a los primeros movimientos del circo en América Latina. Lo que parecía una investigación histórica terminó siendo una expedición. Durante meses, la compañía rastreó nombres, revisó documentos y persiguió huellas casi borradas por el tiempo.

“Era un personaje muy escurridizo”, cuenta Javier Morales, director de Malabi Circo  e intérprete de Bogardus como personaje central. Había datos, pero también grandes vacíos. Lo suficiente para reconstruir un relato, pero no para cerrar del todo la historia.

Quizá ahí está una de las decisiones más interesantes de la obra: aceptar la incertidumbre. No intentar llenar cada ausencia ni convertir la investigación en una verdad definitiva. Porque la memoria también está hecha de zonas borrosas.

Y el circo, tal vez más que cualquier otra expresión, sabe convivir con lo inestable. Hay algo profundamente simbólico en esa coincidencia. El circo latinoamericano nació moviéndose: cruzó fronteras, llegó a puertos, cambió de idioma y de geografía. Su historia se parece más a una ruta migrante que a una institución sólida. Fue un tránsito continuo, antes de ser festival y espectáculo.

La obra entiende esa condición y la convierte en lenguaje.Uno de los mayores retos apareció cuando la investigación reveló un detalle: el circo de Bogardus era un circo ecuestre y su protagonista era Romeo, un caballo. Pero los tiempos cambiaron y los animales ya no tienen lugar dentro del circo contemporáneo.

La pregunta entonces, dejó de ser histórica para convertirse en una pregunta ética y estética: ¿cómo representar aquello que ya no puede existir?

La respuesta fue construir una ausencia. El caballo nunca aparece realmente, pero está presente. Está en la iluminación, en las imágenes, en los cuerpos y en la forma en que la escena insinúa una presencia que no necesita hacerse literal para ser percibida. Y quizás esa decisión dice algo más contundente del circo actual: para sobrevivir, ha tenido que reinventarse.

No solo en sus formatos, también en su relación con el mundo. Durante décadas el circo fue obligado a justificar su lugar dentro de las políticas culturales, a demostrar que era algo más que entretenimiento o espectáculo pasajero. Hoy continúa enfrentando preguntas parecidas.

Javier Morales lo reconoce sin demasiados rodeos: el crecimiento del sector sigue dependiendo de decisiones políticas que cambian con cada gobierno. Por eso insiste en la importancia de procesos como los de la Fundación Circo de Manizales, espacios que sostienen algo más profundo que una programación cultural: sostienen continuidad. A propósito de la décimo cuarta versión del Festival Internacional de Circo que la organización programa de forma consecutiva en la ciudad.

Porque la permanencia en el arte se construye formando públicos. La sala principal del Teatro Los Fundadores, donde se presentó Bogardus estaba llena de niños. Y la imagen resulta inevitable: cuerpos pequeños mirando otros cuerpos que vuelan, caen, cuentan historias y transforman el movimiento en lenguaje.

Morales dice que esa tarea no es exclusiva de artistas o gestores. También involucra escuelas, familias y políticas públicas. Y es allí, dónde aparece una pregunta fundamental:  ¿Qué tipo de espectadores estamos formando hoy? En un tiempo atravesado por pantallas rápidas y consumos inmediatos, entrar a una sala oscura para seguir una historia hecha de silencios, cuerpos y tiempo compartido durante un poco menos de una hora, puede parecer un gesto mínimo. Sin embargo, quizás ahí habita una forma de resistencia.

Porque, Bogardus, en busca del paraíso termina hablando menos del pasado que del presente. De personas que siguen viajando para sostener una premisa: que elarte todavía puede construir comunidad entre desconocidos.

Y quizá el paraíso que buscaba Bogardus nunca fue un lugar geográfico. Quizás era esto: un escenario, una ciudad extraña y un grupo de personas dispuestas a mirar juntas hacia el mismo punto durante una hora.

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