Mucho antes de que la política pusiera de moda la expresión batalla cultural, el sector de las artes y la cultura ya libraba una guerra menos estridente, pero igual de desgastante. La de convencer al Estado de que crear también merece recursos, continuidad y libertad. Y ha sido ese mismo Estado el que recurre al talento para contar la nación, preservar su memoria y convertir en orgullo aquello a lo que tantas veces le negó estabilidad mientras se estaba construyendo. Nos entusiasma el arte cuando triunfa, pero antes de la victoria, solemos tratar su camino como un lujo costoso, sin importar cuál sea el valor.
Texto por Juan Sebastián Gómez Gonzales
A esa vieja deuda se suma otra. Durante décadas, algunas manifestaciones encontraron instituciones, escenarios y prestigio, mientras otras permanecieron lejos de los lugares donde se decidía qué merecía reconocimiento. Pero lo exclusivo y lo excluido no son valores artísticos; son posiciones que dependen también de quién mira. Una orquesta sinfónica puede cargar con la imagen histórica de una élite sin que el violinista que ocupa una de sus sillas pertenezca necesariamente a ella. Del mismo modo, aquello que el centro llamó periférico pudo contener siempre una riqueza que estuvo absolutamente invisible. La reparación, entonces, no consiste en cambiar de sospechoso. Consiste en impedir que el origen decida de antemano quién merece ser escuchado, bailado, mirado y aplaudido.
Gabriel García Márquez percibió muy temprano otro peligro. Antes de que Colombia tuviera Ministerio de Cultura, defendía el respaldo público, pero desconfiaba de que quien administrara ese recurso terminara sintiéndose con autoridad para orientar la creación. Su inquietud sobrevive a cualquier gobierno porque la pregunta también lo hace. ¿Puede el Estado financiar sin dirigir, proteger sin amaestrar y acompañar sin sentirse dueño?
Sobre ese terreno aterriza la llamada batalla cultural. No llega a inventar el conflicto; lo ensancha. Las artes son una puerta natural porque allí una sociedad expone sus símbolos, sus rupturas, sus miedos y aquello que considera digno de permanecer. En su libro Culture Wars: The Struggle to Define America (1991), el sociólogo estadounidense James Davison Hunter explicó cómo estas disputas trascienden el ámbito artístico y cultural para alcanzar la familia, la educación, la religión, el derecho y la política. En el fondo, lo que se disputa es quién consigue definir los valores de una sociedad.
Ahí aparece la verdadera batalla por el sentido. No se trata solamente de qué obra circula, sino de quién logra fijar lo que esa obra debe significar. Una tradición puede convertirse en patrimonio o en atraso; una ruptura, en libertad o decadencia; una costumbre, en opresión o fundamento. El poder más eficaz no siempre prohíbe, a veces consigue algo mucho más profundo y es que lleguemos a las cosas con la interpretación ya puesta.
Esta época lo facilita: vivimos entre titulares, fragmentos y juicios instantáneos. Una palabra puede ahorrarnos una conversación entera. Desde una orilla elitista puede funcionar como sentencia; desde la otra, woke puede cumplir exactamente el mismo oficio. Los términos pueden describir fenómenos reales, el problema comienza cuando dejan de ayudarnos a comprender y pasan a evitarnos el esfuerzo de hacerlo.
No existe, además, una sola batalla de este tipo. Cada extremo libra la suya desde lo que quiere transformar o preservar. Una izquierda llevada al dogma puede terminar reduciendo una creación al privilegio que la rodea, a la identidad que representa o a la estructura que cuestiona. Una derecha igualmente cerrada puede medirla por la moral que incomoda, la tradición que desafía o el orden que altera. No son equivalentes, ni necesitan serlo para advertir el mismo riesgo de que, cuando una visión pretende convertirse en regla para todas las demás, deja de discutir el mundo y empieza a adelgazarlo.
Una vez aprendido ese mecanismo con el arte, resulta sencillo aplicarlo a cuanto se atraviese: la escuela, la crianza, la religión, el género, la memoria, el humor, el lenguaje, la forma de vestir, incluso a quién se ama. Ya no basta con estar de acuerdo o en desacuerdo. Cada elección parece obligada a revelar una filiación. La vida cotidiana termina convertida en un mapa de señales para decidir quién pertenece a dónde.
Por eso no estamos buscando dueño ni destino para la cultura. No tiene que conducirnos hacia la revolución de unos, ni hacia la restauración de otros. Tampoco necesitamos exhumar escritores para someter sus vidas al tribunal moral del presente y utilizarlas como evidencia de la decadencia que alguien quiere demostrar. El arte puede contener contradicciones, excesos, belleza, oscuridad y genialidad al mismo tiempo. Precisamente por eso sigue siendo más grande que el catecismo con el que intentemos explicarlo.
La crítica es necesaria. También lo son la reparación de marginaciones y la revisión de privilegios, pero ninguna de esas tareas exige desconfiar del talento por su procedencia, ni concederle valor por compasión.
Tal vez ese sea el límite que conviene defender antes de que esta guerra termine apropiándose de cuanto toca. Que ninguna ideología pueda convertir sus convicciones en aduana. Que podamos abrir las puertas que estuvieron cerradas sin clausurar otras. Que el creador deje, por fin, de tener que demostrar primero para quién sirve, qué representa o a quién tranquiliza.
La batalla cultural no debería decidir quién puede crear ni desde dónde merece hacerlo. Porque cuando el poder empieza a repartir legitimidades, el arte deja de ser territorio de libertad y se convierte en una extensión de ese poder en el que ya nadie confía.
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