Hay películas que una ve desde la butaca y otras que ve desde la tribuna. Para mí, Las Bravas pertenece a las segundas. En el marco de la Feria Internacional de Cine de Manizales (FICMA) vi el documental de Diana Ojeda, que se adentra en la experiencia de cuatro mujeres barristas del Bucaramanga que disputan su lugar en un territorio históricamente masculino. La proyección, en una ciudad con una larga tradición barrista, fue mucho más que una función de cine: fue una invitación a mirarnos en la pantalla y a preguntarnos qué historias estamos contando cuando hablamos de las mujeres en las barras de fútbol.
Texto por Juliana Toro–Arias
Llevo más de veinticinco años de barrismo y fundé Fortineras, parche de Manizales pionero del barrismo femenino en Colombia. Por eso lo sé: las barras no fueron diseñadas para que las mujeres lideremos. Son jerárquicas, masculinas y con un pacto patriarcal bien vivo. La película cuenta esa lucha, y es real y necesaria. Pero la historia es más ancha que una sola tribuna.
Hay mujeres que ganaron lugar jugando con las reglas de los hombres: jerarquizando, violentando, copiando el reglamento. Otras intentaron algo distinto, terminaron expulsadas o agotadas y crearon sus propios colectivos: Somos Nosotras, Futbola, La Popular Feminista, Sororidad Roja o Legendarias en Cali son algunos de estos. Y hay muchos otros procesos, como las Morganas del Tolima, las Auri Rojas y Roji Amarillas del Pereira, o las mismas Fortineras y Futboleras en Manizales, que llevan décadas sosteniendo sus parches, cada uno con su postura; desde la que quiere cambiarlo todo hasta la que está cómoda como está. Ahí es donde la película se queda corta: corre el riesgo de convertir una experiencia particular en una fotografía de todas las mujeres barristas, y eso importa, porque cuando las únicas imágenes que circulan sobre nosotras son las de la mujer que centra su vida en el consumo y los viajes en mula, terminamos atrapadas en otro estigma.
Desde mi mirada, la película hace una oda a la calle, a la mula, al licor y a la marihuana. Y eso me lleva a preguntarme: ¿qué imágenes estamos reproduciendo y consumiendo cuando contamos las historias del barrismo? Si antes la estética de moda estaba marcada por la narcocultura, siento que ahora estamos pasando a la romantización de la calle. Basta mirar los lentes que se asoman a las tribunas: con demasiada frecuencia, las cámaras persiguen el morbo, el consumo, al «malote» y todo aquello que alimenta el amarillismo y vende.
El problema no es mostrar que el consumo existe, sino convertirlo en el relato dominante, como si ahí se agotara nuestra experiencia. Cuando esas imágenes se repiten sin contexto ni matices, terminan reforzando el estigma que las barras llevamos años cargando. Porque somos mucho más que lo que consumimos: estudiamos, trabajamos, criamos, escribimos, tocamos, pintamos banderas, cuidamos y defendemos nuestros trapos. También construimos comunidad, sostenemos afectos y hacemos resistencia desde lugares que pocas cámaras se interesan en mirar. Y muchas veces defendemos lo nuestro con argumentos, porque de violencia ya los manes nos han dado cátedra de sobra.
Celebro que Las Bravas exista, que sus protagonistas hayan puesto el cuerpo frente a una cámara para contar una historia tan poderosa y que la FICMA le haya abierto un espacio. Pero justamente porque necesitamos más historias sobre las mujeres en el fútbol, también necesitamos más miradas. Contada sola, esta historia nos estigmatiza e incluso me resulta anacrónica en algunos aspectos: la Fortaleza Leoparda Sur tiene un proceso muy potente con las mujeres de su instrumental[1], como se menciona en la nota al final del documental. También lo tiene La Gran Familia, ambas barras del Atlético Bucaramanga y coprotagonistas de la película. Hay experiencias que merecen ser contadas y que podrían ampliar la conversación sobre lo que las mujeres hemos construido en las tribunas. Quizá la pregunta no sea solamente cómo sobrevivimos en ellas, sino ¿qué hemos transformado?, ¿qué hemos creado? y ¿qué nos falta por cambiar?
Y aquí hago una distinción: cuestionar la mirada de una película no significa desconocer sus logros cinematográficos. Las Bravas está muy bien lograda; la fotografía y las escenas trascienden el estadio, y la realización se nota cuidada de principio a fin. Eso sí, el sonido de algunos diálogos se pierde entre el bullicio, y a una le dieron ganas de pedir subtítulos en su propio idioma. Celebro, además, que en Colombia las mujeres estén creando y protagonizando cine, ocupando también ese terreno. Por eso, mil felicitaciones a Diana Ojeda y a su equipo por esta película, por las preguntas que abre y por poner sobre la pantalla una historia que nos invita a conversar. Ojalá sea una entre muchas, porque las mujeres futboleras no somos una sola historia, ni queremos que nos cuenten siempre de la misma manera.
[1] En Gambeta Femenina. Mujeres que cambian el juego. Pag 93. Enlace:

