Escucho ese ‘son’ y se mueven dentro mío todas las tripas heredadas de aquellos que llegaron a Colombia con cadenas blancas y sin forma de comunicarse. Los barrotes, los látigos y los palos, formaban espejismos en la mente de los españoles, quienes al creerse más inteligentes que sus trabajadores, despreocupados, dormían.
Mientras el blanco dormía, el negro bailaba. Sonaban ritmos de sus tierras: el tambor y los cuerpos se hacían uno en contra de su esclavitud. Por la mañana burlaban a sus amos con muecas y movimientos provocativos que gritaban los versos de un poema llamado libertad.
Al mediodía, el sol arrastra a los peces fuera del agua, en su agonía los peces se retuercen, se pliegan hacia adelante, hacia atrás; promete no rendirse, promete seguir luchando, promete vivir.
Los hijos de los hijos de aquellos encadenados luchan hoy por un lugar en la mirada del público, luchan por un lugar en la conversación, luchan porque su historia sea escuchada, como misión de sus ancestros, hoy luchan para que la cuna africana sea hoy escuchada y vista por los espectadores en los carnavales caribeños y ribereños. Que los golpes que un día fueron para ellos, hoy sean a los tambores; que los gritos que antes eran de dolor, hoy sean de alegría; que las muecas que antes eran una burla a sus victimarios, hoy sean el símbolo de su libertad.
Los protagonistas de estos relicarios animados, transforman los movimientos de su cuerpo en un palenque a la hora de bailar, danzan como si fuera la oportunidad de liberarse de las cadenas que un día tuvieron; cantan como si quisieran demostrar que su nombre ya no es de nadie más; ríen como si no lo hubieran hecho nunca.
La inmensidad africana se reduce en segundos, a una calle llena de gente, a los oídos adormecidos por el bullerengue, a los picós que suenan champeta, a la base de cualquier son carnavalero hecho por tambores, a las flautas de caña, al contacto intercalado de los píes en el piso, a los fritos en una esquina, a la maizena en la lavadora, a una canción del Joe, a una mueca de labios rojos, a las flores de un sombrero o a la coalición de las dos aguas que trajeron todo esto a la punta de Barranquilla.
Los bailarines del son de negro transforman su piel en cueros de animales, muestran sus dientes como jaguares, bailan al ritmo de los tambores. Se mueven con cautela en la selva de asfalto donde su presa es el público.
Por su parte, los intérpretes del mapalé se visten de escamas y se mueven como un pez dentro de una red, desesperado por volver al agua, pero con la certeza de que van a dar la lucha hasta que lo logren. El que baila cierra los ojos y se disuelve con la vibración de la tierra, el movimiento del agua y el ruido del viento.
Muestran sus fortalezas, para que el viento le tema, para que el agua lo extrañe y que la tierra lo abrace.
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