Texto: Rafael Santander Arias
Un eco mítico de profunda resonancia se apodera del escenario durante los ochenta minutos de duración de Sáhara. La barca del desierto. Un murmullo sobrecogedor de reconocible sonoridad, una rima, la lúgubre musicalidad, la sorprendente o decepcionante —según como se mire— manera como la historia resuena, este «una vez más» de un episodio crudo y violento caracterizado por un choque cultural y un conflicto territorial en donde la verdad es la primera que muere y con ella la justicia, llevándose por delante cualquier vida que la reclama. Familias enteras, infancias interrumpidas por el rugido de los cazas, el resplandor de las detonaciones y el estertor de las explosiones coronado por gritos y llanto en medio del hedor ferroso y punzante del napalm y los ríos de sangre derramada por almas en busca de refugio.
Sáhara es una obra difícil, una narración llena de violencia que desde sus primeros minutos anuncia el horror que está por venir: el Sáhara español, un territorio habitado por cristianos y moros en un contexto político frágil, con un languideciente Francisco Franco, una población musulmana víctima de explotación y racismo y los intereses políticos de Estados Unidos durante la guerra fría. A este lugar llega una joven e inocente enfermera aficionada al cine de vaqueros y profundamente enamorada de John Wayne, quien atestigua cómo después de unos años incursiona en el Sáhara español el ejército marroquí y con ello la vida que había venido construyendo queda completamente destruida.
Su esposo muere, también su mejor amiga. Después de que ambas mujeres son violadas por un grupo de militares, ella queda a cargo de una bebé, por lo que se ve forzada a viajar en busca de refugio y de la familia de la niña. A estas dos se suma una dromedaria terca y vieja: este particular trío de viajeras parte en una aventura a través del desierto, lo acompañamos a lo largo de la obra hasta el punto de encariñarnos con cada una, con su relación y sus interacciones, facilitando así que nos inspire, nos llene de ternura y esperanza esta historia de heroísmo silencioso en el que el doloroso peso de la pérdida nunca paraliza a esta mujer comprometida con el amor y la vida.
La obra desde su guion y concepto ya posee suficiente poder para emocionar y conmover, así también debe reconocerse y aplaudirse la puesta en escena: esta escenografía mínima en la que un manto y unas poleas eran una carpa, un aeropuerto, un hospital y un desierto, un vestido y un hombre. Este hermoso recurso me conecta con lo que más disfruto del teatro: el juego, la complicidad que como público generamos con el elenco, este retorno a una infancia donde la creatividad y la imaginación abren cualquier puerta.
Sumado a esto y en oposición, frente al escenario, sobre una pantalla, se proyectan informes de noticieros españoles que entran en conflicto con la narración de nuestra protagonista y lo que vemos en escena. La realidad termina distorsionada, acomodada a los intereses de una institución de poder y se nos abre la dimensión del misterio y de lo desconocido en el que la verdad, como había mencionado ya, es una víctima más de la guerra. La pantalla se presta también para proyectar imágenes de John Wayne, esta figura que encarna el arquetipo heroico norteamericano, un hombre bueno, noble y justo, pero también potencialmente letal, listo para entrar a la acción, tan capaz de amar profundamente como de disparar un arma contra un hombre.
Así, entre las fantasías de la protagonista alimentadas por el cine y su experiencia personal como sobreviviente en busca de un refugio para la hija de su mejor amiga, Sahara explora el concepto del heroísmo, lo contextualiza y lo resignifica; lo divorcia de estos argumentos tan típicos del cine norteamericano en el que el héroe resuelve los conflictos silenciado a quien se le opone, a esa voz de un otro, representado como salvaje o indigno y por ello merecedor de la muerte. En esta obra heroicas son las acciones de todos estos seres por preservar la vida, esta capacidad de aferrarse a la esperanza y de reconocer la belleza en medio de la atrocidad.
Todo esto es Sahara. La barca del desierto, por lo menos en términos artísticos y creativos. Hay una dimensión histórica y política inmensa también. Un contexto que se escapa a las dimensiones de un comentario como estos, un conflicto vigente, una historia que resuena con muchas otras: con heridas milenarias, con luchas por los territorios, con invasores glorificados por la cultura y los medios, con un abanico diverso de heroínas y héroes capaces de enfrentar lo que sea —y que por ello cargan cicatrices dolorosas y profundas— para proteger aquello que es sagrado y de sus formas de manifestarse en la tierra: llámese belleza, amor, verdad o justicia, el nombre que se le dé es lo menos importante.
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