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35 años haciendo que Manizales suene a ópera

Texto por: Andrés Felipe Rivera Motato

Fotos Por: Andrés C. Valencia Chica

El Taller de Ópera de la Universidad de Caldas (TOUC) celebró tres décadas y media de existencia con un recorrido por algunas de las obras que han marcado su historia. En dos noches conmemorativas, se mostró un proceso que forma artistas, cultiva públicos y demuestra que la lírica también puede tener un acento caldense.

Durante una hora y media, el Centro Cultural Teatro Fundadores y el Óculo del CCU Rogelio Salmona dejó de obedecer al tiempo. Por allí volvieron a pasar personajes e historias que el Taller de Ópera de la Universidad de Caldas construye desde hace 35 años. La celebración reunió fragmentos de algunos de sus montajes más recordados, una memoria escénica compuesta por voces, cuerpos, luces y personajes que regresaron para contar parte de la historia cultural de Manizales.

Este fue un recorrido por las obras que han acompañado a varias generaciones de artistas y espectadores, pero también la constatación de que una ciudad intermedia consigue sostener durante más de tres décadas un proyecto operístico de gran formato desde una universidad pública.

En Colombia, la ópera suele asociarse con los grandes teatros de Bogotá, Medellín o Cali; con edificios solemnes y un público al que todavía se le imagina vestido de gala. Sin embargo, desde 1991, el Taller de Ópera rompe  esa distancia con la apertura a diferentes perfiles, a través de   convocatorias a las que se presentan estudiantes, egresados y personas de distintas profesiones que llegan movidas por el deseo de cantar, actuar, bailar o, sencillamente, descubrir qué sucede cuando todas esas disciplinas se encuentran sobre un mismo escenario.

La historia comenzó por iniciativa del maestro Nelson Monroy Rendón. El primer experimento fue el montaje de varias escenas de Las bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart. En aquel momento participaron las escuelas de Música, Artes Escénicas y Artes Plásticas de la Universidad de Caldas. Desde entonces, la ópera es  un lugar de encuentro entre diferentes lenguajes artísticos.Treinta y cinco años después, esa idea continúa siendo el corazón del proyecto.

Un laboratorio de cuerpos, voces y luces

Germán Camilo Díaz Fajardo lleva 17 años dentro del Taller. Actualmente es el director escénico y también se encarga de la iluminación de los montajes. Cuando habla de ópera la describe como un laboratorio en el que las personas aprenden a usar la voz, el cuerpo y el espacio.

“Un taller de ópera es una creación específica donde hay personas que llegan a aprender sobre voz lírica, pero también sobre actuación, danza y presentación ante un público”, explica.

Su composición es una de las particularidades del proceso. No todos sus integrantes son músicos profesionales ni estudiantes de artes. Las convocatorias están abiertas actualmente para los interesados   y reúnen a personas de distintas edades, ocupaciones y experiencias. En la selección se reconocen las capacidades vocales, actorales y corporales, pero también algo menos fácil de medir y es el deseo de asumir un trabajo colectivo exigente.

La ópera, después de todo, necesita intérpretes, músicos, actores, bailarines, diseñadores, técnicos, maquilladores, vestuaristas, productores y personas capaces de mover una maquinaria que el público apenas alcanza a percibir. Por eso, quienes ingresan al Taller deben comprometer buena parte de sus sábados a ensayar de siete de la mañana a una de la tarde y, cuando se acerca una presentación, los horarios se extienden para ensamblar cada elemento.

Díaz se refiere a esta convergencia como la búsqueda del “arte total”: un escenario en el que la música, la actuación, la danza, la escenografía, el vestuario, el maquillaje y la iluminación funcionan como como partes de un mismo organismo.

Esa construcción explica por qué existen pocos procesos con características similares en Colombia y Latinoamérica. Montar una ópera es costoso, dispendioso y requiere decenas —a veces más de cien— personas trabajando al mismo tiempo. En Manizales, además, ha sido fundamental la posibilidad de articular el Taller con la Orquesta Sinfónica de Caldas.

Una ópera también habla de la violencia

En estas tres décadas y media, el Taller ha presentado más de 60 producciones. Su repertorio ha transitado por obras universales, zarzuelas, creaciones colombianas y montajes nacidos dentro de la propia Universidad.

Pero su importancia, parte de la identidad donde se encuentran las historias que han usado el lenguaje operístico para mirar el país, la región y sus heridas.

Entre las obras que Germán Camilo Díaz conserva con mayor afecto está Hombres de honor, un montaje que él mismo escribió y dirigió tras investigar el funcionamiento y los imaginarios de la mafia. También recuerda Las soledades de Guillermo, una creación atravesada por el universo de Gabriel García Márquez, el Caribe colombiano y el realismo mágico.

A esa lista se suma 1819: Campaña libertadora, una mirada a la independencia que intentó apartarse de los nombres de siempre para reconocer a los campesinos y personas anónimas que participaron en la construcción del país.

Pero, la obra que siente más cercana es Regreso. Su origen estuvo en una historia que escuchó durante una reunión y que lo llevó a investigar la violencia en Caldas. El montaje siguió las vidas de personas obligadas a abandonar su territorio después de padecer asesinatos, desarraigo y pérdida, pero que años más tarde decidieron volver con la esperanza de reconstruirlo.

“Me encontré con esas historias que, a pesar del dolor de la violencia, hicieron que las personas se fueran y regresaran nuevamente a su territorio con la esperanza de construir un país”, cuenta.

Ese tipo de montajes permiten desmontar la idea recurrente de que la ópera solo puede contar tragedias europeas ocurridas siglos atrás. En el TOUC,, la lírica también sirve para hablar de campesinos, mafias, desplazamientos, memoria y violencias ocurridas a pocos kilómetros de Manizales.

El arte cuesta, pero su valor no tiene divisa 

Entre los momentos más ambiciosos de su historia reciente se encuentra Madama Butterfly, de Giacomo Puccini, presentada a finales de 2025. Fue la primera vez que la obra completa se llevó a montaje en la historia cultural de Manizales con la participación  de más de 120 artistas y músicos.

Para Díaz, el montaje representó uno de los mayores retos de su carrera. También dejó al descubierto todos los recursos, logística y financiación que requieren  los grandes proyectos artísticos.

La producción fue posible gracias al respaldo de la Universidad de Caldas, a través de su Rectoría y Vicerrectoría de Proyección Universitaria, y con apoyo de la Alcaldía de Manizales. En otros momentos, entidades y empresas como Infimanizales y la Central Hidroeléctrica de Caldas han acompañado montajes del TOUC.

“El arte tiene una inversión muy importante que no debe depender solamente de los recursos públicos, sino también del apoyo privado”, afirma el director escénico. “Muchas personas lo consideran costoso, pero creo que beneficia muchísimo más a la población que lo que se invierte en sí”.

Esta discusión es importante en una ciudad donde los proyectos culturales aprendieron a convivir con la incertidumbre presupuestal. Cada montaje debe volver a demostrar su valor, buscar alianzas y justificar su existencia. Aun así, el Taller mantiene un ritmo de al menos dos espectáculos por año, con temporadas en las que ha alcanzado hasta cuatro producciones.

En cada función  se tiene aforo completo en su principal  escenario,el Teatro Los Fundadores.  Los montajes del TOUC también han girado por  Medellín y Bogotá. Mover una producción de estas dimensiones implica transportar intérpretes, equipo técnico, vestuario, escenografía y músicos; es trasladar una parte del corazón artístico de la ciudad.

  

Correr el riesgo de que guste

La ópera todavía carga con el prejuicio de ser demasiado académica, aburrida o reservada para quienes saben cuándo aplaudir. Díaz no intenta convencer a la fuerza a quienes nunca se han acercado a ella. Su invitación es ir, mirar y decidir después.

“Las personas que vamos a un espectáculo escénico debemos estar abiertas a percibir lo que sucede en la escena. Nunca se debe obligar a alguien a que le guste algo.  Invitaría a quienes no han ido a una ópera a que vayan. Posiblemente corren el riesgo de que les guste. Si no les gusta, no pasa nada”.

En esa frase se encuentra parte del trabajo realizado durante 35 años. El Taller no solo ha formado cantantes y artistas escénicos; también ha construido un público capaz de acercarse a un género que parecía lejano. Para muchos habitantes de Manizales, sus montajes son la primera oportunidad de ver una ópera, una zarzuela o una producción sinfónico-coral en vivo.

¿Quién cantará en los próximos 35 años?

La celebración permitió mirar hacia atrás, reconocer la trayectoria y el presente y permitió hacer la pregunta:  ¿cómo garantizar que el Taller continúe cuando quienes han sostenido su historia ya no estén?

Díaz habla de la necesidad de un relevo generacional y de construir una estructura que no dependa cada año de la incertidumbre sobre los recursos. El futuro del proyecto no puede descansar únicamente en la voluntad de unas pocas personas. Necesita instituciones que lo reconozcan como parte del patrimonio cultural de la ciudad y que garanticen su continuidad.

El siguiente reto será Fidelio, la única ópera compuesta por Ludwig van Beethoven. Mientras avanza este nuevo montaje, el director escénico mantiene el sueño de crear una obra que consiga ser reconocida como un referente además de  Manizales y Colombia, también  en Latinoamérica.

Una obra de arte, dice, aparece en la relación entre el montaje, quienes lo realizan, los espectadores y el paso del tiempo. Por eso, su consejo para quien ocupe su lugar dentro de 35 años es innovar, arriesgarse y crear obras capaces de hablar del mundo, pero también de quien las dirige y del territorio donde nacen.

La gala conmemorativa terminó, sin embargo, los 35 años del Taller de Ópera de la Universidad de Caldas no se reducen a una colección de escenas del pasado. Su verdadera obra ha sido conseguir que una ciudad entera se familiarice con la posibilidad de escuchar una voz lírica y correr, función tras función, el riesgo de que le guste a más personas.

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