Dirigiendo su banda sonora, con una delicadeza artística característica de él, Fito Páez probó por primera vez la bruma Manizaleña. En medio de una noche de clásicos, frio y coros por parte del público, le mostró a la culta ciudad de montañas, lo que es ser un maestro del rock.
Texto por: Andrés Felipe Rivera Motato
Fotos por: Andrés C. Valencia
Dirigiendo su banda sonora, con una delicadeza artística característica de él, Fito Páez probó por primera vez la bruma Manizaleña. En medio de una noche de clásicos, frio y coros por parte del público, le mostró a la culta ciudad de montañas, lo que es ser un maestro del rock.
Después de cuatro décadas de carrera, el músico rosarino pisó por primera vez la capital caldense y encontró una ciudad entera dispuesta a devolverle, canción por canción, parte de la historia que ha acompañado a varias generaciones.
La noche estuvo fría. La bruma descendía lentamente sobre la Plaza de Toros mientras Fito aparecía en escena vestido de rosa y negro. Bastaron los primeros acordes para que el público entendiera que estaba frente a uno de los grandes narradores del rock en español.
“Al lado del camino”, “El amor después del amor”, “Mariposa Tecknicolor”, “Dar es dar” y “A rodar mi vida” fueron algunas de las canciones que construyeron una banda sonora entre miles de asistentes llegados desde distintos rincones de Caldas y el Eje Cafetero.
Para muchos, la espera había durado décadas.

“Ver a Fito en Manizales era la experiencia que estábamos esperando porque nunca había venido a la ciudad. Era un sueño tenerlo acá. ‘Dos en la ciudad’ me marcó mucho cuando era joven. Traje un cartel y mi momento favorito fue cuando lo vio y me lanzó un beso. Ya lo había visto en Rock al Parque, pero esto fue diferente”, cuenta Lina Rodríguez, una de las asistentes.
La emoción no se quedó únicamente en la capital caldense. Desde varios municipios del departamento también llegaron seguidores dispuestos a cumplir una deuda personal con el músico argentino.
“Lo conozco desde hace más de veinte años y es la primera vez que lo veo. Es un sueño cumplido. Quedé completamente feliz. Faltó ‘Llueve sobre mojado’, pero estoy muy feliz. ‘Al lado del camino’ nos marca mucho a mi esposo y a mí”, dice Yudi Montoya que llegó desde Pensilvania, Caldas
Hubo lágrimas. Hubo abrazos. Hubo canciones para recordar. Victoria Martínez viajó desde Pereira para verlo junto a su familia y amigos, después de más de treinta años escuchándolo.
“Fue espectacular. De todo corazón lo amamos. Todo fue muy emocionante. ‘Mariposa Tecknicolor’, ‘Dar es dar’… fue impresionante. La voz de él me toca, me cambia el ánimo”.

El espectáculo estuvo acompañado por una producción de luces y pantallas, pero la verdadera protagonista de la noche fue la gente. Los coros no se limitaron a acompañar las canciones, pues las sostuvieron. Por momentos parecía que toda la plaza cantaba a una sola voz.
Entre tema y tema, Fito habló poco. Agradeció la presencia del público y dejó que las canciones ocuparan el espacio de los discursos. Sin embargo, hacia el final de la presentación ocurrió algo particular. Mientras la multitud coreaba su nombre, el músico pareció detenerse unos segundos para contemplar la escena; dejó percibir un gesto de conmoción, una mirada apacible con sus manos juntas llevadas a su cara y su corazón, dejaron entrever el agradecimiento del artista por la respuesta en esta primera visita a Manizales, en una noche llena de emoción.
La banda que lo acompañó aportó el músculo sonoro necesario para convertir la presentación en una experiencia memorable. Guitarras, bajo, batería, teclados y su “ejército de metales” -como lo describió el mismo Fito- comandada por la trompeta, el saxofón, y el trombón y los coros construyeron un espectáculo que demuestra por qué Páez, el trovador del rock, sigue ocupando un lugar central en la historia del rock latinoamericano.
Al finalizar con “Dar es dar” y una venía ante el público, las luces comenzaron a apagarse y la ciudad regresó de a poco a su rutina, los asistentes salieron emocionados, comentando los mejores momentos del concierto, las canciones que cantaron a todo pulmón y aquellas que se quedaron esperando, pero con la conclusión de que la espera valió la pena para ser testigos de ver a un ícono de la música en español en esta pequeña ciudad entre montañas Porque algunas canciones tardan años en llegar a ciertos lugares. Y porque, a veces, cuarenta años no son demasiado tiempo para una primera vez.



























