Texto: Rafael Santander Arias
En el reino de Entelequia, antes del inicio de los tiempos, cuando las cosas no tenían todavía nombre ya existían los demiurgos encargados de la adánica tarea de otorgarles uno: brujos y hechiceras como Beltrán y Zulán, protagonistas del montaje de Jengibre Teatro, Duelo de brujos.
La obra es un gran acierto, producto de la fabulosa orquestación de otra gran cantidad de aciertos, una explosión de color, de vida y de alegría que está presente en cada detalle: el maquillaje, el vestuario, la música, la escenografía, los títeres, el argumento y la actuación. Esta última quisiera destacarla, la compañía entera posee el gran poder que demuestran los maestros del oficio teatral: la capacidad para conectar con el público a través de su presencia, de la energía que le imprimen a cada movimiento y a cada gesto, de la intención de su voz, de la gracia, ternura y comicidad con la que padecen cada golpe que reciben y cada revés argumental.
Es en su gracia y su ternura donde se encuentra el núcleo de su encanto, el argumento está repleto de esto. En el universo de esta narración los adultos se están quedando sin ideas ya que los titanes del caos, los «Creatimonstruos», alimentados por emociones como la culpa y la vergüenza, se las están devorando. En medio de esta coyuntura Beltrán y Zulán entran en conflicto y deciden resolver sus problemas en un duelo, pero careciendo de las ideas que les permiten alimentar su magia, resuelven secuestrar niños que exhiben gran creatividad para tomarla.
El resultado, la niña y el niño secuestrados terminan siendo grandes maestros para esta pareja de brujos, quienes enfrentando sus miedos, sus demonios personales, llegan preparados para enfrentarse en un duelo del que terminan reconciliados gracias a la sinceridad, la humildad y el amor.
Si bien la obra podría categorizarse como «infantil» o «familiar», destaca también por el respeto que tiene hacia la niñez y la audiencia en general, el argumento es sencillo y fácil de seguir, pero tras este colorido y alegre universo hay un sustrato ideológico poderoso, que es, creo yo, aquello que permite que la obra irradie tanta maravilla y encanto: la mitología, nuevamente.
Y en esta situación no me refiero a «la mitología» como una recolección de relatos, sino a esa visión, explicación y ordenamiento poético del mundo que se emparenta menos con las inocentes fantasías de «pueblos primitivos» y mucho más con la religión, la espiritualidad y la magia. Duelo de brujos es una obra que se para en esta intersección, que nos señala ese lugar olvidado, nos recuerda que tenemos un gran poder, que en nuestro interior reside también una chispa divina, manifestada en la creatividad de nuestra niñez, en nuestra capacidad para inventar historias, para imaginar héroes y monstruos, para crear palabras nuevas.
Somos brujos en nuestra niñez, demiurgos que al nombrar el mundo le damos un orden y un sentido partiendo las aguas del caos y el cosmos. Con el tiempo lo vamos olvidando, dejamos de serlo. Las heridas y los traumas nos llenan de miedo, de vergüenza, de resentimiento. El imponente mundo de los adultos nos solicita que dejemos nuestros juegos y nuestras ideas y con ello, nuestra capacidad para la magia.
La invitación que nos hace Jengibre teatro es a recordar, a regresar, a aprender de la niñez que la magia nos ha sido dada pero hemos renunciado a ella. La obra es mágica porque estos cuatro niños con cuerpo de adultos que bailan y cantan en el escenario terminan despertando esa infancia adormecida en cada uno de los espectadores mientras apela directamente a las niñas y niños presentes en la sala.
La libreta del brujo Beltrán, donde están consignadas sus ideas, sus sueños, sus recetas, encantamientos y maldiciones, también almacena sus sentimientos de amor en forma de poemas. Esto es posible en un universo en el que no existe una diferencia entre el arte y la magia, en el que la creatividad es un don del espíritu que conecta con aquello que vive en nosotros, ese yo auténtico, ese avatar de niño, ese ser sincero y puro que se niega a ser silenciado por las demandas de una sociedad que parece querer exterminarlo.
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