Dos poetas campesinas cultivan un jardín de letras nancy (2)

Dos poetas campesinas cultivan un jardín de letras

A continuación, conocerán las historias de dos poetas campesinas: una afrodescendiente y la otra víctima del conflicto armado. Ambas desafían el patriarcado y el racismo a través de la escritura. En sus relatos desvelan las anécdotas, los dolores y los caminos que han recorrido para abrirse paso en un mundo que históricamente ha relegado a las mujeres rurales a las labores domésticas y de cuidado, negándoles el derecho a elegir una vida distinta.

Texto y fotos por Tatiana Guerrero Jacome

Nancy, la poeta que despierta con el canto del turpial

En la vereda Corinto hay una finca que parece haber salido a rastras de la selva y cuyo terreno desemboca en una cascada contaminada de la quebrada Olivares. El día del terremoto, esa finca salió ilesa, con apenas un rasguño, pues de la pared solo se cayó un retrato de siete mujeres posando. Una de ellas es la poeta Nancy Restrepo; las otras son sus hermanas y su madre.

En la fotografía, en orden ascendente Nancy aparece de tercera, aunque es la mayor de sus hermanas. Viste de rojo, su color favorito, y mira a quien está detrás de la cámara con serenidad y cierta complicidad. Esa mirada aún la acompaña.

El comienzo de Nancy con la lectura recuerda el de escritores como Gabriela Mistral, Juan Rulfo y José Martí, quienes encontraron en la Biblia una de sus primeras puertas de entrada al mundo de las letras. En su modesto hogar rural, donde las necesidades más apremiantes dejaban poco espacio para la lectura, las sagradas escrituras eran lo único que había disponible. 

Nancy a sus cinco años se acercó a su páginas por la copiosa necesidad de entender de dónde provenía el machismo que su padre ejercía sobre las mujeres de la casa y que se manifestaba en frases de desprecio como “las mujeres no valen nada”.

“Veía a mi papá todos los días leyendo la biblia y a mi me empezó la curiosidad de saber qué era lo que leía en ese libro y por qué tenía esas creencias”, resume Nancy. 

Aunque el patriarcado regía la vida doméstica, su padre no tuvo remilgos en enseñarles a todas las hermanas a leer con la cartilla de Nacho, un libro didáctico de origen dominicano que se convirtió en una herramienta de alfabetización para varias generaciones de colombianos

La poeta nació en el municipio de Samaná, Caldas. Ahí se gestaron sus primeros escritos atravesados por el dolor, la tristeza, las quimeras y las preguntas que daban vértebra a sus poemas y cuentos. 

“Empecé a escribirle a todo: a lo que me hacía sentir triste y alegre, a lo que veía en el entorno y sobre todo me atropellaban muchas preguntas ¿por qué es así y no de otra manera?”, dice la escritora. 

Aquellas primeras exploraciones quedaron inmortalizadas en cuadernos que hoy se apiñan dentro de una bolsa negra. Hace quince años, la escritora comenzó a digitalizarlas, en un intento por preservar lo que había escrito. Sin embargo, reconoce que todavía necesita volver a esas páginas para pulirlas.

“Yo escribía mucha prosa, pero solo me percaté de que lo hacía cuando tenía cerca de 20 años. A esa edad fue qué conocí conceptos como la novela y la poesía”. 

Nancy y la escritura guardan un vínculo indisoluble, semejante al de los frutos con los árboles o la raíz con el agua. La tinta que empezó a correr el día que aprendió a escribir nunca ha dejado de fluir.  Ni siquiera cuando el dolor la embistió en la adolescencia  abandonó la pluma; en cambio, convirtió ese sufrimiento en la materia prima con la que sanaría viejas heridas. A tal punto que hoy, la poeta considera las letras como su verdadera tabla de salvación, un hito que no lograron ni los fármacos ni los psicólogos. 

La vida de Nancy se despliega en dos actos, con la posibilidad de que existan más. El primero transcurre en la zona rural de Samaná, donde pasó su infancia. El segundo comienza en Manizales, ciudad a la que llegó en enero de 1996, después de que la violencia la obligara a abandonar su pueblo natal. Durante la década de los noventa, la incursión de los frentes 9 y 47 de las FARC recrudeció el conflicto en la región y desencadenó una diáspora que, para 2002, había dejado a 7.589 personas expulsadas de sus territorios.

El paso del campo a la ciudad fue asfixiante para la escritora. En Manizales, comenzó a sentir que vivía encerrada en una especie de cárcel, cuyos muros se levantaban en el barrio La Linda, donde residió durante 25 años. Hace seis, decidió retornar a sus raíces campesinas y adquirió una propiedad rural en la vereda Corinto, Manizales, cerca del puente Olivares.

La finca de Nancy parece extraída de un lienzo costumbrista. Allí crece su espíritu de poeta, pero también las fresas silvestres, los plátanos, los lulos, los aguacates, el maracuyá, la flor de amaranto y la caña de azúcar. En este paisaje casi pastoril, comparte sus días con su esposo, hijos y nietos, mientras se sumerge en una tranquilidad que solo se ve boicoteada por sus gatos Némesis y Orión, y sus cuatro perros: Chucky, Dylan, Bambi y Lucifer. 

Si existiese una competencia de madrugadores, la samaneña llevaría una ventaja considerable sobre sus contrincantes, ya que suele despertarse a las dos de la mañana para hilvanar sus versos y relatos. Parece descender de la estirpe de las alondras, esas pequeñas aves que despliegan su actividad en las primeras horas del día, pero también tener la resistencia de una corredora que sigue de fondo, pues después de escribir, ella  asume sus labores de esposa y trabajadora del campo: prepara el desayuno, alimenta a las gallinas, las codornices, los perros, siembra ahuyamas y aguacates, y también cuida a pacientes, pues es enfermera de profesión. 

“A veces, mi esposo me recomienda dormir más, porque cree que esto puede afectarme. Pero a mí me gusta escribir; de lo contrario, no sé qué sería de mi vida. Algunas personas me dicen que estoy loca, que debería ir al psiquiatra porque se me va a correr el champú”.

A esas madrugadas se les debe el nacimiento de algunos de sus poemas más entrañables, en los que queda plasmada esa sensibilidad que se desprende de su mirada de mujer campesina, profundamente vinculada al campo. Su poesía, de carácter naturalista, se nutre de la flora, la fauna y los fenómenos de la naturaleza que su mirada aguzada alcanza a descubrir. De ahí que dedique odas a un viejo árbol de drago, de savia roja,  que sirve de refugio a las aves migratorias y cuyas propiedades medicinales ayudan a curar heridas. O a un turpial que se posa sobre un árbol de guanábana y entona su canto dulce para anunciar que son las cinco de la mañana.

En su poema Manantial de tierra viva lo describe así: 

Con alegría profunda,

corre mi sangre por mis venas

ligera y libre que caballos al galope.

Una dicha inmensa recorre todo mi ser,

al ver los ojos brillantes brillantes

de mujeres tan hermosas como la alborada,

todas distintas, rubias, blancas, negras,

de mil colores,

tan variadas como la flora y la fauna

que adornan los campos de mi Colombia amada.

Yo, mujer campesina

que despierta con el canto del turpial,

no requiere de un reloj.

El tiempo del mi lo define el sol

en el horizonte mañanero,

el enjambre de garzas

que pinta el cañón de blanco

a primera hora del día.

Al mediodía lo reconozco

en el astro rey que brilla

en el centro del cielo azul

y a la 1 de la tarde

empieza a bajar el calor

y a correr la brisa.

A las 5 en punto las garzas alzan vuelo

y bajan río abajo

buscando refugio

en lo profundo del bosque.

Yo, mujer campirana,

he visto a los gazapos

como diminutos ratones

alimentarse de la leche tibia de su madre

para crecer tan rápido.

Como pasa la luz de un rayo

en menos de 1 mes,

parecen hermosos muñecos de peluche

corriendo tras de su madre,

la coneja reina.

En 2020, Nancy  ingresó a la Red de Escritoras de Caldas, un espacio que le ha permitido tejer relaciones con otras mujeres, afinar su estilo y encontrar su propia voz. Allí también ha publicado en varias antologías, ha mejorado su ortografía  y ampliado sus referentes literarios.

“En este proceso ocurrió la magia de escuchar a otras y de entender que se le podía escribir a todo: a las alegrías, al amor, al odio, a la tristeza, al dolor. Todo lo que se escribe es valioso, y me dicen que lo mío es muy bueno”, cuenta.

Su encuentro con la Red también le permitió reconciliarse con una experiencia del pasado. Cuando era adolescente, entregó un manuscrito con sus textos a un editor que se negó rotundamente a publicarlos porque, según le dijo, eran muy malos.

Ad portas de cumplir cincuenta años, la protagonista de esta historia rebusca en la telaraña de sus recuerdos los libros que ha leído. Titubea antes de responder y, finalmente, menciona María, de Jorge Isaacs; algunos libros de Gabriel García Márquez; Cautiva, de Clara Rojas, y tiene una simpatía por Conny Méndez. Hay, sin embargo, un recuerdo que no necesita rastrear: el de las cinco de la tarde, cuando se asoma a la ventana de su habitación y contempla el horizonte que termina en la cascada contaminada de la quebrada Olivares. A esa hora, una neblina asciende por las montañas y transforma el paisaje en algo que para ella tiene un aire de ensueño.  Esa imagen la preservó en su poema Nubes de Olivares.

“En las alturas de Manizales, donde las montañas se abrazan al cielo, grandes riscos adornan la cordillera. De ellos, pequeñas quebradas bajan como hilos de plata, delgadas y brillantes, buscando su cauce hasta llegar a la quebrada Olivares. Allí, cuando el sol cae, se levantan las más blancas nubes, como misteriosas criaturas en busca de vida en la fábrica de atardeceres de mi Manizales del alma”. 

Ligia, el fuego que no se apaga en Guamal

Como los avisos que anuncian la venta de bolis o helados en las casas de barrio, en la vivienda de la poeta Ligia Moreno Moreno hay un letrero que ofrece una pista de lo que ocurre puertas adentro. En él se lee: “Las personas que leen viven menos… menos engañadas, menos manipuladas, menos explotadas, menos idiotizadas, menos conformes”.

Así te da la bienvenida Ligia a su hábitat natural: una finca en la vereda Guamal, en Supía, Caldas, que también funciona como hogar del programa de Bienestar Familiar de madres sustitutas y alberga la única biblioteca pública del pueblo. Dos o tres veces por semana, sus habitantes llegan hasta allí para llevarse libros prestados.

La poeta parece haberse tomado muy en serio aquella invitación de Voltaire a cultivar el propio jardín. El suyo se extiende sobre un campo verde donde crecen plátanos, romero, mangos, naranjas, limones, almendros, cimarrón, entre otros . De vez en cuando, las vacas, pastan entre la vegetación y el paisaje se prolonga en los patios y solares de otras familias de Guamal, como si cada casa continuara en el jardín de la otra. 

Sus apellidos Moreno Moreno no son una casualidad, guarda una historia ligada a la esclavitud que también marcó a Guamal, un territorio afrodescendiente enclavado dentro del resguardo indígena Cañamomo-Lomaprieta. Sus raíces se remontan al siglo XVIII. Según documentos coloniales, en 1717 varias personas africanas esclavizadas fueron llevadas hasta estas tierras para ser vendidas al terrateniente y minero Simón Pablo Moreno de la Cruz. Años después, fueron heredadas por su hija, Josefa Moreno, quien finalmente les concedió la libertad en el siglo XIX. Con ella recibieron también el apellido Moreno, que, generación tras generación, pasó a formar parte de la identidad de buena parte de los habitantes del pueblo. 

Ligia es una mujer carismática, afable, a la que se le achinan los ojos cuando está feliz. Su alegría aumenta cuando regresa a esos recuerdos paleolíticos para hablar de su encuentro con la literatura. Entonces, viaja a la niñez y con un voz interrumpida por la nostalgia, cuenta:

“Mi papá Carlos Ariel Moreno era un jornalero de una hacienda. A él le prestaban libros y cuando llegaba a mi casa traía en su lichigo (bolso) un libro. Entonces, yo hacía fila por el ejemplar. A los días, él me preguntaba si ya lo había terminado para que le pudiesen prestar más. No tuvimos mucho a nivel económico, pero tuvimos libros que eran un gran tesoro”. 

Entre los libros de su infancia, hay uno por el que Ligia guarda un cariño especial: Genoveva de Brabante, escrito por el alemán Christoph von Schmid en 1810. Fue el único ejemplar de aquellos años que lograron conservar. Recuerda que su hermana Gloria, quien sabía leer, se lo recitaba. Cuando concluía, ella señalaba con un punto la página donde habían quedado, para  así retomar la lectura al día siguiente. 

El talento de Ligia parece legado de su madre, Elvira Moreno, quien también disfrutaba de la escritura. De hecho, componía canciones para las comparsas del Carnaval Negroide, celebrado en Guamal  cada diciembre desde 1995. Pero Elvira también tenía algo de Sherezade, el personaje ficticio de Las mil y una noches, pues era una narradora oral que entretenía a sus hijos con historias. Una práctica que tiene antecedentes en la infancia del escritor William Ospina, a quien también su madre le contaba cuentos ante la escasez de libros.

“Ella me inició en el camino de la escritura. Al principio, escribía para las comparsas. Asimismo, soy una gran lectora. Eso despertó en mí el deseo de escribir cuentos sobre la comunidad y preservar, a través de lo escrito, la tradición oral del pueblo”.

En un diario se eternizaron las primeras confesiones  literarias de Ligia, que con el tiempo pasaron de las comparsas a la poesía, la retahíla y los cuentos infantiles. Aunque ya no conserva aquellos primeros borradores, muchos de sus textos más recientes han salido del anonimato. Entre ellos está Las pandillas de las fruver, incluido en la antología de Relata de 2021, y poemas como Sobre mi piel negra, déjenme vivir tranquila  o el negro no tiene alma, publicados en Emociones compartidas.

En la obra de Ligia hay una declaración de protesta contra el racismo que históricamente ha padecido la población negra. Un ejemplo es su poema El negro no tiene alma, que alude a un mito difundido por los esclavistas para justificar la deshumanización y presentar a los negros como seres inferiores o comparables a los animales y así legitimar los castigos, el encierro y las jornadas de explotación a las que eran sometidos. 

Con respecto a eso, Ligia escribe: 

¿Qué el negro no tiene alma?

Un hijo a su madre pregunta, la madre pierde la calma

Pues toda su rabia se junta

¿Quién ha podido decirle, esto a mi hijo tan cruel?

¿Quién ha podido abatirle, por tener negra la piel?

Él con tristeza en sus ojos 

Poniendo su voz como un hilo

No se le nota el sonrojo, cuando se oyó que así dijo:

Si el negro no tiene alma, no somos hijos de Dios

No importará con que arma, dejo sin vida a la voz

Que grita a los cuatro vientos, sin miedo y sin compasión

Que el negro no tiene alma, yo no encuentro la razón.

Y hablaron los cuatro vientos, al hijo negro le hablaron

Se oyó hasta el firmamento que su paciencia colmaron

Se sigue diciendo al mundo, que el negro no tiene alma

Que su alma anda sin rumbo, por eso no tienen calma

Que todos vayan sabiendo en ríos, valles, praderas

Que se vaya descubriendo, que al negro ya no se hiera

Los negros sí tienen alma, escondida está en su mirar

Allí se evita que penen si le vas a lastimar

Es un alma transparente, la que Dios al negro puso

Él perdona fácilmente, olvidando aquel abuso

jo negro en calma ve, los cuatro vientos mandaron

Al terminar yo solo sé, madre e hijo se miraron.

A través de sus textos también busca rescatar relatos orales que corren el riesgo de extinguirse. En el poema Carmela, la quebrantahuesos, relata la historia de su abuela homónima, quien ejercía como partera en Guamal. En una época en la que no existía la cesárea, la sabedora recurría a una práctica dolorosa para atender los partos difíciles: quebraba los huesos de la cadera de las madres cuya pelvis era demasiado estrecha para permitir la salida del bebé. Después, aplicaba emplastos de diversas hierbas con la intención de ayudar a que los huesos volvieran a soldarse de manera natural.

Mientras Ligia relata estas historias, camina en busca del charco milagroso, una antigua fuente de agua que brotaba a los pies de un enorme árbol de corcho y de la que hoy solo queda la imaginación. Allí iban las mujeres del pueblo con  rodetes en la cabeza (pedazos de tela que usan para soportar el peso) y sus ollas para cargar el agua, pues Guamal no tuvo acueducto hasta 1970. Una escena que hace un guiño al continente africano, donde, durante siglos, buena parte de la vida cotidiana se ha sostenido sobre las cabezas de sus habitantes.

En los vestigios del charco, Ligia se sienta con tres niñas, dos de ellas están bajo su cuidado en el programa de Bienestar Familiar. Hojea el libro Raíces, de Alex Haley, y les traduce algunos pasajes para hacerles más comprensible la lectura. Tiene esa vocación para enseñar y sembrar en los niños el germen del amor por los libros. Lo hizo con su hija y también con los 28 niños que han pasado por su hogar durante los 20 años en los que ha sido madre sustituta, un oficio que ha ejercido con entrega, incluso desde sus inicios, cuando ni siquiera recibían un salario ni contaban con prestaciones laborales.

Esa vocación también se extiende a todo el pueblo a través de su semillero Letreando donde desde hace cinco años los niños, niñas y adolescentes de la vereda se reúnen en el corredor de la finca de Ligia para aprender sobre escritura y oralitura.

Pero también se reciben visitas de lectores ávidos que acuden a la única biblioteca pública del pueblo que se ha construído a punta de donaciones, y que hoy ocupa un modesto estante en la casa de la poeta con más de 100 ejemplares. Allí conviven La divina comedia, de Dante Alighieri; Poesía reunida y 19 poemas, de María Mercedes Carranza; El país que me tocó, de Enrique Santos;  la enciclopedia Plantas, culebras, conservación, editada por Frank Thompson, entre otros títulos.

“No, yo no escribo todos los días. Por ahí tres veces a la semana. Lo que sí practico como ritual es agradecer”, responde Ligia cuando le preguntan por su disciplina de escritura. No tiene la rutina rigurosa de escribir a diario; considera que no siempre llegan las musas.

Prefiere escribir sola, con música instrumental de saxofones o violines de fondo. Se sienta en una silla giratoria en su habitación y empieza a desarrollar las ideas que ha anotado previamente en una agenda.

También confiesa que lee más de lo que escribe. Entre sus referentes literarios figuran Virginia Woolf, Isabel Allende, Gabriel García Márquez y Mary Grueso. En el ámbito local, siente una especial admiración por las poetas Juana María Echeverri, Johana Patiño y Lorena Madrid, quienes, al igual que ella, hacen parte de la Red de Escritoras de Caldas.

“Soy una lectora asidua. Escucho audiolibros mientras realizo las tareas domésticas y alterno esta práctica con la lectura en el computador y en libros físicos. Entre mis lecturas más recientes está En agosto nos vemos, de Gabo y Las guerras civiles de Colombia en el siglo XlX, de Pedro Felipe Hoyos”. 

Otro hábito casi religioso es el paseo matutino con su perro Simón. A diferencia de sus otros dos mascotas, la escritora intuye que solo el golden retriever acepta gustoso salir con ella. Sostiene la teoría de que tanta afinidad se debe a la simetría de sus edades: ella camina por los 50 y él por los ocho años, el equivalente a 56 en la escala humana. 

Al terminar la entrevista, Ligia le ordena a uno de sus sobrinos, con tono imperativo: «Apágame el fuego». Se refiere a la estufa donde se cocinan los frijoles. En el ambiente queda una suerte de tranquilidad, como si aquella orden no tuviera nada que ver con ella, otro fuego, cuya llamarada es capaz de desperdigar  luz a toda la comunidad de Guamal a través de los libros, la lectura y la escritura.

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